—Cuatro millones y medio —respondí—. Pero hay que demostrar que el capital está disponible mañana.
Arturo guardó silencio.
Exactamente la cantidad que acababa de conseguir engañando a mi padre.
—Puedo conseguirlo —dijo finalmente.
—Perfecto. Mañana hablamos con mi abogada.
Aquella palabra lo inquietó.
—¿Abogada?
—Una operación así necesita contratos.
Su codicia pudo más que su miedo.
A la mañana siguiente apareció con los comprobantes del dinero. Mi abogada, Mariana, ya había contactado al banco y documentado el engaño sufrido por mi padre.
No existía ningún proyecto secreto.
La reunión solo sirvió para conseguir la pieza que nos faltaba: Arturo explicó delante de nosotros de dónde había salido el dinero.
Mintió.
Dijo que don Ernesto se lo había prestado voluntariamente.
Entonces abrí la puerta.
Mi padre entró.
Arturo quedó blanco.
—¿Qué hace él aquí?
—Vino a escuchar cómo explicas los cuatro millones y medio que le pediste para sacarme de una prisión alemana que jamás existió.
Arturo retrocedió.
—Daniela, puedo explicarlo.
—Hazlo ante las autoridades.
Mariana colocó sobre la mesa las pruebas: mensajes, documentos del crédito, el poder firmado y registros de las llamadas.
Arturo intentó culpar a sus deudas.
Después dijo que pensaba devolverlo.
Finalmente me pidió que no destruyera nuestro matrimonio.
—Tú lo destruiste cuando utilizaste el miedo de mi padre para quitarle lo único que tenía.
El banco pudo detener parte de las operaciones pendientes y comenzó el procedimiento correspondiente sobre las garantías obtenidas mediante el engaño. El resto se convirtió en una disputa legal que Arturo ya no podía esconder.
Ofelia todavía tuvo el descaro de llamarme.
—¡Estás arruinando a mi hijo!
Recordé a mi padre de rodillas limpiando mi piso mientras ella bebía vino.
—No, Ofelia. Solo dejé de protegerlo de las consecuencias.
También inicié el divorcio.
Meses después, mi padre recuperó la tranquilidad sobre su casa y sus terrenos mediante los procedimientos que correspondieron, mientras Arturo tuvo que responder por lo que había hecho.
El día que acompañé a papá de regreso a Michoacán, se detuvo frente al terreno donde descansaba mi madre.
—Perdóname por haberles creído.
Lo abracé.
—Tú no tienes nada que pedir perdón.
Arturo pensó que aquellos cuatro millones y medio eran dinero fácil.
Nunca entendió que había tocado algo mucho más valioso que una cuenta bancaria.

Había utilizado el amor de un padre por su hija.
Y cuando regresé veintiséis días antes de tiempo, no encontré solamente una traición.
Encontré la razón definitiva para sacar a Arturo de nuestras vidas.