PARTE 2: EL APELLIDO QUE ME ROBARON

Leí la prueba tres veces.

Probabilidad de relación biológica: 99,98%.

Debajo aparecía un nombre que conocía demasiado bien.

General retirado Victor Shen.

Padre de Alexander.

El hombre que durante años había presidido ceremonias militares mientras otros oficiales susurraban a mis espaldas que yo era “la hija ilegítima de una mujer sin nombre”.

Dentro del sobre había también una carta.

“Tu madre y yo estuvimos legalmente casados durante once meses.”

Sentí que me faltaba el aire.

Seguí leyendo.

Victor explicaba que nuestro matrimonio había sido registrado fuera del distrito militar por razones familiares y profesionales. Después se separaron antes de que mi madre supiera que estaba embarazada.

Pero existía un certificado.

Existían fotografías.

Existían cartas.

Y, sobre todo, existía una prueba de ADN.

Yo no era hija ilegítima.

Nunca lo había sido.

Entonces llegué al último párrafo.

“Alexander conoce la verdad.”

Me quedé inmóvil.

No decía que acabara de descubrirla.

Decía que la conocía.

Guardé todo en el bolso y llamé al número escrito al final.

Victor respondió al segundo tono.

—Señorita Wen.

—¿Desde cuándo lo sabe Alexander?

Silencio.

—Hace tres años.

Exactamente cuando mi ex prometido publicó aquellos rumores.

—¿Y no dijo nada?

—Le pedí que me permitiera resolverlo personalmente. Después usted fue suspendida y desapareció de varias actividades públicas. Cuando conseguí localizarla…

—Alexander ya estaba conmigo.

—Sí.

Cerré los ojos.

Aquello cambiaba cada recuerdo.

El día que Alexander se arrodilló frente a las cámaras.

La manera en que dijo: “Yo seré tu familia”.

Él ya sabía que su propio padre era el hombre al que yo llevaba toda la vida buscando.

Y decidió callarlo.

—¿Por qué me envía esto ahora?

Victor respiró profundamente.

—Porque ayer Alexander vino a verme.

—¿Para qué?

—Para pedirme que jamás reconociera públicamente tu identidad.

Sentí que el bebé se movía.

—¿Por Grace?

—Por él mismo.

Aquella respuesta fue peor.

Victor continuó:

—Si se demuestra que conocía tu filiación mientras permitió que información falsa afectara tu reputación profesional, tendrá preguntas difíciles que responder.

Ahora entendía.

Alexander no solo había protegido a Grace.

Había protegido su carrera.

Colgué.

No regresé a casa.

Llamé a una abogada.

Después solicité una revisión formal de toda la documentación relacionada con mi supuesto matrimonio.

Lo que descubrimos fue todavía más absurdo.

Alexander había construido una representación casi perfecta.

La ceremonia.

Los testigos.

El certificado.

Incluso ciertas solicitudes de vivienda donde aparecíamos como matrimonio.

Pero legalmente nunca había registrado nuestra unión.

Mi abogada dejó el documento sobre la mesa.

—Esto puede tener consecuencias mucho mayores que una separación.

—No quiero venganza.

—Entonces ¿qué quiere?

Miré mi vientre.

—Que mi hijo nazca sin ninguna mentira alrededor.

Aquella tarde bloqueé mis tarjetas compartidas, trasladé mis documentos y abandoné la vivienda.

Alexander me encontró en la salida.

—¿Dónde vas?

—A mi casa.

—Esta es tu casa.

Lo miré.

—Tú mismo me explicaste ayer que nunca lo fue.

Su rostro se endureció.

Entonces vio el sobre que sostenía.

Reconoció inmediatamente el sello de su padre.

Por primera vez vi miedo.

—¿Qué te dio?

—La verdad.

Alexander cerró los ojos.

—Escúchame.

—Sabías quién era mi padre.

No lo negó.

—Sí.

—Durante tres años.

—Sí.

—Mientras me llamaban hija ilegítima.

—La situación era complicada.

Me reí.

—Falsificaste un matrimonio durante dos años para castigarme, pero reconocer que tus padres habían estado casados era demasiado complicado.

—No fui yo quien difundió el rumor.

—Solo permitiste que sobreviviera.

Intentó acercarse.

Retrocedí.

—No me toques.

Se detuvo.

—Sophia…

—No vuelvas a llamarme como si todavía fueras mi esposo.

Aquello pareció afectarlo más de lo esperado.

—¿Y el bebé?

—Mi hijo tendrá padre biológico. Eso no significa que tendrás derecho a inventar otra familia falsa alrededor de él.

—Es nuestro hijo.

—Esta mañana era “un accidente que no tenía nada que ver contigo”.

Alexander palideció.

No podía retirar aquellas palabras.

Entonces llegó un coche negro.

Victor Shen bajó.

Padre e hijo se miraron.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Alexander.

—Lo que debí hacer hace treinta años.

Victor caminó hasta mí.

Y delante de varios oficiales que comenzaban a observar desde el edificio, dijo claramente:

—Sophia Wen es mi hija.

El rostro de Alexander cambió.

—Papá.

—Su madre fue mi esposa legal.

Victor sacó otra carpeta.

—Y mañana presentaré personalmente la documentación necesaria para corregir cualquier registro que diga lo contrario.

Alexander lo agarró del brazo.

—¿Entiendes lo que estás haciendo?

Victor lo miró con una decepción silenciosa.

—Sí.

Luego bajó la vista hacia la mano de su hijo.

Alexander lo soltó.

—Protegiste una mentira durante tres años —continuó Victor—. Después construiste otra durante dos.

—Lo hice por Grace.

—No.

La voz del general retirado se endureció.

—Lo hiciste porque te gustaba decidir quién merecía ser castigado.

Alexander se quedó sin palabras.

Yo subí al coche.

No miré atrás.

Dos semanas después comenzó la revisión formal de mi suspensión original.

Cuando los investigadores confirmaron que la acusación de ilegitimidad utilizada para desacreditarme era falsa, comenzaron a revisar quién había tenido acceso a ciertos documentos.

El nombre de Alexander apareció.

También el de Grace.

Pero la sorpresa llegó con los antiguos registros de entrenamiento que habían iniciado todo tres años atrás.

Mi denuncia contra Grace siempre había sido sencilla:

alguien había falsificado sus resultados.

Ella había utilizado esos resultados después de conocer la irregularidad.

Por eso la expulsaron.

Yo pensaba que Alexander quería vengarla porque la amaba.

Hasta que un investigador me llamó.

—Señorita Wen, hemos recuperado el archivo original.

—¿Y?

—Grace no falsificó los registros.

—Eso ya lo sabía.

—Tampoco su antiguo prometido.

Me quedé callada.

—Entonces ¿quién?

El investigador tardó unos segundos.

—La modificación fue realizada desde una terminal asignada al coronel Alexander Shen.

Sentí que todo se detenía.

—Eso es imposible.

—Tenemos registros de acceso.

Alexander.

El hombre que había jurado vengarse de mí por destruir la carrera de Grace…

podía haber sido quien creó originalmente los documentos falsos que terminaron destruyéndola.

Esa noche recibí una llamada de Grace.

Estaba llorando.

—Sophia…

Nunca antes había utilizado mi nombre con aquella voz.

—Alexander vino a verme.

—¿Qué quiere?

—Que desaparezca.

Me incorporé.

—¿Por qué?

Su respiración temblaba.

—Porque encontré algo.

—¿Qué cosa?

—El verdadero motivo por el que falsificó nuestros registros hace tres años.

Miré la prueba de ADN de Victor sobre mi mesa.

—Dímelo.

Grace guardó silencio unos segundos.

Después pronunció una frase que convirtió cinco años de mi vida en una historia completamente diferente.

—Nunca empezó conmigo.

—¿Qué?

—Eras tú, Sophia.

Sentí un escalofrío.

—Alexander ya te estaba investigando antes de que denunciaras los documentos.

—¿Por qué?

Grace comenzó a llorar.

—Porque sabía que eras hija de su padre.

Hizo una pausa.

—Y estaba convencido de que, si Victor te reconocía, tú podías convertirte en la heredera de algo que Alexander llevaba toda su vida esperando recibir.

Miré hacia la ventana.

De repente, Grace dejó de ser el centro de aquella venganza.

El matrimonio falso tampoco había comenzado para castigarme por ella.

Alexander había estado observándome desde mucho antes.

Y si Grace decía la verdad, durante dos años yo no había dormido junto a un hombre que intentaba vengar a otra mujer.

Había dormido junto a un hombre que necesitaba mantenerme cerca para impedir que descubriera quién era realmente.

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