PARTE 2: CINCO AÑOS PERDIDOS

Gabriel permaneció mirando a Mateo durante tanto tiempo que tuve que apartar los ojos.

—¿Lo sabías cuando nos divorciamos?

Asentí.

Su mandíbula se tensó.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque aquel día tú me dijiste que querías una vida donde yo ya no estuviera.

—Dije que nuestro matrimonio había terminado. Nunca dije que abandonaría a un hijo.

Aquello dolió porque era verdad.

Antes de que pudiera responder, Mateo se movió entre las sábanas.

—Mamá…

Gabriel reaccionó antes que yo.

Le acomodó cuidadosamente la manta y comprobó su temperatura.

Treinta y siete ocho.

El alivio en su rostro fue tan evidente que comprendí algo incómodo:

Gabriel ya estaba preocupado por aquel niño que acababa de conocer.

A la mañana siguiente nos dieron el alta.

Yo esperaba que Gabriel regresara a su trabajo.

En cambio, apareció con medicamentos, instrucciones impresas y el Ultraman de Mateo reparado con cinta médica.

Mateo abrió los ojos sorprendido.

—¡Lo arreglaste!

—Temporalmente —respondió Gabriel—. Necesita cirugía especializada.

Mateo soltó una carcajada.

Yo casi había olvidado que Gabriel sabía hacer bromas.

Durante los días siguientes comenzó a llamar.

Nunca preguntaba por mí.

—¿Cómo está Mateo?

Después empezó a aparecer.

Primero para revisarlo.

Luego con un Ultraman nuevo.

Después simplemente porque Mateo había preguntado cuándo volvería “el doctor serio”.

Finalmente llegó la conversación que llevábamos evitando.

—Quiero una prueba de paternidad —dijo Gabriel.

—Está bien.

No me ofendió.

Tenía derecho a una certeza que yo le había negado durante cinco años.

El resultado llegó una semana después.

Probabilidad de paternidad: 99,99 %.

Gabriel leyó el documento sentado frente a mí.

No habló durante varios minutos.

Después preguntó:

—¿Cuándo cumple seis?

—En noviembre.

Bajó la mirada.

—Me perdí cinco cumpleaños.

No supe qué decir.

—Su primera palabra.

Silencio.

—Sus primeros pasos.

Sus dedos apretaron el informe.

—La primera vez que enfermó. Su primer día de escuela…

Finalmente levantó los ojos.

—Laura, no voy a quitarte a Mateo.

Aquello era precisamente lo que más miedo me daba.

—Pero tampoco voy a desaparecer porque tú decidiste hace cinco años que era más sencillo enterrarme.

No discutí.

Porque aquella noche comprendí que yo también había cometido una injusticia.

Nuestro matrimonio podía haber terminado.

Su paternidad no debía haber terminado antes siquiera de comenzar.

Meses después establecimos legalmente la paternidad y un régimen gradual para que Mateo pudiera conocerlo sin destruir la vida que ya tenía.

Gabriel nunca me pidió volver con él.

Yo tampoco se lo ofrecí.

Primero teníamos que aprender algo mucho más difícil que enamorarnos otra vez:

ser padres juntos.

Una tarde encontré a Mateo dormido en el sofá de Gabriel, abrazando su Ultraman.

Gabriel estaba sentado en el suelo junto a él.

—Papá —murmuró Mateo medio dormido—, mañana también vienes, ¿verdad?

Gabriel se quedó completamente inmóvil.

Era la primera vez que lo llamaba así.

Después tomó su pequeña mano.

—Sí.

Su voz se quebró.

—Mañana también.

Lo observé desde la puerta.

Cinco años atrás había decidido que Gabriel estaba muerto dentro de nuestra historia.

Me había equivocado.

No había regresado para recuperar nuestro matrimonio.

Había regresado para ocupar el lugar que nunca supo que existía.

El de padre.

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