PARTE 2: EL BRINDIS MORTAL

La puerta del baño se cerró de golpe.

Ximena volvió a mirar el informe del laboratorio, esperando haber leído mal.

No era un error.

La sustancia encontrada en el frasco estaba catalogada como un compuesto capaz de provocar un fallo cardíaco progresivo si se administraba en cantidades mínimas durante varios días. La muerte podía parecer completamente natural.

Las manos comenzaron a temblarle.

—Dios mío… —susurró.

Guardó el documento dentro de una carpeta de plástico y salió a la calle con el corazón golpeándole el pecho.

Tenía pruebas.

Pero seguía sin saber cómo impedir la tragedia.

Aquella misma noche esperó a que Mauricio regresara de una cena de negocios.

Él entró en la biblioteca con una carpeta bajo el brazo.

—¿Ximena? ¿Necesitas algo?

Ella estuvo a punto de enseñarle el informe.

Lo tenía en la mano.

Sin embargo, antes de hablar, apareció Renata.

—Cariño, tu madre te está buscando.

Renata sonrió con la misma dulzura de siempre, aunque al cruzar la mirada con Ximena algo oscuro brilló durante un instante.

Un aviso silencioso.

Una amenaza.

Mauricio salió sin sospechar absolutamente nada.

Renata esperó a que desapareciera por el pasillo.

Entonces cerró lentamente la puerta de la biblioteca.

—¿Qué estabas haciendo?

—Nada, señora.

—No me gusta que los empleados entren aquí cuando Mauricio está solo.

Ximena intentó marcharse.

Renata le sujetó el brazo con una fuerza inesperada.

—Escúchame bien.

Su voz había perdido toda amabilidad.

—Las personas inteligentes saben cuál es su lugar.

Si quieres conservar tu empleo… deja de mirar donde no te corresponde.

La soltó con una sonrisa perfecta justo cuando un mayordomo pasó frente a la puerta.

Nadie habría imaginado lo que acababa de ocurrir.

Aquella noche, Ximena comprendió que Renata empezaba a sospechar.

Necesitaba actuar antes de que fuera demasiado tarde.

Al día siguiente acudió discretamente a la Fiscalía con el informe del laboratorio, las fotografías y las copias de los recibos.

El agente revisó la carpeta durante apenas unos minutos.

—¿Tiene un video donde la acusada coloque el veneno?

—No.

—¿Una grabación confesando?

—No.

—Entonces esto solo demuestra que alguien tenía una sustancia peligrosa. No podemos detener a una persona por una sospecha.

—¡Pero él puede morir!

El funcionario suspiró.

—Si presenta una denuncia formal sin pruebas suficientes y todo resulta falso, podría enfrentarse a una demanda por difamación.

Ximena salió sintiendo que el mundo entero le cerraba las puertas.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Renata se reunía con un hombre dentro del estacionamiento subterráneo de una clínica privada.

Era el doctor Julián Figueroa.

—¿Todo está listo? —preguntó él.

Renata abrió discretamente su bolso.

Dentro había otro pequeño frasco de vidrio.

—Solo falta la boda.

El médico frunció el ceño.

—No puedes cometer errores.

Después del brindis, nadie debe sospechar.

Renata sonrió con absoluta tranquilidad.

—Nadie sospechará.

Todos creerán que fue el estrés… o una enfermedad hereditaria.

El doctor guardó silencio.

Ni siquiera él pudo evitar un escalofrío.

Dos días después comenzaron los preparativos finales en la enorme hacienda de los Valdés.

Floristas.

Chefs.

Decoradores.

Fotógrafos.

Más de cien trabajadores recorrían el lugar sin descanso.

Ximena fue asignada al equipo encargado del salón principal.

Mientras ayudaba a colocar la vajilla, observó algo que hizo que el estómago se le encogiera.

Renata entró sola en la cocina de repostería.

No debía estar allí.

Cinco minutos después salió llevando únicamente un bolso de mano.

Ximena esperó unos segundos antes de entrar.

El chef principal estaba distraído organizando los postres.

El gigantesco pastel de bodas ya estaba terminado.

Tres pisos de azúcar, flores blancas y detalles dorados.

Parecía perfecto.

Pero algo llamó inmediatamente su atención.

Sobre una mesa cercana había una diminuta espátula cubierta por un líquido casi transparente.

No olía a nada.

Ximena levantó la vista.

En el borde trasero del segundo nivel del pastel distinguió una zona donde el betún tenía un brillo diferente.

Como si alguien hubiera inyectado algo y luego hubiera ocultado cuidadosamente la marca.

Sintió que la sangre abandonaba su rostro.

No podía gritar.

No podía destruir el pastel sin pruebas.

Y si avisaba en ese momento, Renata simplemente negaría todo.

Respiró hondo.

Sacó discretamente su teléfono.

Tomó varias fotografías.

Después deslizó un pequeño hisopo estéril sobre aquella zona brillante y lo guardó dentro de un tubo plástico.

Esta vez necesitaba una prueba imposible de discutir.

Mientras escondía el tubo dentro del bolsillo del uniforme, una voz sonó detrás de ella.

—¿Qué haces junto al pastel?

Ximena giró lentamente.

Renata estaba de pie en la puerta de la cocina.

Sonreía.

Pero sus ojos revelaban que acababa de descubrir que alguien seguía cada uno de sus movimientos.

La futura novia dio un paso hacia adelante.

—Creo… que tú y yo necesitamos hablar.

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