PARTE 2: LA CASA QUE MI HIJO YA HABÍA GASTADO

No entré en la cocina.

Regresé al balcón, cerré la puerta de cristal y saqué el teléfono.

Llamé a la señora Zhou, mi vecina.

—¿Llegaron los documentos?

—Ayer. ¿Estás segura de esto?

Miré la libreta de horarios que Clara había preparado para mí.

—Ahora más que nunca.

Mi hijo había cometido un error.

Creía que seguía siendo propietaria de la vieja casa.

No lo era.

Antes de subir al tren había firmado un acuerdo para transferirla a una fundación comunitaria que convertiría parte del inmueble en un pequeño centro para personas mayores del pueblo.

Yo conservaría el derecho de uso mientras viviera.

Pero Hugo no podría venderla.

Ni hipotecarla.

Ni heredarla como imaginaba.

A la mañana siguiente dejé la libreta sobre la mesa.

—Clara, voy a regresar a casa.

Su cuchara quedó suspendida.

—¿Qué?

Hugo salió inmediatamente del dormitorio.

—Mamá, acabas de llegar.

—Precisamente.

Clara intentó sonreír.

—¿Y quién cuidará a mi madre?

La miré.

—Su hija.

La sonrisa desapareció.

Hugo me llevó aparte.

—Mamá, no seas egoísta.

Aquella palabra terminó con cualquier duda que todavía pudiera quedarme.

—¿Egoísta por no trabajar gratis veinticuatro horas?

—Somos familia.

—Entonces contraten una cuidadora como familia.

Hugo perdió la paciencia.

—¿Y qué harás sola en ese pueblo? Al menos vende la casa primero. Podemos comprar un apartamento más grande y darte una habitación de verdad.

Así que finalmente lo dijo.

Saqué una copia de los documentos.

—No puedo venderla.

Leyó la primera página.

Su rostro cambió.

—¿Qué hiciste?

—Decidí qué hacer con mi propiedad.

Clara le arrancó los papeles.

—¿La entregaste?

—Organicé mi futuro.

—¡Pero Hugo es tu único hijo!

—Y yo sigo viva.

Nadie habló.

Preparé mi maleta.

Antes de marcharme me acerqué a la madre de Clara.

Ella me sujetó débilmente la mano.

Tenía lágrimas en los ojos.

No estaba enfadada con ella.

También la habían convertido en una obligación que querían entregar a otra mujer.

Esa tarde tomé el tren de regreso.

Pensé que todo había terminado.

Tres días después llamó mi abogado.

—Señora Lin, tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

—Su hijo estuvo preguntando cómo impugnar la transferencia.

Suspiré.

—Era de esperar.

—Eso no es lo preocupante.

Escuché pasar unas hojas.

—Presentó una copia de un supuesto acuerdo anterior donde usted prometía vender la casa y entregarle parte del dinero.

Me incorporé.

—Nunca firmé eso.

—Lo imaginaba.

Hubo una pausa.

—Pero el documento lleva una firma muy parecida a la suya.

Miré mi antigua casa, tranquila bajo el sol de la tarde.

Entonces recordé las semanas anteriores a mi viaje.

Hugo había insistido varias veces en que firmara “papeles médicos” para organizar mi mudanza.

Y comprendí que mi hijo no había empezado a hacer planes con mi casa después de llevarme a la ciudad.

Los había empezado mucho antes de invitarme.

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