A la mañana siguiente, Vanessa llevó a Sophie al centro de registro.
Le había arreglado el cabello como el mío.
Le puso mis gafas.
Incluso llevaba mi abrigo.
—No hables demasiado —le ordenó—. Entrega el sobre y sonríe.
Sophie estaba temblando.
Una funcionaria recibió la documentación.
Escaneó el código.
Miró la pantalla.
Después miró a Sophie.
—Señorita Lin, necesito verificar algunos datos.
Vanessa intervino.
—Está nerviosa.
—La candidata debe responder sola.
La funcionaria hizo varias comprobaciones.
No coincidían.
La puerta se cerró.
La sonrisa de Vanessa desapareció.
—¿Hay algún problema?
—Permanezcan aquí.
En otro lugar, yo había dejado de contar las horas.
El conductor me había trasladado a un edificio aislado, pero cometió un error.
Creyó que yo era mercancía sin nombre.
No sabía que, mientras Vanessa intentaba utilizar mi identidad, mi ausencia acababa de quedar oficialmente registrada.
La revisión comenzó por lo evidente.
Sophie no tenía mi historial académico.
Sus datos no coincidían con el expediente protegido.
Y cuando preguntaron dónde estaba la verdadera candidata, Vanessa cambió tres veces de versión.
Primero dijo que estaba enferma.
Después que viajaba.
Finalmente afirmó que yo había renunciado.
Entonces Sophie empezó a llorar.
—Mi mamá dijo que mi tía ya no volvería.
Vanessa se quedó blanca.
Aquella frase cambió todo.
Horas después, el conductor recibió una llamada.
—Tenemos un problema —dijo Vanessa.
Él se apartó para contestar.
No escuché cada palabra.
Solo una.
“Investigación”.
Cuando regresó, ya no sonreía.
Me agarró del brazo.
—¿Quién eres realmente?
—Te lo dije.
—Cállate.
Por primera vez, era él quien tenía miedo.
Aquella tarde fui localizada durante la investigación y puesta a salvo.
No hubo rescate espectacular.
Solo una cadena de errores, registros y personas haciendo su trabajo hasta que la historia de Vanessa comenzó a derrumbarse.
Cuando finalmente vi a mi hermano, Daniel estaba sentado frente a los investigadores.
No podía mirarme.
—Lo siento.
—Me viste salir.
Empezó a llorar.
—Vanessa dijo que solo te mandarían a trabajar fuera durante unos meses.
—Me vendieron por quinientos mil.
No respondió.
Entonces uno de los investigadores dejó una carpeta sobre la mesa.
—Señorita Lin, hay algo que necesitamos aclarar.
Pensé que hablaría de Vanessa.
Me equivoqué.
—El hombre que conducía el vehículo no apareció por casualidad.
Abrió una fotografía.
—Alguien llevaba semanas siguiendo sus movimientos y sabía exactamente cuándo recibiría usted la admisión.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Vanessa?
—Ella organizó parte del plan.
El investigador señaló otra imagen.
Era Daniel reuniéndose con el conductor varios días antes.
Mi hermano levantó la cabeza, aterrorizado.
—No es lo que parece.

Lo miré fijamente.
Vanessa había sido quien me drogó.
Pero quizá no había sido quien decidió venderme.
Y de pronto entendí por qué Daniel nunca levantó la mirada aquella noche.