PARTE 2: DEMASIADO TARDE

Lin Yan abrió el cuaderno.

La primera página tenía una fecha de siete años atrás.

“Hoy Lin Yan llegó a casa a las dos de la madrugada.

Dijo que estaba agotado.

Le preparé fideos.

Se los comió todos y dijo que estaban deliciosos.

Creo que ser su esposa es algo muy feliz.”

Lin Yan se quedó inmóvil.

Había olvidado aquella noche.

Para él, probablemente había sido un día cualquiera.

Para Shen Lin, había merecido una página entera.

Pasó la hoja.

“Hoy es mi cumpleaños.

Lin Yan lo olvidó.

No pasa nada.

Su empresa acaba de empezar y tiene demasiadas cosas en la cabeza.

Compré una pequeña tarta y pedí un deseo por los dos.”

Otra página.

“Hoy el médico confirmó que estoy embarazada.

Tengo miedo.

Pero también estoy muy feliz.

No sé si será niño o niña.

Espero que tenga los ojos de Lin Yan.”

Los dedos de Lin Yan se tensaron.

Siguió leyendo.

La letra de las páginas siguientes era distinta.

Menos firme.

“Lin Yan dice que ahora no podemos tenerlo.

Tiene razón.

Su empresa acaba de comenzar.

No debo convertirme en una carga para él.”

Más abajo había una sola frase.

“Hoy fui sola al hospital.”

Lin Yan cerró los ojos.

Por primera vez recordó con claridad cómo ella había regresado aquella noche.

Pálida.

Callada.

Incluso le había preguntado:

—¿Quieres cenar?

Y él había respondido desde la puerta:

—No. Tengo una reunión.

Nada más.

Ni siquiera la había abrazado.

—A Yan, ¿qué estás leyendo?

La voz de Gu Li sonó detrás de él.

Lin Yan cerró el diario de golpe.

—Nada.

—Entonces tíralo. Son cosas de tu exesposa.

Gu Li extendió la mano.

Pero Lin Yan apartó el cuaderno antes de que pudiera tocarlo.

El movimiento fue tan rápido que ambos quedaron sorprendidos.

Gu Li frunció el ceño.

—¿Qué te pasa?

—He dicho que no lo toques.

Su tono era frío.

La sonrisa de Gu Li desapareció.

—Lin Yan, ¿estás enfadándote conmigo por Shen Lin?

Él no respondió.

Miró la caja.

Había otros seis diarios.

De repente sintió que aquella pequeña caja pesaba más que cualquier cosa que hubiese sostenido.

Esa noche no durmió.

Leyó uno tras otro.

Y en aquellas páginas descubrió siete años de matrimonio que él nunca había conocido.

Shen Lin había registrado cada detalle.

La primera vez que su empresa obtuvo beneficios.

El día en que él llegó enfermo a casa.

La noche en que ella permaneció despierta hasta el amanecer esperando una llamada.

Cada aniversario olvidado.

Cada cena que se enfrió sobre la mesa.

Cada mentira que ella decidió creer.

Hasta llegar al último diario.

Las entradas se hicieron cada vez más cortas.

“Lin Yan volvió a llegar tarde.”

“Hoy olía a un perfume que no conozco.”

“Encontré un pendiente en su coche.”

“Creo que sé quién es Gu Li.”

Lin Yan dejó de respirar durante un instante.

Pasó a la página siguiente.

“No le pregunté.

Quizá porque ya sé la respuesta.”

Y después:

“Hoy entendí algo.

No tengo miedo de que Lin Yan ame a otra mujer.

Tengo miedo de descubrir que todos estos años solo yo estuve intentando mantener vivo nuestro matrimonio.”

Lin Yan cerró el diario.

La sala estaba completamente silenciosa.

De repente agarró el teléfono.

Marcó el número de Shen Lin.

Apagado.

Abrió WeChat.

Bloqueado.

Correo electrónico.

Sin respuesta.

Buscó a sus antiguas amigas.

Nadie sabía dónde estaba.

Por primera vez, Lin Yan sintió verdadero pánico.

—Director Lin.

Su secretaria contestó adormilada.

—¿Sí?

—Busca el vuelo que tomó Shen Lin hace un mes.

Hubo una pausa.

—¿La señora Shen?

—Ahora.

Media hora después recibió la respuesta.

—Voló a Yunnan.

—¿Dónde está ahora?

—No puedo confirmarlo.

Lin Yan miró el teléfono.

Yunnan.

Entonces recordó algo.

Muchos años atrás, Shen Lin le había enseñado una fotografía de montañas cubiertas de niebla.

Había dicho sonriendo:

—Algún día quiero vivir allí durante una temporada. Tomar fotografías, despertar temprano y no preocuparme por nada.

Él ni siquiera levantó la mirada del ordenador.

—Cuando tenga tiempo, iremos.

Nunca fueron.

A la mañana siguiente, Lin Yan compró un billete de avión.

Gu Li lo descubrió mientras hacía la maleta.

—¿Adónde vas?

—A Yunnan.

Su rostro cambió.

—¿Por trabajo?

Lin Yan guardó silencio.

Gu Li comprendió.

—Vas a buscarla.

—Necesito verla.

—¡Estamos esperando un hijo!

Lin Yan se detuvo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué vas detrás de tu exesposa?

Él no pudo responder.

Porque tampoco entendía completamente qué estaba haciendo.

Solo sabía una cosa.

Necesitaba encontrar a Shen Lin.

Necesitaba preguntarle por qué nunca le había contado cuánto había sufrido.

Necesitaba decirle que había leído los diarios.

Necesitaba…

¿Qué?

¿Pedir perdón?

¿Pedirle que regresara?

Cuando esa idea apareció en su cabeza, Lin Yan sintió un escalofrío.

Por primera vez comprendió algo aterrador.

Durante años había creído que Shen Lin nunca podría vivir sin él.

Pero desde que ella se marchó, era él quien empezaba a descubrir que no sabía cómo vivir en un mundo donde ella ya no lo esperaba.

El avión aterrizó aquella tarde.

Lin Yan salió del aeropuerto y condujo durante horas siguiendo una dirección que había conseguido a través de un antiguo conocido.

Finalmente llegó a una pequeña localidad rodeada de montañas.

Allí encontró una cafetería con grandes ventanales.

En una de las paredes había fotografías expuestas.

Paisajes.

Ancianos sonriendo.

Niños jugando bajo la lluvia.

Y debajo de cada fotografía aparecía el mismo nombre.

Shen Lin.

El corazón de Lin Yan comenzó a latir violentamente.

Empujó la puerta.

Sonó una pequeña campana.

Entonces la vio.

Shen Lin estaba junto a la ventana, revisando fotografías en una cámara.

Llevaba el cabello recogido de manera sencilla.

No llevaba maquillaje.

Y estaba sonriendo.

Una sonrisa que Lin Yan no había visto en muchos años.

Pero no estaba sola.

Un hombre estaba inclinado junto a ella, mirando la pantalla de la cámara.

Dijo algo.

Shen Lin soltó una carcajada.

Natural.

Relajada.

Feliz.

Lin Yan se quedó paralizado.

En ese momento, Shen Lin levantó la cabeza.

Sus miradas se encontraron.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

Lin Yan dio un paso hacia ella.

—Shen Lin.

Ella lo observó unos segundos.

Sin sorpresa.

Sin lágrimas.

Sin emoción.

Después preguntó:

—Señor Lin, ¿qué hace aquí?

Aquellas dos palabras…

Señor Lin.

Le hicieron comprender, finalmente, que la mujer que había pasado diez años amándolo ya no estaba allí.

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