PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERARLOS

Dos días después, estaba en el aeropuerto.

Mi padre había organizado todo más rápido de lo que imaginaba: matrícula, alojamiento, documentos y un vuelo hacia la universidad extranjera que meses atrás yo había descartado por seguir a Daniel y Camila.

Antes de embarcar, abrí por última vez el grupo “Trío invencible”.

Había más de treinta mensajes.

Camila:
“¿Dónde estás? Tenemos que hacer el registro juntas.”

Daniel:
“Deja de hacerte la difícil.”

Camila:
“Te guardamos sitio en la residencia.”

Daniel:
“Estrella, contesta. Esto ya no tiene gracia.”

Sonreí.

Ahora sí recordaban guardarme un lugar.

Justo cuando ya no lo necesitaba.

Escribí un único mensaje:

“No iré a la Universidad A. Me voy al extranjero. Que les vaya bien.”

Después abandoné el grupo.

Apagué el teléfono.

Y subí al avión.


No supe lo que ocurrió hasta varias horas después.

Daniel leyó mi mensaje tres veces.

Luego llamó inmediatamente a mi padre.

—Tío, ¿Estrella realmente se fue?

Mi padre respondió:

—Sí.

—¿Por qué no nos dijo nada?

Hubo un breve silencio.

—¿Ustedes le avisaron cuando la dejaron sola en la estación?

Daniel no respondió.

Camila intentó reírse.

—Seguro está molesta. Cuando se calme volverá.

Pero no volví.

Y por primera vez, ellos tuvieron que acostumbrarse a una vida sin la persona que siempre resolvía lo que olvidaban.

Yo era quien compartía apuntes.

Quien reservaba boletos.

Quien recordaba fechas.

Quien arreglaba sus discusiones.

Quien siempre regresaba.

Esta vez no regresé.


Tres meses después, recibí una solicitud de amistad de Daniel.

La ignoré.

Después llegó un correo.

“Estrella, Camila y yo ya casi no hablamos. Todo cambió desde que te fuiste.”

Lo leí una sola vez.

No sentí satisfacción.

Tampoco tristeza.

Simplemente entendí algo:

Yo nunca había sido la tercera pieza que mantenía unido aquel “trío invencible”.

Había sido la persona que cargaba con una amistad que ellos daban por garantizada.

Cerré el correo y regresé a mi clase.

En mi escritorio había un cuaderno de dibujo abierto.

Había retomado arte.

El sueño que abandoné para seguirlos.

Aquella tarde salí del campus con nuevos compañeros. Alguien me preguntó si quería acompañarlos a cenar.

—Claro.

Caminé con ellos sin mirar constantemente hacia atrás.

Sin preguntarme si alguien me había olvidado.

Sin luchar por ocupar un lugar.

Meses después, Daniel volvió a escribir:

“¿Podemos empezar de nuevo?”

Esta vez respondí.

“No.”

Solo eso.

Dieciocho años antes había conocido a dos niños que se convirtieron en una parte enorme de mi vida.

Pero crecer también significaba entender que una historia larga no necesariamente merece otro capítulo.

El día que Daniel y Camila me dejaron sola en aquella estación pensé que había perdido a mis dos mejores amigos.

Con el tiempo comprendí que había ocurrido exactamente lo contrario.

Ese fue el día en que dejé de esperarlos.

Y finalmente elegí mi propio destino.

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