A la mañana siguiente, Alexander se despertó antes que yo.
Lo escuché caminar por la habitación.
Después abrió el armario y eligió una camisa azul.
La misma que Ivy había comprado para él.
Lo supe porque había visto la fotografía.
No dije nada.
—¿No vas a preguntarme dónde voy? —dijo.
—No.
Se quedó quieto.
—Antes siempre preguntabas.
—Antes me importaba la respuesta.
Alexander se giró lentamente.
—Natalie…
—Tengo una reunión.
Tomé mi bolso y salí de la habitación.
No fui a ninguna reunión.
Fui al despacho del abogado que había contratado tres semanas antes.
Puse sobre su escritorio la carpeta con las fotografías, los registros de vuelos y las transferencias.
—Quiero saber qué puedo reclamar.
El abogado revisó los documentos.
—¿Está segura?
—Completamente.
—Entonces necesitamos revisar también las sociedades.
Levanté la mirada.
—¿Qué sociedades?
Él deslizó un documento hacia mí.
—Las que Alexander creó durante sus viajes.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tienen que ver conmigo?
—Eso es precisamente lo que debemos determinar.
Pasamos las siguientes dos horas revisando cuentas.
Y entonces apareció algo que no esperaba.
Una empresa registrada en Luxemburgo.
Otra en Singapur.
Y una tercera en Madrid.
Todas tenían algo en común.
Alexander aparecía como beneficiario indirecto.
Pero había un segundo nombre.
Ivy Monroe.
Sentí un frío extraño en el estómago.
—¿Por qué pondría sus bienes a nombre de ella?
Mi abogado levantó la vista.
—No necesariamente son bienes.
—¿Entonces?
—Podrían ser activos que alguien está intentando ocultar antes de una separación.
Cerré la carpeta.
—Quiero investigarlo todo.
Cuando regresé a casa, Alexander estaba esperándome.
—¿Dónde estabas?
—Trabajando.
—¿Con quién?
Lo miré.
—¿Ahora te importa?
Su rostro cambió.
—No quiero que esto se convierta en una guerra.
—Tú la empezaste hace tres años.
Se acercó.
—Natalie, no quiero perderte.
—Pero tampoco quieres perderla a ella.
No respondió.
Eso fue suficiente.
Tomé las llaves de la mesa.
—Esta noche dormiré en la habitación de invitados.
—¿Por qué?
—Porque ya no quiero compartir una cama con un hombre que piensa en otra mujer mientras me abraza.
Alexander cerró los ojos.
—No sabes lo complicado que es.
—No.
Sonreí.
—Pero pronto lo sabré.
Aquella noche no dormí.
A las 2:18 de la madrugada llegó un mensaje de mi abogado.
“Encontramos algo importante.”
Lo llamé inmediatamente.
—¿Qué encontraron?
Su voz era seria.
—Una transferencia de una de las sociedades de Alexander hacia una cuenta vinculada a Ivy.
—¿Cuánto?
Me dijo la cifra.
Me quedé sin palabras.
No era dinero para una amante.
Era suficiente para comprar varias propiedades.
—¿Y hay más?
—Mucho más.
Silencio.
—Natalie, también encontramos documentos relacionados con una propiedad en España.
—¿A nombre de quién?
Mi abogado tardó unos segundos en responder.
—A nombre de Ivy.
Me senté en el borde de la cama.
Tres años de viajes.
Tres años de excusas.
Tres años diciéndome que estaba construyendo nuestro futuro.
Pero aparentemente había estado construyendo otro.
Entonces escuché la puerta principal abrirse.
Alexander había vuelto.
Pero no estaba solo.
Escuché una voz femenina.
Suave.
Familiar.
Ivy.
Me levanté lentamente.
No salí de la habitación.
Esperé.
Alexander habló en voz baja.
—No deberías haber venido.
Ivy respondió:
—Dijiste que ella ya sabía.
—Sí.
—Entonces no entiendo por qué sigues aquí.
Silencio.
Después Ivy dijo algo que hizo que mis dedos se congelaran sobre el teléfono.
—Alexander, estoy embarazada.
No respiré.
No lloré.
Solo miré la pantalla donde seguía abierto el mensaje de mi abogado.

Y entonces entendí que las cuentas ocultas y las propiedades no eran lo peor.
El verdadero problema acababa de entrar en mi casa.
Y Alexander todavía no sabía que yo había escuchado cada palabra.