Harper no respondió de inmediato.
Roman seguía esperándola.
No había prisa en su mirada.
No había presión.
Solo una pregunta.
—¿Confías en mí durante diez segundos?
Harper observó a Connor.
Él sonreía con esa seguridad arrogante de quien cree controlar cada segundo de la escena.
Entonces tomó una decisión.
—Sí.
Roman asintió una sola vez.
Después levantó suavemente una mano y acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja de Harper.
El salón entero contuvo la respiración.
Y, antes de que Connor pudiera reaccionar, Roman la besó.
No fue un beso largo.
Ni teatral.
Fue tranquilo.
Seguro.
Como si no existiera nadie más en aquella sala.
Cuando se separó de ella, el silencio era absoluto.
Paige fue la primera en hablar.
—¿Qué demonios…?
Connor dio un paso adelante.
—¿Qué significa esto?
Roman giró lentamente hacia él.
—Significa que ya terminaste de hablar con ella.
Su voz era baja.
Pero bastó para que Connor se detuviera.
Uno de los miembros del consejo benéfico se acercó inmediatamente.
—Señor Falco…
¿Todo está bien?
Roman respondió sin apartar la vista de Connor.
—Perfectamente.
Solo estoy evitando que alguien siga molestando a mi invitada.
La palabra “mi invitada” recorrió el salón como una descarga eléctrica.
Connor intentó recuperar el control.
—Harper…
No sabía que conocías al señor Falco.
Ella respondió con absoluta serenidad.
—Porque nunca me preguntaste por mi vida.
Solo dabas por hecho que la conocías.
Paige cruzó los brazos.
—Esto es ridículo.
¿Ahora sales con un multimillonario para darme celos?
Roman sonrió apenas.
—No.
La conozco desde mucho antes que tú.
Harper lo miró sorprendida.
Ella tampoco entendía aquella respuesta.
Roman tomó una copa de champán de una bandeja.
—Hace tres años…
La señora Bennett ganó un arbitraje comercial que salvó a una de mis empresas de una demanda fraudulenta.
Nunca aceptó un honorario adicional.
Solo dijo que estaba haciendo su trabajo.
Miró directamente a Harper.
—No olvidé esa clase de integridad.
Harper comprendió entonces dónde lo había visto realmente.
No en los pasillos.
Sino en aquella larga audiencia que había terminado cerca de la medianoche.
Connor soltó una risa incómoda.
—Con todo respeto, señor Falco…
Creo que esto es un asunto personal.
Roman negó lentamente.
—Lo era.
Hasta que decidiste convertirlo en un espectáculo público.
Ahora también es asunto mío.
En ese momento apareció el director del Hotel Halston.
Se acercó directamente a Roman.
—Señor…
Los representantes del comité ya llegaron.
También los miembros del patronato.
Roman asintió.
—Perfecto.
Comencemos entonces.
Connor frunció el ceño.
—¿Comenzar qué?
El director sonrió cortésmente.
—La votación para elegir al nuevo presidente del Patronato de la Fundación Halston.
Connor sonrió con alivio.
—Excelente.
Nuestra empresa lleva meses apoyando esta candidatura.
Roman lo observó unos segundos.
—Lo sé.
Precisamente por eso estoy aquí.
Subieron al escenario.
El presidente saliente tomó el micrófono.
—Antes de anunciar la nueva presidencia…
Debemos informar un cambio importante.
A partir de este año, Falco Holdings se convierte en el principal patrocinador de la fundación.
Los aplausos llenaron el salón.
Connor comenzó a aplaudir también.
Hasta que escuchó la siguiente frase.
—Y, por decisión unánime del consejo…
la nueva presidenta será la doctora Harper Bennett.
Toda la sala quedó inmóvil.
Harper abrió mucho los ojos.
Ella no sabía nada.
Roman se volvió hacia ella.
—Aceptaste defender gratuitamente a esta fundación durante dos años.
Nadie olvidó eso.
Era hora de que dejaran de verte solo como “la ex prometida de alguien”.
El salón estalló en aplausos.
Connor permanecía completamente inmóvil.
Paige lo miró confundida.
—¿No dijiste que Harper apenas era una abogada más?
Nadie respondió.
Roman tomó nuevamente el micrófono.
—Existe un último asunto.
Falco Holdings acaba de adquirir la participación mayoritaria de Hayes Development.
Connor sintió que el color abandonaba su rostro.
—¿Qué…?
Roman continuó con absoluta calma.
—La operación se cerró esta misma tarde.
Desde este momento, el consejo de administración queda completamente reorganizado.
Connor apenas podía respirar.
Su empresa.
La empresa que había heredado de su padre.
Acababa de cambiar de dueño.
Roman caminó hasta quedar frente a él.
—Hace unos minutos dijiste que Harper debía aprender a seguir adelante.
Creo que tienes razón.
Por eso, como nuevo accionista mayoritario…
he decidido aceptar con efecto inmediato tu renuncia presentada la semana pasada.
Connor levantó la vista.
—¿Qué renuncia?
Roman mostró un documento.
—La que firmaste sin leer.
Creías que era una autorización para la refinanciación bancaria.

En realidad…
era la aprobación de una cláusula que permitía ejecutar la venta automática de tus acciones si incumplías los convenios financieros.
El silencio fue absoluto.
Porque Connor acababa de comprender que no solo había perdido a la mujer que humilló delante de trescientas personas…
También había perdido, en la misma noche, la empresa que creyó que nadie podría quitarle jamás.