PARTE 2: EL ANILLO YA NO SIGNIFICABA NADA.

Nadie habló durante varios segundos.

El pequeño anillo de plata descansaba en el fondo de la copa de champaña, deformado por el cristal y las burbujas.

Ethan no apartaba la vista de él.

Su mandíbula se tensó.

—Olivia.

Dio un paso hacia mí.

Yo retrocedí apenas.

No por miedo.

Por costumbre.

Durante dos años siempre había sido yo quien acortaba la distancia entre nosotros.

Aquella noche decidí que no volvería a hacerlo.

Claire miró alternativamente a Ethan y a mí.

—¿Qué está pasando?

Miles carraspeó con evidente incomodidad.

—Creo que…

—Nada —lo interrumpió Ethan con rapidez.

Demasiado rápido.

Yo sonreí.

—Tiene razón.

Tomé la copa.

Saqué el anillo lentamente.

Lo coloqué sobre una servilleta.

—No pasa absolutamente nada.

Una de las tías del abuelo comentó entre risas:

—Entonces sí era un novio secreto.

Claire seguía observando el anillo.

—¿Por qué dices que no es nadie importante?

Respiré con calma.

—Porque cuando alguien quiere esconder que existe una relación, deja de ser importante.

El silencio volvió a caer sobre el salón.

Vi cómo Ethan cerraba lentamente la mano dentro del bolsillo donde había escondido su propio anillo.

Claire frunció el ceño.

—No entiendo.

Ethan dio otro paso.

—Olivia, podemos hablar en privado.

Negué con la cabeza.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—¿Para qué?

Él abrió la boca.

No encontró ninguna respuesta.

Porque ambos sabíamos que yo ya había escuchado la única explicación que realmente existía.

No quería que Claire viera el anillo.

Nada más.

El abuelo Walker apareció en ese momento acompañado por varios familiares.

—¿Qué ocurre aquí?

Antes de que Ethan pudiera responder, sonreí con tranquilidad.

—Nada, abuelo.

Le entregué el pequeño estuche donde siempre guardaba el anillo cuando me lavaba las manos.

—Solo me di cuenta de que este ya no combina conmigo.

El anciano observó el anillo.

Luego miró a Ethan.

Después volvió a mirarme.

Sus ojos envejecidos parecieron comprender mucho más de lo que cualquiera dijo en voz alta.

La celebración continuó.

El pastel fue cortado.

Las fotografías comenzaron.

Claire permanecía junto a Ethan en cada imagen familiar.

Yo aparecía siempre un poco más atrás.

Como había ocurrido durante los últimos dos años.

Solo que esa noche ya no dolía.

Mientras todos brindaban, mi teléfono vibró discretamente.

Era un correo electrónico.

Asunto: Confirmación final del traslado a Singapur.

Lo abrí.

La empresa seguía esperando mi respuesta.

Puesto de directora regional.

Contrato por cinco años.

Salida en tres semanas.

Aquella oferta llevaba un mes guardada.

Pensaba rechazarla porque Ethan me había prometido que, después del cumpleaños de su abuelo, haríamos pública nuestra relación.

Ahora comprendía que ese día jamás iba a llegar.

Presioné “Aceptar”.

Tres segundos después llegó la confirmación.

Bienvenida al equipo internacional.

Sentí una paz inesperada.

Guardé el teléfono.

Cuando levanté la vista, Ethan me observaba desde el otro extremo del salón.

Su expresión era extraña.

Como si acabara de perder algo cuyo valor nunca había entendido.

La fiesta terminó cerca de la medianoche.

Los invitados comenzaron a despedirse.

Yo caminé hacia la salida con mi abrigo sobre el brazo.

Escuché pasos detrás de mí.

—Olivia.

Era Ethan.

Se detuvo frente a la puerta principal.

—No puedes irte así.

—¿Así cómo?

—Enfadada.

Lo miré unos segundos.

—¿Eso crees que estoy?

—Te conozco.

Sonreí con suavidad.

—No, Ethan.

—Justamente esta noche descubriste que no me conocías en absoluto.

Su respiración se volvió más pesada.

—Iba a explicártelo.

—¿Que escondiste el anillo porque volvió Claire?

No respondió.

—¿O que ella sigue siendo la única mujer por la que te preocupa guardar las apariencias?

Él bajó la mirada.

Fue suficiente.

Saqué de mi bolso la llave de su apartamento.

La había llevado conmigo por costumbre.

La coloqué sobre la palma de su mano.

—Ya no la necesito.

Ethan levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué significa esto?

—Que mañana empezaré a preparar mi mudanza.

Frunció el ceño.

—¿Mudanza?

—Me voy a Singapur.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Qué acabas de decir?

Metí las manos en los bolsillos del abrigo.

—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.

Pasé junto a él.

Esta vez no intentó detenerme.

Solo permaneció inmóvil, con dos anillos escondidos en los bolsillos de su chaqueta y una llave que acababa de descubrir que ya no abría el lugar más importante al que alguna vez tuvo acceso.

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