El monitor cardíaco emitía un pitido constante cuando Eduardo entró en la habitación del hospital.
Sobre la cama, Elena Morales parecía veinte años mayor de lo que realmente era. Tenía el cabello completamente blanco, las manos llenas de cicatrices y un tanque de oxígeno junto a la cama.
Al verla, Sofía corrió hacia ella.
—¡Abuelita!
Elena acarició el rostro de la niña con una ternura que hizo bajar la mirada incluso a Beatriz, la trabajadora del DIF.
—Pensé que ya no volvería a verte.
Después levantó lentamente los ojos hacia Eduardo.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Tiene los mismos ojos… que su padre.
Eduardo permaneció inmóvil.
—¿Usted trabajó para mi familia?
Elena asintió.
—Veintinueve años.
—Entré cuando apenas tenía dieciocho.
—Tu padre todavía era un joven empresario.
La habitación quedó completamente en silencio.
—Beatriz dice que tuvo una hija con él.
Elena cerró los ojos.
—No fue una aventura.
—Nos enamoramos.
—Él quiso reconocer a nuestra niña.
—Pero tu abuelo lo amenazó.
Eduardo sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Qué niña?
Elena tomó la mano de Sofía.
—La madre de ella.
Sofía frunció el ceño.
—¿Mi mamá?
—Sí, mi amor.
—Tu mamá era hermana de Eduardo.
La pequeña abrió mucho los ojos.
Eduardo quedó completamente inmóvil.
Eso significaba…
Miró lentamente a Sofía.
—¿Ella…?
Elena rompió a llorar.
—Es tu sobrina.
Beatriz abrió una carpeta.
—Ya revisamos las actas antiguas.
—Hace treinta años desapareció el expediente laboral de Elena.
—También desaparecieron todos los documentos relacionados con el nacimiento de su hija.
Eduardo sintió un escalofrío.
—¿Quién hizo eso?
Elena respondió con una voz casi apagada.
—Tu madre.
El silencio fue absoluto.
—Me pagó para desaparecer.
—Cuando me negué…
Respiró con dificultad.
—Me acusó de robar joyas.
—La policía vino por mí.
—Perdí el trabajo.
—Perdí la casa.
—Y tuve que criar sola a nuestra hija.
Eduardo apoyó ambas manos sobre la cama para no perder el equilibrio.
Toda su vida había creído que era hijo único.
En ese momento, el pediatra entró con los resultados preliminares del recién nacido.
—Señor Valdés.
—Tenemos los primeros análisis.
Eduardo levantó la vista.
—¿Es mi hijo?
El médico habló con cautela.
—La compatibilidad genética es extremadamente alta.
—Pero hay algo que nos preocupa más.
Todos lo miraron.
El médico colocó varias hojas sobre la mesa.
—El bebé presentaba signos de sedación.
—Alguien le administró un medicamento antes de abandonarlo.
Beatriz frunció el ceño.
—¿Con qué intención?
El médico respondió sin rodeos.
—Si Sofía no lo hubiera encontrado cuando lo encontró…
Hizo una pausa.
—Probablemente no habría sobrevivido la noche.
Sofía abrazó con fuerza al pequeño Mateo.
—Yo le prometí que no iba a dejarlo solo.
Eduardo sintió un nudo en la garganta.
Aquella niña de siete años había salvado la vida de su propio primo sin saberlo.
En ese instante sonó el teléfono de Beatriz.
Contestó.
Su expresión cambió por completo.
—¿Está seguro?
Miró inmediatamente a Eduardo.
—Acaban de revisar las cámaras cercanas a su residencia.
—¿Encontraron a quien dejó al bebé?
Beatriz asintió lentamente.
—Sí.
—Pero hay algo extraño.
—La persona que abandonó a Mateo no iba sola.
Eduardo sintió un vuelco en el pecho.
—¿Quién era?
Beatriz respiró hondo antes de responder.
—La mujer que dejó la caja era Ana Lucía Serrano.
—La madre biológica del bebé.
—Pero el automóvil que la esperaba pertenecía a alguien de su propia familia.
Eduardo apretó los puños.
—¿Quién?
Beatriz giró lentamente la pantalla de la tableta.
En la imagen congelada aparecía un automóvil negro saliendo de la calle.
Eduardo reconoció inmediatamente las placas.
Era el vehículo oficial que su madre utilizaba desde hacía ocho años.
Y segundos después, la cámara mostraba con claridad a una mujer elegante ayudando a Ana Lucía a subir al automóvil.
La mujer llevaba gafas oscuras.

Pero Eduardo no necesitó ver más.
Conocía perfectamente ese rostro.
Era su propia madre.