Tres meses después, Gabriel finalmente descubrió la verdad.
La señora Marta renunció.
Antes de marcharse, dejó sobre su escritorio una copia del informe del hospital.
Embarazo de siete semanas.
Pérdida del embarazo tras una caída.
Gabriel leyó aquellas líneas una y otra vez.
—¿Clara estaba embarazada?
Marta lo miró con desprecio.
—Usted empujó por las escaleras a su esposa y después llevó a otra mujer al hospital.
Gabriel palideció.
—¿Por qué nadie me lo dijo?
—Ella intentó decírselo.
Marta abrió la puerta.
—Usted decidió que no importaba.
Aquella misma semana comenzó el verdadero derrumbe.
Las autoridades iniciaron una investigación sobre el Grupo Fuentes.
Contratos sospechosos, irregularidades fiscales y antiguos documentos relacionados con el accidente de Laura aparecieron simultáneamente.
Entonces surgió la verdad más cruel.
Laura nunca había salvado a Gabriel.
Había manipulado parte de la historia para mantenerlo atado a una deuda emocional durante años.
Gabriel perdió a Laura.
Su empresa empezó a desmoronarse.
Pero nada de aquello le importó tanto como encontrarme.
Contrató investigadores.
Buscó en hospitales, aeropuertos y estaciones.
No encontró a Clara Salas.
Porque Clara ya no existía.
Dos años después, entró en una exposición internacional de joyería en Madrid.
Y se quedó inmóvil.
Yo estaba al otro lado del salón.
Cabello más corto.
Vestido negro.
Sonriendo mientras colocaba una pieza de mi propia colección sobre una vitrina.
El cartel detrás de mí decía:
ELENA VEGA — DISEÑADORA
Gabriel susurró:
—Clara…
Lo miré.
Por primera vez, sus ojos estaban llenos del miedo que yo había sentido durante nuestro matrimonio.
Caminó hacia mí.

—Te encontré.
Negué lentamente.
—No.
Miré el anillo de mi nueva colección entre mis dedos.
—Encontraste a la mujer en la que me convertí después de sobrevivirte.
Y seguí caminando.
Esta vez fue Gabriel quien se quedó atrás.