PARTE 2: EL AIRE ENVENENADO

Conocí a Lucas y Leo diez minutos después.

Estaban sentados en una sala de juegos enorme que parecía diseñada para niños que ya no tenían fuerzas para utilizarla.

Lucas dibujaba.

Leo permanecía acostado en un sofá.

Eran demasiado delgados.

—¿Tú eres la nueva niñera? —preguntó Lucas.

—Eso parece.

—Las otras se fueron.

—Entonces intentaré no aburrirme tan rápido.

Leo sonrió débilmente.

Pasé aquella primera tarde observando.

No buscando enfermedades.

Buscando patrones.

Qué comían.

Dónde dormían.

Cuándo empeoraban.

A las seis ocurrió algo extraño.

Leo había estado cansado durante toda la tarde, pero Vincent insistió en que cenáramos en la terraza.

Después de veinte minutos afuera, el niño pidió caminar por el jardín.

Lucas lo siguió.

Media hora después, ambos parecían diferentes.

No sanos.

Pero más despiertos.

—Papá, ¿podemos cenar aquí mañana? —preguntó Leo.

Vincent sonrió.

—Claro.

Yo no dije nada.

Todavía.

Aquella noche acompañé a los gemelos hasta sus habitaciones.

Entonces lo olí.

Dulce.

Extraño.

Apenas perceptible.

Me detuve frente a una rejilla de ventilación.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucas.

—Nada.

Me acerqué.

El olor parecía intensificarse cuando funcionaba el aire acondicionado.

En ese momento apareció Margaret Doyle, la encargada de la casa.

Llevaba diecisiete años trabajando para los Moretti.

—¿Qué está haciendo?

Su tono fue demasiado brusco.

—¿Siempre huele así?

Margaret palideció.

—¿Así cómo?

—Dulce.

Durante un segundo miró directamente la rejilla.

Después volvió a mirarme.

—Esta casa tiene sistemas muy caros. Probablemente sea algún producto del mantenimiento.

—¿Quién hace el mantenimiento?

—Señorita Morgan, debería acostar a los niños.

Se marchó.

Aquella reacción me preocupó más que el olor.


Durante cuatro días anoté todo.

Cuando los niños pasaban muchas horas dentro de sus dormitorios, empeoraban.

Cuando estaban en el jardín, la piscina exterior o la casa de invitados, parecían recuperar energía.

La quinta mañana hice algo sencillo.

Le pedí a Vincent permiso para trasladarlos temporalmente a dos habitaciones del ala oeste.

—¿Por qué?

—Quiero comprobar algo.

El doctor Blake estaba presente.

Soltó una carcajada.

—¿Ahora también prescribe dormitorios?

Lo ignoré.

Vincent aceptó.

Cuarenta y ocho horas después, Lucas desayunó dos veces.

Leo bajó las escaleras sin pedir que lo cargaran.

Vincent se quedó observándolo desde el comedor.

—Claire…

—Todavía no significa nada —advertí—. Necesitamos profesionales que revisen el ambiente.

Blake golpeó la mesa.

—Esto es absurdo.

Me volví hacia él.

—Entonces no debería preocuparle que hagamos pruebas.

Silencio.

Y allí vi algo.

No indignación.

Miedo.


Vincent contrató inmediatamente a una empresa independiente de evaluación ambiental.

No permitió que Blake eligiera a los técnicos.

Tampoco Margaret.

Cuando llegaron, cerraron las antiguas habitaciones de los niños y tomaron muestras.

Horas después, uno de los especialistas pidió hablar con Vincent en privado.

Yo estaba saliendo cuando Vincent dijo:

—Claire se queda.

El hombre colocó varios informes sobre la mesa.

—Encontramos sustancias que no deberían estar presentes en esas concentraciones dentro de una residencia.

Vincent perdió el color.

—¿Eso enfermó a mis hijos?

—No puedo establecer una causa médica. Eso corresponde a los médicos. Pero sí puedo decirle que necesitan mantenerse alejados de esa zona mientras investigamos el origen.

Vincent miró hacia Blake.

—¿Por qué nunca revisaste esto?

—Porque soy médico, no técnico de ventilación.

—Gasté tres millones buscando una explicación.

—Y todavía no sabemos si esto significa algo.

Entonces pregunté:

—¿De dónde viene?

El técnico respondió:

—Eso es lo extraño. La contaminación parece concentrarse en el conducto que abastece principalmente las habitaciones de los gemelos.

La habitación quedó en silencio.

Vincent se levantó.

—Cierren esa parte de la casa.

Blake intervino.

—Estás reaccionando emocionalmente.

Vincent lo miró.

—Son mis hijos. Tengo derecho a reaccionar.


Esa noche Margaret desapareció.

Su habitación estaba vacía.

Su automóvil también.

Pero había olvidado algo.

Un viejo teléfono dentro de un cajón.

Vincent llamó a la policía.

Yo no toqué nada.

Los investigadores se hicieron cargo.

Dos días después descubrieron que alguien había realizado modificaciones no autorizadas en una sección del sistema de ventilación meses después de la muerte de Isabella.

Las facturas de mantenimiento habían sido aprobadas mediante una empresa externa.

Vincent reconoció inmediatamente el nombre.

—Blake Medical Consulting.

Todos miramos al doctor.

Harrison Blake no dijo nada.


La investigación posterior descubrió algo que Vincent jamás había imaginado.

Blake había sido médico de Isabella.

Y Margaret había trabajado para la familia de Isabella antes de entrar a la casa Moretti.

Pero la pieza más importante apareció dentro de los archivos financieros.

Si Lucas y Leo quedaban permanentemente incapacitados antes de determinada edad, un antiguo fideicomiso familiar establecía que otra persona asumiría temporalmente el control de una parte considerable de sus bienes.

Vincent leyó el nombre tres veces.

Harrison Blake.

—¿Por qué demonios aparece él aquí?

Su abogado respondió:

—Porque Isabella lo nombró administrador médico sustituto años atrás.

Vincent quedó devastado.

Pero todavía faltaba demostrar qué había ocurrido realmente.

Y eso ya estaba en manos de investigadores y especialistas.


Los gemelos no volvieron a dormir en aquellas habitaciones.

Con atención médica independiente y alejados de aquella zona de la casa, comenzaron lentamente a mejorar.

Una mañana, semanas después, encontré a Vincent llorando junto a la piscina.

Lucas y Leo estaban corriendo detrás de una pelota.

No durante mucho tiempo.

Solo unos minutos.

Pero corrían.

—Gasté millones —murmuró Vincent—. Y tú llegaste con un cárdigan viejo y viste algo que ninguno de nosotros vio.

Negué con la cabeza.

—Yo no los curé.

Miré hacia los niños.

—Solo presté atención a dónde se sentían peor.

Vincent asintió.

Entonces Lucas cayó sobre el césped riéndose.

Leo se dejó caer junto a él.

Su padre corrió hacia ambos por puro instinto.

Los niños protestaron.

—¡Papá, estamos bien!

Vincent se quedó inmóvil.

Aquellas tres palabras parecieron atravesarlo.

Estamos bien.

Por primera vez en dieciocho meses, comenzaban a ser verdad.

Yo levanté la mirada hacia las ventanas de aquella enorme mansión.

Cuando llegué, todos buscaban qué estaba fallando dentro de los cuerpos de dos niños.

Nadie había pensado en hacer una pregunta mucho más sencilla:

¿Y si lo que los enfermaba estaba en la casa?

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