PARTE 2: EL CUARTO NOMBRE

—Habla —ordené.

Bishop respiró hondo.

—Preston Caldwell no debería estar en esa universidad.

—Explícate.

—Su expediente académico fue fabricado. También su identidad.

Sentí que algo se endurecía dentro de mí.

—¿Quién es?

Escuché más teclas.

—Estoy enviándote una fotografía.

Mi teléfono vibró.

Abrí la imagen.

Preston aparecía saliendo de un vehículo negro junto al senador Thomas Caldwell.

Pero amplié la fotografía.

En la muñeca del muchacho había un tatuaje.

Un águila atravesada por una espada.

Dejé de respirar.

Conocía aquel símbolo.

—Bishop.

—Sí.

—Eso pertenece a Vanguard.

—Pertenecía.

Diecinueve años atrás, después de mi retiro, alguien había eliminado oficialmente la unidad.

O eso me dijeron.

—Busca las cámaras privadas —dije—. Tráfico, comercios, vehículos. Todo lo que no controle la universidad.

Cuarenta minutos después recibimos el primer video.

Una cámara de una gasolinera había grabado a los cuatro jóvenes entrando al campus.

Nora aparecía detrás.

Pero no era casualidad.

La estaban siguiendo.

Un segundo video mostró algo peor.

Preston llevaba una carpeta con una fotografía mía.

—No atacaron a Nora por diversión —murmuré.

—No.

La voz de Bishop se volvió fría.

—La estaban buscando.

Entonces llegaron los datos financieros.

La familia Kensington había pagado al director de seguridad del campus.

Los Sterling habían financiado una organización vinculada al fiscal local.

Los Holbrook tenían contratos con la empresa responsable del sistema de cámaras.

Y pocas horas después del ataque, una fundación Caldwell transfirió cien mil dólares a una cuenta vinculada al detective que acababa de hablar conmigo.

No era protección improvisada.

Era una operación.

Volví a la habitación de Nora.

Estaba despierta.

Le mostré la fotografía de Preston.

Sus ojos se llenaron inmediatamente de miedo.

—¿Lo conocías?

Negó.

Después señaló su mochila.

Dentro encontré su teléfono roto.

Había un borrador sin enviar.

“Papá, encontré algo sobre mamá.”

Mi esposa, Rebecca, había muerto cuando Nora tenía cuatro años.

Oficialmente, un accidente automovilístico.

Sentí frío.

—¿Qué encontraste, cariño?

Nora escribió lentamente en una libreta.

“Archivos.”

Después:

“Mamá trabajaba para Vanguard.”

El mundo pareció detenerse.

Rebecca siempre me había dicho que trabajaba como analista civil para Defensa.

Bishop recibió el nombre y comenzó a buscar.

Cinco minutos después dejó de hablar.

—Comandante…

—¿Qué?

—Rebecca Miller nunca existió.

Me apoyé contra la pared.

—Cuidado con lo que dices.

—Su identidad fue creada por inteligencia militar.

Apareció un expediente parcialmente eliminado.

Nombre verdadero:

Rebecca Caldwell.

Miré hacia Nora.

Caldwell.

El mismo apellido de Preston.

Bishop continuó.

—Rebecca era hermana menor del senador Thomas Caldwell.

Eso convertía a Preston en primo de Nora.

—¿Por qué atacaría a su propia prima?

—Porque encontró algo que la familia lleva diecinueve años intentando mantener enterrado.

Recuperamos parte de los archivos eliminados del teléfono de Nora.

Había fotografías de documentos secretos.

Transferencias.

Órdenes operativas.

Y un informe fechado tres días antes de la supuesta muerte de Rebecca.

En él, mi esposa advertía que alguien estaba utilizando Vanguard para ejecutar operaciones privadas y enriquecer a contratistas de defensa.

Al final había una lista de nombres.

Kensington.

Sterling.

Holbrook.

Caldwell.

Las cuatro familias.

Nora había descubierto que los hijos de aquellos hombres no la atacaron por casualidad.

Intentaban recuperar el teléfono.

Entonces Bishop encontró el último archivo.

Era un video de seguridad eliminado del campus.

Nora estaba rodeada por los cuatro jóvenes.

Preston le exigía el teléfono.

Ella se negó.

Chad golpeó primero.

Tuve que apartar la mirada.

Pero antes de que la grabación terminara apareció un quinto hombre.

Mayor.

Traje oscuro.

Cabello gris.

Los cuatro muchachos se apartaron inmediatamente.

Bishop dejó escapar una maldición.

Yo no pude hablar.

Conocía aquel rostro.

El general Marcus Kane.

Mi antiguo segundo al mando.

El hombre que oficialmente había muerto durante nuestra última misión.

Kane se inclinó hacia Nora mientras ella yacía en el suelo.

—Dile a tu padre que debería haber permanecido muerto.

Luego miró directamente hacia la cámara.

Como si supiera que algún día yo encontraría la grabación.

Sonrió.

Y pronunció las palabras que convirtieron el ataque contra mi hija en algo mucho más grande.

—Bienvenido de nuevo, Comandante Fantasma.

Mi teléfono vibró.

Mensaje de Bishop:

“Tenemos un problema.”

Debajo apareció una fotografía tomada en tiempo real.

Kane acababa de entrar al hospital.

Y llevaba una tarjeta de acceso a la planta de Nora.

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