El desconocido me apartó de la ventana y llamó inmediatamente al personal médico.
No me soltó hasta que estuve nuevamente a salvo.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—Samuel Vega.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Y conozco la verdad sobre su accidente.
Aquello consiguió que lo mirara.
Samuel era investigador de una compañía aseguradora que llevaba meses revisando inconsistencias relacionadas con el choque.
—Su familia afirma que usted perdió el control del vehículo —dijo—. Pero apareció una grabación nueva.
Abrió la carpeta.
El informe indicaba que otro automóvil había estado cerca del nuestro poco antes del accidente.
Y pertenecía a una empresa vinculada a Adrián.
—¿Está diciendo que intentaron matarme?
—No. Estoy diciendo que alguien mintió sobre lo ocurrido. Necesitamos pruebas antes de concluir por qué.
Entonces me mostró algo peor.
Una declaración firmada por Daniel mientras yo estaba en coma.
Mi hermano había afirmado que yo conducía alterada emocionalmente porque sospechaba que Adrián me engañaba con Valeria.
—Eso es mentira.
—Lo sé.
—¿Cómo?
Samuel sacó una memoria.
—Porque recuperamos una grabación realizada horas antes del accidente.
En ella aparecíamos todos cenando.
Yo reía.
Adrián y Valeria intercambiaban miradas cuando creían que nadie observaba.
Daniel también las veía.
Y guardaba silencio.
Mi familia no solo conocía la relación.
Después del accidente había construido una historia para convertir mis sospechas en la causa del choque.
—¿Por qué ayudarme?
Samuel tardó en responder.
—Porque yo conducía el otro vehículo.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Vi el accidente. Fui quien llamó a emergencias.
Su voz se quebró por primera vez.
—Y vi algo que nunca incluí en mi declaración porque alguien me convenció de que usted no sobreviviría.
—¿Qué vio?
Samuel me miró directamente.
—A Daniel salir del automóvil antes de que llegaran los paramédicos.
Sentí que dejaba de respirar.
Mi hermano siempre había asegurado que había quedado inconsciente hasta llegar al hospital.
Samuel colocó una fotografía sobre la cama.
Daniel estaba de pie junto al vehículo.
Y sostenía algo en la mano.
Mi teléfono.

—Señorita Ruiz —dijo Samuel—, quizá solo le queden tres días.
Hizo una pausa.
—Pero son suficientes para descubrir por qué su hermano necesitaba borrar algo de su teléfono antes de que usted despertara.