El anillo salió de mi dedo con facilidad.
Lo dejé sobre la mesa frente a Sophia.
—Tenía novio —repetí—. Ya no.
El salón quedó en silencio.
Ethan dio un paso hacia mí.
—Emily.
Lo ignoré.
Sophia miró el anillo y después a Ethan.
—¿Qué está pasando?
Noah, que conocía la verdad, bajó la mirada.
Yo sonreí.
—Nada importante. Ethan tenía razón. No voy a hacer un drama por una cosa tan pequeña.
Su rostro se puso blanco.
Había utilizado exactamente sus palabras.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Después.
—Ahora.
Me sujetó de la muñeca.
Por primera vez, todos notaron que aquello no parecía una conversación entre simples amigos.
Sophia también.
—Ethan, ¿por qué estás tan nervioso?
Él me soltó inmediatamente.
Y ese gesto terminó de responderme.
Incluso cuando estaba a punto de perderme, seguía preocupado por lo que Sophia pudiera pensar.
—Tranquilo —dije—. No voy a contar nada que quieras esconder.
Recogí mi bolso.
Ethan intentó seguirme, pero su abuelo llamó a todos para la fotografía familiar.
Sophia tomó su brazo.
—Vamos. Después puedes hablar con Emily.
Él dudó.
Solo unos segundos.
Pero fueron suficientes.
Otra vez la eligió.
Salí sola.
Aquella noche hice algo que llevaba meses posponiendo.
Abrí el correo de mi empresa y acepté el traslado permanente a Vancouver.
Tres semanas antes me habían ofrecido dirigir una nueva división.
Yo había pedido tiempo porque Ethan decía que una relación a distancia no funcionaría.
Qué absurdo.
Nuestra relación ya llevaba mucho tiempo existiendo a distancia aunque durmiéramos en la misma ciudad.
Respondí:
“Acepto. Puedo incorporarme inmediatamente.”
Después bloqueé el teléfono y dormí.
A las dos de la madrugada, Ethan apareció frente a mi apartamento.
Golpeó la puerta durante diez minutos.
—Emily, abre.
No respondí.
—Sé que escuchaste lo que dije.
Silencio.
—Lo del anillo no significa lo que piensas.
Entonces sí abrí.
Ethan parecía agotado.
Sacó el anillo de su bolsillo.
—Mira. Todavía lo tengo.
Lo observé.
—¿Y?
Pareció sorprendido.
—Nunca pensé tirarlo.
—Solo esconderlo.
—Sophia acaba de regresar. No quería crear una situación incómoda.
—¿Para quién?
No respondió.
—¿Para Sophia? —continué—. Porque para mí sí podía ser incómodo.
Ethan apretó el anillo.
—Ella fue importante para mí.
—Lo sé.
—Necesitaba tiempo para entender qué siento.
Sonreí.
—Perfecto. Ahora tienes todo el tiempo que quieras.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa eso?
—Terminamos.
—Emily, no conviertas un anillo en algo enorme.
—Nunca fue el anillo.
Lo miré directamente.
—Fue descubrir que después de dos años todavía consideras tus sentimientos por Sophia más importantes que nuestra relación.
Ethan quiso entrar.
Bloqueé la puerta con el cuerpo.
—Vete.
—Mañana hablaremos cuando estés tranquila.
Aquella frase casi me hizo reír.
Él todavía creía que esto era una rabieta.
Que dormiría.
Lloraría.
Y regresaría.
No sabía que mi vuelo salía cuarenta y ocho horas después.
A la mañana siguiente empaqué.
Entregué el apartamento.
Transferí mis proyectos.
Y envié una caja a Ethan.
Dentro puse las pocas cosas que había dejado en mi casa.
Su cepillo de dientes.
Dos camisas.
Un cargador.
Y mi anillo.
No incluí ninguna carta.
El día de mi vuelo recibí diecinueve llamadas.
No contesté.
Cuando el avión despegó, eliminé nuestra conversación.
Dos años reducidos a unos segundos.
Pensé que aquello sería el final.
Me equivoqué.
Tres meses después, durante una conferencia internacional de nuestra empresa en Seattle, escuché una voz detrás de mí.
—Emily.
Me giré.
Era Sophia.
Estaba sola.
—Necesito decirte algo.
—No es necesario.
—Sí lo es.
Sacó su teléfono.
—Ethan y yo nunca estuvimos juntos después de mi regreso.
No sentí nada.
—Eso ya no me importa.
—Debería.
Me mostró una conversación.
Sophia le había escrito la noche de la fiesta:
“Si todavía sientes algo por mí, podemos intentarlo.”
La respuesta de Ethan apareció debajo.
“No.”
Después:
“Cometí el error de proteger una posibilidad del pasado y destruí lo que tenía en el presente.”
Sophia guardó el teléfono.
—Me rechazó.
Asentí.
—Bien por él.
—Emily, está destrozado.
—También lo estuve yo.
Sophia no pudo responder.
Se marchó.
Creí que ahí terminaría todo.
Pero cuando regresé al hotel, Ethan estaba sentado en el vestíbulo.
Parecía diferente.
Más delgado.
Cansado.
En su mano derecha llevaba nuevamente aquel anillo.
Se levantó al verme.
—Te encontré.
—No estaba perdida.
La frase lo dejó inmóvil.
—Emily, sé que llegué tarde.
—Sí.
—No quiero a Sophia.
—Ya lo sé.
Sus ojos se iluminaron.
—Entonces…
—Eso no cambia nada.
La esperanza desapareció.
Me acerqué.
—Ethan, el problema nunca fue que eligieras a Sophia.
—Fue que necesitaste perderme para descubrir que debías elegirme.
Bajó la cabeza.
—¿No queda ninguna oportunidad?
Miré aquel anillo.
Durante dos años pensé que representaba una promesa.
Ahora solo veía un círculo de plata.
—No.
Pasé junto a él.
Esta vez Ethan no intentó detenerme.
Y mientras las puertas del ascensor se cerraban, comprendí finalmente por qué quitarme aquel anillo había sido tan fácil.

Porque lo verdaderamente difícil no era sacarlo de mi dedo.
Era sacar a Ethan de mi futuro.
Y eso ya lo había hecho.