PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERARTE

A la mañana siguiente, Adrian estaba sentado en el sofá cuando bajé.

Tenía los brazos cruzados.

—¿Por qué no respondiste anoche?

Dejé el casco blanco sobre la mesa.

Sus ojos se clavaron en él.

—¿De quién es eso?

—Mío.

—¿Compraste una moto?

—Sí.

Adrian frunció el ceño.

—¿Para qué necesitas una moto? Yo puedo recogerte.

Lo miré durante unos segundos.

—Ayer fue la novena vez que dijiste eso y no apareciste.

Su expresión cambió.

—Sienna, Maya necesitaba ayuda.

—Lo sé.

—Vive sola.

—También lo sé.

—Entonces, ¿por qué haces esto como si hubiera cometido algo terrible?

Sonreí ligeramente.

—No estoy haciendo nada contra ti. Estoy solucionando mi problema.

Tomé el casco.

—Antes mi problema era que tú no llegabas.

Abrí la puerta.

—Ahora ya no necesito que llegues.

Por primera vez, Adrian no tuvo respuesta.


Durante las semanas siguientes, mi vida cambió de una manera sorprendentemente sencilla.

Ya no preguntaba:

“¿Vienes por mí?”

Ya no miraba por la ventana de la oficina buscando su coche.

Ya no reorganizaba mis horarios alrededor de los suyos.

Cuando terminaba de trabajar, me ponía el casco y regresaba sola.

Y cuanto menos dependía de Adrian, más parecía molestarle.

Una tarde lo encontré esperándome frente a la oficina.

Estaba apoyado contra su coche.

—Vamos. Te llevo.

Levanté las llaves de mi moto.

—Ya tengo transporte.

—Está lloviendo.

—Tengo impermeable.

—Es peligroso.

Me quedé mirándolo.

—Durante meses no parecía peligroso cuando me mandabas sola a casa.

Adrian apretó la mandíbula.

Entonces su teléfono sonó.

Maya.

Ambos vimos el nombre.

No contestó.

—¿Ves? —dijo—. Puedo poner límites.

Negué con la cabeza.

—No quiero que pongas límites porque tienes miedo de perderme.

Me coloqué el casco.

—Quería que los pusieras cuando todavía confiaba en ti.

Arranqué la moto.

Y lo dejé allí.

Esperando.

Por primera vez, los papeles se habían invertido.


Dos meses después, mi empresa me ofreció dirigir un nuevo proyecto en otra ciudad.

Antes habría rechazado la propuesta inmediatamente.

Adrian estaba aquí.

Nuestra casa estaba aquí.

Nuestra relación estaba aquí.

Esta vez firmé.

Aquella noche dejé el contrato sobre la mesa.

Adrian lo encontró.

—¿Qué significa esto?

—Me voy.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos años.

Su rostro perdió color.

—¿Y nosotros?

Lo miré.

La pregunta llegó demasiado tarde.

—No existe un “nosotros” que pueda sobrevivir solamente cuando yo soy quien espera.

Adrian se acercó.

—Puedo cambiar.

—Tal vez.

—Entonces dame la oportunidad.

Negué suavemente.

—Ya te di nueve.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Todo esto empezó por aquella noche?

—No.

Tomé mis llaves.

—Aquella noche simplemente entendí que llevaba demasiado tiempo esperando que volvieras a elegirme.

Adrian bajó la mirada hacia el pequeño llavero de la moto.

—¿Y ahora?

Sonreí.

—Ahora me elijo yo.


El día que me marché, conduje mi moto hasta la estación donde la empresa de transporte recogería mis cosas.

Adrian apareció justo antes de que me fuera.

No intentó detenerme.

Solo miró la moto blanca.

—¿Todavía no instalaste el asiento trasero?

Negué.

—No.

—¿Nunca pensaste hacerlo?

Miré aquel pequeño espacio vacío detrás de mí.

Después me puse el casco.

—Algún día, quizá.

Adrian levantó los ojos.

—¿Para quién?

Encendí el motor.

—Para alguien que también sepa llegar cuando promete hacerlo.

Y me fui.

Esta vez no había lluvia.

No había teléfono vibrando.

No había nadie diciendo que esperara un poco más.

Solo había una carretera delante de mí.

Y comprendí que comprar aquella moto nunca había sido realmente sobre aprender a conducir.

Había sido sobre aprender algo mucho más importante:

que cuando alguien te deja esperando demasiadas veces, llega un día en que ya no necesitas que regrese.

Solo necesitas aprender a marcharte tú.

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