No grité.
Miré el teléfono.
Seguía grabando.
—Repitan quién los envió.
Los dos se detuvieron.
—¿Qué?
—Camila —dije—. Dijeron que Camila los mandó.
Uno avanzó hacia el teléfono.
Entonces se activó la función que había preparado.
La grabación se copió automáticamente en un archivo externo y se envió a mi abogado.
Ellos podían romper el teléfono.
La prueba ya no estaba allí.
—Salgan de mi habitación.
Las voces del pasillo hicieron que ambos retrocedieran.
Mi abogado había llamado inmediatamente al personal de seguridad de la propiedad.
Los hombres huyeron antes de que llegara mi familia.
Gabriel apareció primero.
—¿Qué escándalo estás montando ahora?
Le mostré el video.
Su expresión cambió.
Camila apareció detrás.
—Yo nunca les pedí eso.
—Perfecto —respondí—. Entonces podrás explicarlo cuando corresponda.
Daniel llegó una hora después.
Por fin había descubierto que Sofía realmente había muerto.
Estaba pálido.
—Elena, yo no sabía…
—Te lo dije.
—Pensé que estaban intentando arruinar el cumpleaños.
Lo miré y sentí algo sorprendente.
Nada.
Ni rabia.
Ni amor.
Solo cansancio.
Presenté los documentos de divorcio que llevaba meses preparando.
Daniel los miró incrédulo.
—¿Vas a abandonarme por esto?
—No.
Sonreí.
—Voy a abandonarte porque finalmente entendí que quedarme fue mi error.
Quedaban treinta y seis horas.
Renuncié a cualquier disputa innecesaria, protegí legalmente lo que era mío y dejé instrucciones para que nadie pudiera utilizar mi nombre después de mi partida.
Gabriel apareció la última noche.
Traía una urna vacía.
Había ido al lugar donde esperaba encontrar las cenizas de Sofía.
—¿Dónde está?
—En el mar.
Se tambaleó.
—Era mi esposa.
—Lo recordó demasiado tarde.
Por primera vez comenzó a comprender que ella no regresaría.
Pero ya no era asunto mío.
A medianoche apareció ante mí la interfaz que llevaba diez años sin ver.
“Retorno disponible.”
Debajo había una segunda línea.
“Advertencia: anomalía detectada.”
Fruncí el ceño.
Eso no formaba parte del acuerdo.
Entonces apareció un mensaje.
No provenía del sistema.
Era de Sofía.
“ELENA, NO REGRESES TODAVÍA.”
Me quedé inmóvil.
Llegó otro.
“Yo no aparecí en nuestro mundo.”
Y finalmente:
“Hay alguien aquí que sabe quién nos envió hace diez años.”
Miré el contador.

Quedaban sesenta segundos para decidir.
Durante todo aquel tiempo había creído que nuestra historia terminaba escapando de aquel mundo.
Pero Sofía acababa de descubrir que quizá nunca habíamos llegado allí por accidente.