PARTE 2: EL CORREO OCULTO

El sobre permaneció abierto entre las manos de Alejandro.

Nadie habló.

Doña Beatriz fue la primera en romper el silencio.

—¿Qué significa que no la firmaste? Ahí está tu nombre.

Alejandro tomó la hoja con calma.

La observó durante unos segundos.

Después la acercó a la luz.

—La firma es parecida.

Levantó la vista.

—Pero no es la mía.

Héctor dio un paso al frente.

—Señor, quizá la imprimieron desde algún documento anterior…

—Mis firmas importantes nunca se imprimen.

Su voz seguía siendo tranquila.

Demasiado tranquila.

—Siempre uso tinta azul.

Esta está escaneada.

El administrador perdió el color del rostro.

Doña Beatriz cruzó los brazos.

—Eso no cambia nada. Esa muchacha debe irse.

Miró hacia mí como si yo ni siquiera fuera una persona.

—Los niños están demasiado apegados a ella.

Alejandro volvió la cabeza lentamente.

—¿Y eso es malo?

—Sí.

Su respuesta fue inmediata.

—Los está confundiendo.

—¿Confundiendo con qué?

—Con una madre.

Las palabras quedaron suspendidas sobre el jardín.

Los trillizos dejaron de jugar.

Mateo vino directamente hacia mí y tomó mi mano.

Santiago abrazó mi pierna.

Emiliano escondió el rostro detrás de mi vestido.

Alejandro observó aquella escena sin moverse.

Era la primera vez que veía a sus hijos buscar refugio en alguien.

No sintió celos.

Sintió culpa.

Se agachó frente a ellos.

—¿Quieren mucho a Mariana?

Los tres asintieron al mismo tiempo.

Mateo incluso respondió con la claridad que permitían sus dos años.

—Mari queda.

Alejandro cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a levantarse, miró a su madre.

—Nadie va a despedirla.

Doña Beatriz golpeó el suelo con el bastón.

—¡Yo soy quien mantiene unida esta familia!

—No.

La respuesta fue serena.

—Quien la mantiene unida son ellos tres.

Señaló a los niños.

—Y hoy es la primera vez en once meses que los escucho reír.

El silencio volvió a caer.

Entonces Alejandro extendió la mano hacia Héctor.

—Dame mi tableta.

El administrador dudó.

—Señor…

—Ahora.

Héctor obedeció.

Alejandro abrió el sistema interno de la empresa.

Entró al archivo digital de Recursos Humanos.

Buscó mi contrato.

Cinco segundos después apareció en pantalla.

Lo abrió delante de todos.

—Mariana López.

Leyó despacio.

—Contrato vigente hasta el treinta de junio.

Levantó la vista.

—¿Entonces quién autorizó esta carta de despido?

Nadie respondió.

Él abrió otra carpeta.

—Registro de modificaciones.

Una línea llamó inmediatamente su atención.

Usuario administrador.

Héctor Salgado.

Fecha.

La noche anterior.

El administrador tragó saliva.

—Señor… yo…

—¿Quién te dio la orden?

Doña Beatriz dio un paso adelante.

—Fui yo.

Todos la miraron.

Ella ni siquiera intentó negarlo.

—Hice lo correcto.

Alejandro respiró hondo.

—No puedes falsificar mi firma.

—Soy tu madre.

—Precisamente por eso esperaba algo mejor.

La expresión de Beatriz cambió.

Nunca antes su hijo le había hablado así.

Pero Alejandro aún no había terminado.

Abrió el correo corporativo.

Buscó una palabra.

“Mariana.”

Aparecieron varios mensajes.

Los primeros eran informes normales.

Hasta que encontró uno marcado como eliminado.

Frunció el ceño.

—¿Por qué está en la papelera?

Lo abrió.

Era un correo enviado dos semanas antes por la psicóloga infantil de los trillizos.

Comenzó a leer en voz alta.

—”Señor Santillán, los avances de Mateo, Santiago y Emiliano son extraordinarios. Gran parte de la recuperación emocional se debe al vínculo seguro que desarrollaron con la señorita Mariana López. Recomiendo mantenerla al menos un año más. Interrumpir esa relación podría provocar una regresión importante…”

El jardín quedó completamente en silencio.

Alejandro levantó lentamente la vista.

—Yo nunca recibí este correo.

El especialista en informática, que acababa de acercarse tras escuchar la discusión, pidió la tableta.

Revisó los registros durante unos segundos.

Después habló.

—Señor…

Su voz sonó extraña.

—Este mensaje fue eliminado antes de que usted pudiera abrirlo.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

—¿Por quién?

El técnico giró la pantalla.

Todos pudieron leer el nombre del usuario que había ingresado con permisos administrativos.

Héctor Salgado.

El administrador retrocedió un paso.

—Yo… puedo explicarlo.

Pero el técnico seguía revisando.

Su rostro se volvió cada vez más serio.

—Espere…

Abrió otra carpeta oculta.

Después otra.

Finalmente levantó la vista hacia Alejandro.

—Señor, el despido de la señorita Mariana no era el verdadero objetivo.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

El técnico tragó saliva.

—Encontré una cadena de correos eliminados entre el señor Héctor y un despacho jurídico.

Se hizo un silencio absoluto.

—Hablan de despedir primero a la niñera…

Hizo una pausa mientras leía la siguiente línea.

Su expresión palideció.

—…porque sin ella sería mucho más fácil declarar que los niños no estaban recibiendo el cuidado adecuado… y solicitar judicialmente que la tutela completa pasara a manos de la señora Beatriz mientras usted permanecía viajando.

Nadie respiró.

Ni siquiera doña Beatriz.

Porque acababan de descubrir que aquel despido nunca había sido contra mí.

Había sido el primer paso para arrebatarle a Alejandro a sus propios hijos.

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