No respondí.
Durante los días siguientes, Daniel empezó a descubrir todas las cosas que yo hacía sin que él las notara.
Olvidó sus medicamentos.
Llegó tarde a dos reuniones porque nadie lo despertó.
Su ropa quedó en la lavandería.
La nevera permaneció vacía.
Y cuando salió con sus amigos hasta las dos de la madrugada, su teléfono no recibió una sola llamada mía.
Eso fue lo que más le molestó.
—¿No quieres saber dónde estuve?
—No.
—¿Con quién?
—Tampoco.
Daniel me observó como si estuviera hablando con una desconocida.
Tres días después, Teresa volvió a enfermarse.
Daniel corrió otra vez hacia ella.
Antes de salir se quedó junto a la puerta esperando.
Esperando que discutiera.
Que preguntara.
Que le prohibiera marcharse.
Yo seguí preparando mi documentación para el traslado.
—¿Eso es todo? —preguntó finalmente.
Levanté la mirada.
—¿Qué más quieres?
No supo responder.
Aquella noche volvió temprano.
Por primera vez en meses.
Yo ya estaba dormida.
A la mañana siguiente encontró sobre la mesa mi solicitud de traslado aprobada.
Singapur.
Dos años.
Daniel palideció.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Y nuestro hijo?
Guardé silencio.
Entonces comprendió que algo estaba mal.
—Luna.
Se acercó.
—¿Qué pasó?
Saqué del bolso el informe del hospital.
Lo leyó.
Una vez.
Después otra.
Sus manos empezaron a temblar.
—¿Cuándo ocurrió?
—Nuestro aniversario.
Daniel levantó lentamente la mirada.
—¿Por qué no me llamaste?
Casi no reconocí mi propia risa.
—Te llamé.
Le mostré el mensaje.
“Me caí en la empresa. ¿Puedes venir a recogerme?”
Y debajo estaba su respuesta.
“Tengo una cena esta noche.”
Daniel se sentó.
—Yo no sabía…
—Porque nunca preguntaste.
—Luna, si hubiera sabido que estabas embarazada…
—Ese es precisamente el problema.
Lo miré.
—Para tratarme como tu esposa no deberías haber necesitado saberlo.
No discutió.
Esa tarde me dijo que había terminado toda relación con Teresa.
Pero ya no importaba.
Una semana después, mientras preparábamos la separación, ocurrió algo inesperado.
Uno de sus amigos me llamó.
Era Marcos, el hombre que había publicado aquella fotografía.
—Necesito enseñarte algo.
Me envió capturas del grupo de amigos.
Durante meses Teresa había escrito cosas sobre mí.
“Si Luna llama, no contestes.”
“Daniel necesita aprender a respirar sin pedirle permiso.”
Pero había un mensaje diferente.
Fechado el día de mi operación.
Teresa había visto mi mensaje aparecer en el teléfono de Daniel.
Y había escrito:
“No vayas. Seguro está exagerando para arruinar otra noche.”
Daniel respondió:
“Probablemente.”
Sentí que aquella única palabra terminaba lo poco que quedaba.
Pero Marcos envió una última captura.
Era de varios meses antes.
Teresa preguntaba:
“¿Luna todavía cree que está embarazada?”
Me quedé inmóvil.
Yo todavía no sabía de mi embarazo en aquella fecha.
Solo había una persona que conocía mis análisis y las primeras sospechas de mi médica.
Daniel.
Cuando lo confronté, él palideció.
—Yo nunca se lo dije.

Entonces ambos comprendimos lo mismo.
Teresa sabía algo sobre mi embarazo antes incluso que nosotros.
Y de repente aquella noche en el hospital dejó de parecer una simple coincidencia.