PARTE 2: EL FRASCO SIN ETIQUETA

Tomás permaneció inmóvil.

—¿Qué… qué medicamento encontraron?

La doctora dejó el expediente sobre la mesa.

Su voz fue firme.

—Ciproheptadina mezclada con un sedante antihistamínico de uso restringido.

Renata sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué significa eso?

—Que ese niño llevaba mucho tiempo recibiendo un medicamento que aumenta artificialmente el apetito y provoca somnolencia.

La doctora respiró hondo.

—Pero la dosis encontrada en su sangre es muy superior a la que podría tolerar un niño de cinco años.

Tomás dio un paso hacia atrás.

—Mi mamá dijo que era miel con hierbas…

La doctora negó lentamente.

—Eso no era un remedio casero.

Era un medicamento preparado sin control médico.


Renata recordó cada domingo.

Mateo durmiéndose en el coche de regreso.

Las náuseas.

Los dolores de estómago.

La falta de energía.

Los vómitos ocasionales.

Siempre habían encontrado una explicación distinta.

Nunca imaginaron que todas tenían el mismo origen.


—¿Desde cuándo toma ese jarabe?

preguntó la doctora.

Renata hizo memoria.

—Casi…

dos años.

La doctora cerró los ojos un instante.

—Entonces tendremos que revisar también su hígado y su función renal.

El silencio cayó sobre la habitación.


Tomás salió al pasillo.

Con manos temblorosas marcó el número de su madre.

Ella respondió de inmediato.

—¿Cómo sigue mi niño?

—¿Qué le diste?

Hubo unos segundos de silencio.

—Ya te dije que era un preparado.

—¡No me mientas!

gritó por primera vez.

—¡El hospital encontró medicamentos!

Ofelia soltó un suspiro de fastidio.

—Esos doctores exageran todo.

Antes también se hacía así.

Los niños comían mejor y crecían fuertes.

Tomás sintió un escalofrío.

—¿Cuánto tiempo llevas dándoselo?

—Desde que cumplió tres años.

Renata, que acababa de salir de la habitación, escuchó la respuesta.

El teléfono casi se le cayó de las manos.


—¿Tres años?

preguntó Tomás.

—Porque ustedes lo tenían muerto de hambre.

Siempre estaba flaco.

Yo solo corregí lo que ustedes hacían mal.

—¡Lo drogabas!

—No lo drogaba.

Lo ayudaba.

Si no fuera por mí seguiría siendo un niño enfermizo.


Renata tomó el teléfono.

—Ofelia.

No vuelva a acercarse a mi hijo.

La mujer se rió.

—¿Ahora me vas a prohibir ver a mi nieto?

—Sí.

—No tienes ese derecho.

—Después de lo que hicieron en el hospital…

veremos quién tiene derechos.

Ofelia guardó silencio.


A la mañana siguiente regresaron los análisis.

La doctora los reunió en un consultorio.

—Hay algo más.

Les mostró varias gráficas.

—Las concentraciones encontradas indican que no fue una dosis aislada.

Existe una exposición prolongada.

Tomás bajó la cabeza.

Nunca había sentido tanta vergüenza.

Había llamado exagerada a Renata.

Había defendido a su madre.

Había obligado a Mateo a seguir yendo cada domingo.

El pequeño casi pierde la vida por su culpa.


Cuando regresaron al cuarto, Mateo abrió lentamente los ojos.

Buscó inmediatamente a su madre.

—¿Ya no voy a ir con la abuela?

Renata acarició su cabello.

—Nunca más, mi amor.

El niño respiró aliviado.

—Entonces ya no me va a dar el jarabe feo.

Tomás rompió a llorar.

Era la primera vez que su hijo hablaba del miedo con tanta tranquilidad.

Como si durante dos años hubiera esperado que alguien por fin lo escuchara.


Esa misma tarde, dos agentes de la Fiscalía acudieron al hospital para tomar declaración.

También solicitaron la botella que Renata había llevado desde la casa de Ofelia.

Un perito la colocó cuidadosamente dentro de una bolsa de evidencia.

Cuando la abrió, frunció el ceño.

—Esto no fue preparado en una farmacia.

Al fondo del frasco había restos de varias sustancias mezcladas.

Como si alguien hubiera reutilizado envases durante mucho tiempo.

El investigador levantó la vista.

—Necesitaremos registrar el domicilio de la señora Ofelia.

Porque si preparó esto para su nieto…

…tenemos que saber para quién más lo estaba preparando.

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