PARTE 2: El apellido Harrell

Treinta minutos después, una caravana de camionetas negras se detuvo frente a la mansión.

La señora Gladys abrió la puerta y quedó inmóvil.

El primero en entrar fue Raymond Harrell.

No llevaba guardaespaldas delante.

No los necesitaba.

Al verlo, Phoebe corrió hacia él por primera vez en tres años.

—Lo siento, papá…

Raymond la abrazó con fuerza.

—La única persona que debe pedir perdón soy yo… por dejarte sufrir sola.

Miró las mangas desgastadas de su vestido y los ojos enrojecidos de su hija.

Su expresión cambió.

—¿Ese hombre te hizo vivir así?

Phoebe no respondió.

No hacía falta.


Al mismo tiempo, en la gala del Grupo Apex, Spencer levantaba su copa junto a los principales inversionistas.

Paisley sonreía orgullosa a su lado.

Entonces el presentador anunció:

—Damas y caballeros, acabamos de recibir la confirmación de que el señor Raymond Harrell ha llegado al hotel.

Todo el salón estalló en aplausos.

Spencer enderezó la espalda.

Conseguir un contrato con Harrell Capital era el objetivo más importante de toda la noche.

Pero cinco minutos después, uno de sus directivos subió corriendo al escenario.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Señor Conway…

—¿Qué ocurre?

—Harrell Capital acaba de cancelar la reunión.

Spencer frunció el ceño.

—¿Por qué?

El hombre tragó saliva.

—Porque… el señor Harrell abandonó el hotel hace media hora.

—¿Dónde fue?

El directivo bajó la voz.

—A recoger a su hija.

Spencer sintió un escalofrío.

—¿Qué hija?

El hombre lo miró sin comprender.

—¿No lo sabía?

—La señorita Phoebe Harrell.

—Única heredera del Grupo Harrell.

La copa cayó de la mano de Spencer y estalló contra el mármol.

Paisley dejó de sonreír.

Todo el salón comenzó a murmurar.

En ese mismo instante, el teléfono de Spencer vibró.

Era un correo oficial.

“Debido a circunstancias recientes, Harrell Capital retira todas las inversiones, líneas de crédito y negociaciones con Conway Holdings, con efecto inmediato.”

Spencer sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Por primera vez entendió quién había sido realmente la mujer a la que acababa de dejar en casa… con un vestido viejo.

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