Gabriel permaneció inmóvil frente a la puerta mucho después de que yo desapareciera del pasillo.
No intentó seguirme.
No porque quisiera respetar mi decisión.
Sino porque acababa de descubrir algo que nunca había imaginado.
Yo ya no le tenía miedo.
Bajé las escaleras sosteniéndome del pasamanos.
Cada peldaño hacía que el dolor en el vientre se extendiera un poco más.
La sangre seguía descendiendo por mis piernas.
Los empleados de la familia Gu dejaron de moverse al verme.
La señora Wang, que llevaba más de veinte años trabajando en la casa, dejó caer el cucharón.
—Señora…
Negué con la cabeza.
—Ya no soy la señora Gu.
Nadie se atrevió a responder.
En aquella casa todos sabían quién mandaba.
Y durante años también habían visto cómo Gabriel me castigaba cada vez que Claire fruncía el ceño.
Solo que nadie intervenía.
Porque enfrentarse al heredero de la familia Gu significaba perderlo todo.
Seguí caminando.
Cuando crucé la puerta principal, una voz sonó detrás de mí.
—¡Elena!
No era Gabriel.
Era Claire.
Llevaba un vestido blanco de cachemira y sostenía la mano de Lucas.
Mi hijo sonrió apenas la vio.
—¡Tía Claire!
Corrió hacia ella sin mirar siquiera en mi dirección.
Claire le acomodó el cuello del uniforme con una ternura que cualquier desconocido habría confundido con amor maternal.
Después levantó la vista hacia mí.
Sus labios dibujaron una sonrisa impecable.
—¿Vas a salir con esa ropa?
Miró deliberadamente la mancha de sangre que el abrigo ya no lograba ocultar.
—La gente podría pensar que Gabriel te maltrata.
No respondí.
Ella dio un paso más.
—Elena, una esposa inteligente sabe cuándo debe ceder. Gabriel siempre ha sido responsable. Todo lo que hace es por esta familia.
La observé en silencio.
Por primera vez comprendí que ya no me molestaban sus palabras.
Simplemente me resultaban ridículas.
Claire bajó la voz.
—Si regresas ahora, convenceré a Gabriel para que olvide lo del divorcio.
Sonreí con tranquilidad.
—Qué curioso.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Hablas como si fueras tú quien decidiera sobre mi matrimonio.
Su sonrisa vaciló apenas un segundo.
Era la primera grieta que veía en su máscara.
Lucas tiró de su manga.
—Tía, dile que deje de hacer enojar a papá.
Claire acarició su cabeza.
—Claro.
Luego volvió a mirarme.
—Elena, los niños necesitan un hogar completo.
Respiré profundamente.
—Mi hijo necesita aprender qué significa el respeto.
Lucas abrió mucho los ojos.
Nunca antes le había respondido de aquella manera.
Claire quiso decir algo más.
Pero en ese momento Gabriel apareció en la entrada.
Tenía el rostro completamente pálido.
Su camisa estaba manchada con la sangre que había quedado en sus manos al intentar detenerme.
Miró primero a Claire.
Después a Lucas.
Finalmente a mí.
—Elena… vuelve adentro.
Su voz había perdido toda la firmeza habitual.
Negué despacio.
—No.
—Podemos hablar.
—Durante cinco encierros quise hablar.
Él apretó los labios.
—Cometí errores.
Claire giró la cabeza sorprendida.
Jamás lo había escuchado admitir algo semejante.
—Gabriel…
Él ni siquiera la miró.
Solo avanzó hacia mí.
—No te irás en este estado. Estás sangrando.
—Eso dejó de importarte hace dos años.
Las palabras lo golpearon con más fuerza que un insulto.
Su respiración se volvió irregular.
—No sabía…
—Sí lo sabías.
Saqué lentamente del bolsillo el informe del embarazo.
Lo sostuve unos segundos.
Después lo rompí en dos.
Los pequeños fragmentos blancos cayeron sobre el mármol de la entrada.
Gabriel dio un paso instintivo para recogerlos.
Llegó demasiado tarde.
El viento levantó los pedazos y los dispersó por el jardín.
Su expresión cambió por completo.
Era la primera vez que veía desaparecer algo que realmente deseaba conservar.
En ese instante sonó un teléfono.
Era el de Gabriel.
Claire respondió antes de que él pudiera hacerlo.
—¿Sí?
Su sonrisa desapareció casi al instante.
—¿Qué… qué quiere decir con que el presidente llegó?
Todos levantamos la vista.
Un convoy de vehículos negros acababa de detenerse frente a la residencia.
Las puertas se abrieron al mismo tiempo.
Más de diez personas descendieron con trajes oscuros.
En medio de ellos caminaba un anciano de cabello completamente blanco apoyado en un bastón de madera.
Los empleados comenzaron a inclinar la cabeza apresuradamente.
Incluso Gabriel quedó rígido.
Era el viejo señor Gu.
El verdadero fundador del imperio familiar.
El hombre que llevaba casi un año recuperándose en el extranjero.
Nadie esperaba que regresara ese día.
Su mirada recorrió lentamente el jardín.
Después se detuvo sobre mí.
Sobre mi abrigo manchado de sangre.
Sobre la carpeta de divorcio que aún sostenía en una mano.
Finalmente observó a Gabriel.

Su voz, aunque tranquila, hizo que todo el patio pareciera congelarse.
—Explícame por qué mi nieta política está abandonando esta casa… cubierta de sangre.
Nadie respondió.
Ni siquiera Claire.
Porque todos comprendieron que, por primera vez desde que ella había entrado en la familia Gu, alguien acababa de hacer la única pregunta que Gabriel llevaba años evitando responder.