PARTE 2: EL APELLIDO QUE JULIAN NUNCA INVESTIGÓ

El aire frío me golpeó apenas crucé las puertas del hotel.

Estaba descalza, vestida únicamente con la combinación de seda y el corsé, pero seguí caminando.

No había llegado ni a la acera cuando escuché pasos detrás de mí.

—¡Laura!

No me giré.

—¡Laura Reed, detente!

Julian me alcanzó junto a la entrada.

Se quitó la chaqueta y trató de ponérmela sobre los hombros.

La aparté.

—No necesito nada tuyo.

—Deja de hacer teatro.

Me reí.

—¿Te preocupa el teatro después de ordenarme quitarme el vestido delante de doscientas personas?

Su rostro se tensó.

—Quería que entendieras que las decisiones tienen consecuencias.

—Y las tienen.

Un automóvil negro se detuvo frente a nosotros.

Julian miró el vehículo.

—¿Has pedido un coche?

—No.

La puerta trasera se abrió.

Mi tía Eleanor salió del automóvil.

Llevaba un abrigo negro, perlas y aquella expresión tranquila que había hecho temblar a ejecutivos mucho más poderosos que Julian.

Me vio.

Después miró mi ropa.

—¿Dónde está tu vestido?

—En la basura.

Su expresión cambió.

—¿Quién te obligó a quitártelo?

Julian frunció el ceño.

—Esto es un asunto privado.

Eleanor lo observó como si acabara de descubrir suciedad en su zapato.

—¿Y usted es?

Por primera vez, Julian pareció ofendido.

—Julian Hayes.

—Ah.

Nada más.

Solo “ah”.

Entonces se quitó su propio abrigo y me cubrió.

—Sube al coche, Laura.

Julian me sujetó del brazo.

—Ella no va a ninguna parte.

Eleanor bajó los ojos hacia su mano.

—Le aconsejo que la suelte.

—Es mi prometida.

—Era —corregí.

Me liberé.

En ese momento Ivy apareció en la entrada, todavía con el jade Hayes alrededor del cuello.

—Julian, déjala ir. Mañana volverá cuando entienda que no puede vivir sin ti.

Eleanor miró el jade.

Luego a mí.

—¿También le dio eso?

Asentí.

Mi tía sonrió.

Aquello me sorprendió.

—Entonces supongo que ya no necesitaremos la reunión del lunes.

Julian se quedó quieto.

—¿Qué reunión?

Eleanor abrió la puerta del coche.

—La reunión de Reed Capital.

El nombre hizo que dos invitados que acababan de salir del hotel se detuvieran.

Julian también lo reconoció.

Por supuesto que sí.

Llevaba tres años intentando conseguir una inversión de Reed Capital.

—¿Qué tiene que ver Laura con Reed Capital?

Mi tía me miró.

No respondí.

No hacía falta.

Vi el momento exacto en que Julian empezó a unir piezas que nunca se había molestado en mirar.

Mi apellido.

Los viajes que yo llamaba “asuntos familiares”.

Las reuniones que él despreciaba porque pensaba que yo iba a tomar té con parientes ricos.

Y, finalmente, los documentos que acababa de ver arder.

Su rostro cambió.

—Espera.

Me detuve antes de entrar al coche.

—Esos papeles…

Ahora sí había miedo en su voz.

—¿Qué eran?

—Lo que tú dijiste —respondí—. Papeles sin valor.

—Laura.

—Buenas noches, Julian.

Entré.

Eleanor se sentó a mi lado y el coche arrancó.

Durante varios minutos no hablamos.

Finalmente preguntó:

—¿Quemaste los originales?

La miré.

—Claro que no.

Mi tía sonrió.

—Bien.

Abrí mi bolso y saqué una memoria USB.

Los documentos quemados eran copias ceremoniales.

Los originales estaban allí.

La transferencia del 12% de Reed Biomedical.

Una participación que habría convertido a Julian en uno de los principales accionistas de una compañía que estaba a cuarenta y ocho horas de anunciar una adquisición multimillonaria.

—Mañana quiero cancelar la transferencia —dije.

Eleanor me estudió.

—¿Estás segura?

Pensé en el jade sobre el cuello de Ivy.

En Julian ordenándome desnudarme.

En cuatro años reducidos a la palabra “interesada”.

—Completamente.

Mi teléfono empezó a vibrar.

Julian.

Lo rechacé.

Volvió a llamar.

Después llegaron mensajes.

“Laura, necesito hablar contigo.”

“No sabía lo de Reed Capital.”

Y finalmente:

“¿Qué había exactamente en esa carpeta?”

Apagué el teléfono.

Pero Eleanor seguía seria.

—Hay algo que debes saber antes de cancelar nada.

—¿Qué?

Sacó una carpeta de su bolso.

—Julian estuvo investigando a tu familia hace seis meses.

Sentí que se me helaba el cuerpo.

—Eso es imposible.

—Tenemos registros.

Abrió la carpeta.

Había solicitudes de información corporativa, búsquedas privadas y copias de documentos internos.

Todas vinculadas a alguien de Hayes Industries.

—Entonces sabía quién era yo.

—No exactamente.

Eleanor señaló una firma al final de una solicitud confidencial.

—Esto no lo pidió Julian.

Leí el nombre.

Ivy Langford.

Levanté la vista.

—¿Ivy?

—Parece que tu asistente inocente sabía perfectamente cuánto valías.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono volvió a encenderse con una llamada.

Esta vez no era Julian.

Era el director jurídico de Reed Capital.

Contesté.

—¿Qué ocurre?

Su voz sonaba tensa.

—Señorita Reed, tenemos un problema. Alguien presentó esta noche una copia firmada de la transferencia de acciones.

Sentí que el estómago se me hundía.

—Eso no puede ser. Yo tengo los originales.

—Lo sé.

—Entonces ¿quién la presentó?

Hubo un silencio.

—La señorita Ivy Langford.

Miré a Eleanor.

—¿Con qué firma?

El abogado tardó dos segundos en responder.

—Con la suya, señorita Reed.

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