PARTE 2: EL APELLIDO QUE CAMBIÓ LA NEGOCIACIÓN

Durante varios segundos no respondí.

Daniel permanecía frente a mí, pálido, mientras Margaret miraba el pequeño apartamento de Sophie como si esperara encontrar alguna explicación escondida entre los muebles.

—¿Por qué nadie me dijo que eras Emily Morgan? —repitió.

Acomodé a Lily contra mi pecho.

—Nunca preguntaste quién era. Solo decidiste cuánto valía.

Margaret reaccionó.

—Emily, esto es un malentendido.

Casi me reí.

Tres días antes, mi hija era una vergüenza para la familia Reed.

Ahora yo volvía a ser Emily.

—¿Qué parte fue un malentendido? ¿Cuando dijeron que Lily no servía porque era niña? ¿O cuando revisasteis el divorcio para aseguraros de que no me llevara demasiado?

Daniel bajó la mirada.

Margaret, en cambio, avanzó.

—Las familias dicen cosas cuando están enfadadas. No puedes destruir la carrera de Daniel por una discusión doméstica.

—Yo no he hecho nada con su carrera.

—¡Morgan Capital suspendió la reunión!

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Daniel habló por fin.

—Esta mañana recibimos una notificación. La financiación está bajo revisión.

—Yo no pedí eso.

Y era verdad.

Tomé mi teléfono y llamé a mi padre.

Contestó inmediatamente.

—Emily.

—¿Cancelaste la financiación de Reed Technologies?

Daniel levantó la cabeza.

—No —respondió mi padre—. Pedí una revisión de riesgos.

—Te dije que no quería venganza.

—Y no es venganza.

Su voz se volvió fría.

—Ayer descubrimos que Reed Technologies ocultó deuda en dos filiales antes de solicitar nuestra financiación.

Miré a Daniel.

Su expresión cambió.

—¿Qué deuda?

Él no respondió.

Margaret sí.

—Eso no tiene ninguna relación contigo.

Mi padre escuchó.

—¿Margaret Reed está ahí?

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Entonces pregúntale por Reed Holdings Number Four.

Margaret se quedó blanca.

Daniel giró hacia ella.

—¿Qué es Reed Holdings Number Four?

—Nada que debamos discutir aquí.

—Mamá.

—Daniel, vámonos.

Pero él no se movió.

Mi padre continuó:

—Emily, hay algo más que deberías saber antes de que vuelvas a firmar cualquier documento relacionado con el divorcio.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué cosa?

—Nuestros abogados revisaron el convenio.

Margaret dio un paso hacia mi teléfono.

—¡Cuelga!

Daniel la miró, desconcertado.

—¿Por qué?

Mi padre respondió antes que ella.

—Porque el apartamento que Daniel declaró como propiedad anterior al matrimonio no pertenece únicamente a Daniel.

Se hizo silencio.

—Papá, no entiendo.

—Margaret transfirió parte de la propiedad a su hijo después de vuestra boda. Según los documentos que tenemos, tu abogado debería haberlo revisado antes de que renunciaras a cualquier reclamación.

Daniel parecía sinceramente sorprendido.

—Mamá, me dijiste que siempre había estado a mi nombre.

Margaret agarró su bolso.

—Esto es una trampa de los Morgan.

Entonces Lily empezó a llorar.

Daniel dio un paso instintivo hacia ella.

Yo retrocedí.

Se detuvo.

Vi algo quebrarse en su rostro.

—Emily… ¿puedo cargarla?

—No.

Una palabra.

Nada más.

Daniel cerró los ojos.

Margaret perdió finalmente la paciencia.

—¡Es una niña! ¿Ahora vas a utilizarla para castigarnos?

Daniel abrió los ojos.

—Mamá, basta.

Ella se quedó inmóvil.

Era la primera vez que lo escuchaba enfrentarse a ella.

Demasiado tarde.

Pero ocurrió.

—Lily es mi hija —dijo.

Margaret lo miró con desprecio.

—Y tú necesitas salvar tu empresa.

Daniel palideció.

Entonces comprendí algo.

—Por eso viniste.

No respondió.

—No viniste por Lily.

—Emily…

—Viniste porque descubriste quién es mi padre.

—No es así.

—Entonces dime que habrías aparecido aquí aunque Morgan Capital hubiera aprobado vuestra financiación esta mañana.

Daniel abrió la boca.

Nada salió.

Su silencio respondió por él.

En ese momento mi padre volvió a hablar desde el teléfono.

—Emily, hay otra razón por la que necesito que vengas a casa hoy.

—¿Cuál?

—Encontramos una transferencia desde Reed Holdings Number Four.

Margaret se lanzó hacia mí.

—¡No escuches eso!

Sophie apareció desde la cocina y se interpuso.

—Ni un paso más.

Mi padre continuó:

—El dinero terminó en una cuenta abierta hace cinco semanas.

—¿A nombre de quién?

Esta vez tardó en contestar.

—De Lily Reed.

Miré a mi bebé.

Daniel se quedó petrificado.

—Eso es imposible —susurró—. Lily todavía no había nacido cuando se abrió esa cuenta.

Mi padre guardó silencio un segundo.

—Exactamente.

Entonces Margaret dejó caer su bolso.

Y por la expresión de terror en su rostro comprendí que ella sabía perfectamente por qué existía aquella cuenta.

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