PARTE 2: CUANDO VOLVIÓ, YA ÉRAMOS DOS LOS QUE NOS ÍBAMOS

Laura llegó a mi casa a las ocho de la mañana.

Leyó los documentos mientras yo permanecía frente a la ventana.

—¿Nathan sabe del embarazo?

—No.

—¿Quieres decírselo?

Miré la prueba positiva.

—No antes de que el divorcio esté encaminado.

No pretendía esconderle para siempre que iba a ser padre.

Pero tampoco iba a utilizar a mi hijo para convencer a un hombre de quedarse.

Esa misma tarde preparé una maleta.

No toqué las joyas que Nathan me había regalado.

No retiré dinero de nuestras cuentas conjuntas.

Solo guardé mis documentos, ropa, algunos libros y una vieja caja que conservaba desde antes del matrimonio.

Dentro estaban los recibos de aquellos seis meses en que pagué sus gastos cuando su padre le retiró el apoyo.

También estaba el comprobante de la venta de mis joyas.

El dinero con el que Nathan había levantado su primera empresa.

Durante años nunca había pensado cobrárselo.

Ahora tampoco quería hacerlo.

Solo necesitaba recordar que yo había sobrevivido antes de ser señora Cole.

Podía hacerlo otra vez.


Nathan regresó cuatro días después.

No vino solo.

Evelyn estaba con él.

Escuché sus voces desde el estudio.

—Isabella —llamó Nathan—. Baja. Tenemos que hablar.

Cuando aparecí, Evelyn estaba sentada en mi sofá.

Llevaba una camisa blanca de Nathan.

La reconocí inmediatamente.

Él permanecía detrás de ella como si aquella imagen fuera perfectamente normal.

—Evelyn se quedará aquí temporalmente —dijo.

Casi me reí.

—No.

Nathan frunció el ceño.

—Te dije que no quiero problemas.

—Y no los tendrás.

Saqué una carpeta.

La puse sobre la mesa.

—Porque me voy.

Nathan la abrió.

Su rostro cambió.

—¿Divorcio?

—Sí.

—¿Por esto?

Señaló a Evelyn.

—Isabella, deja de comportarte como una niña. Te dije claramente que tu posición no cambiaría.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Qué problema?

Lo miré.

—Que creas que ser tu esposa es una posición.

Evelyn intervino suavemente:

—Quizá deberíamos darle tiempo.

Nathan cerró la carpeta.

—No te metas.

Entonces me miró.

—¿Cuánto quieres?

Me quedé inmóvil.

—¿Perdón?

—Todo esto es por dinero, ¿verdad?

Ahí desapareció la última duda que me quedaba.

Fui al estudio y regresé con la vieja caja.

La abrí frente a él.

—¿Reconoces esto?

Nathan tomó uno de los recibos.

Después otro.

Su expresión cambió lentamente.

—Cuando tenías diecinueve años, pagué tus gastos durante seis meses.

Saqué el comprobante siguiente.

—Cuando tu primera empresa quebró, vendí las joyas que mi madre me había dejado.

Evelyn miró a Nathan.

Él no dijo nada.

—Nunca te lo recordé porque te amaba. Pero ya que estás tan convencido de que me acerqué a ti por dinero, pensé que quizá necesitabas recuperar la memoria.

Empujé hacia él el acuerdo.

—No quiero tus empresas. No quiero esta casa. Quiero lo que legalmente me corresponda y nada más.

Nathan palideció.

Por primera vez, parecía no saber qué decir.

Entonces vio otro documento dentro de la carpeta.

El informe médico.

Lo sacó.

Leyó mi nombre.

La fecha.

Después la palabra:

Embarazo.

Su cabeza se levantó de golpe.

—¿Qué es esto?

No respondí.

—Isabella.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—¿Estás embarazada?

—Sí.

Evelyn se puso rígida.

—¿De cuánto?

—Casi ocho semanas.

Nathan calculó mentalmente.

—Es mío.

—Sí.

El papel se arrugó entre sus dedos.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Solté una risa breve.

—Lo intenté.

Entonces lo recordó.

Aquella madrugada.

Mi abrazo.

“Tengo una buena noticia.”

Su rostro perdió completamente el color.

—Eso era…

—Nuestro hijo.

Nathan dio un paso hacia mí.

—Isabella, espera.

Retrocedí.

—No.

—No puedes marcharte ahora.

—¿Por qué?

—¡Porque estás embarazada!

—Hace cuatro días también lo estaba.

La frase lo dejó inmóvil.

—La única diferencia es que entonces tú no lo sabías.

Evelyn se levantó.

—Nathan, quizá deberíais hablar solos.

Él ni siquiera la miró.

Por primera vez desde que había regresado, toda su atención estaba sobre mí.

Qué irónico.

Había necesitado perderme para verme.


Nathan no volvió con Evelyn aquella noche.

Pero tampoco volvió conmigo.

Yo ya había alquilado un apartamento cerca de mi trabajo.

Durante las semanas siguientes llamó constantemente.

Flores.

Mensajes.

Visitas.

Incluso apareció una tarde con la vieja caja entre las manos.

—Investigué todo —dijo—. Cada recibo. Cada transferencia.

Lo miré desde la puerta.

—¿Y?

—Tenías razón.

—Ya lo sabía.

Bajó la cabeza.

—Construí una versión de nuestra historia que me permitía no sentirme culpable.

Aquello, al menos, era verdad.

—Pensar que tú querías mi dinero hacía más fácil justificar que yo nunca te diera mi corazón.

No respondí.

—Terminé con Evelyn.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo.

Sus ojos se enrojecieron.

—¿No queda ninguna posibilidad?

Puse una mano sobre mi vientre.

—Queda la posibilidad de que seas un buen padre.

Nathan entendió.

—Pero no tu marido.

—No.


Nuestra hija nació siete meses después.

La llamé Sophie.

Nathan estuvo en el hospital porque yo decidí que tenía derecho a conocer a su hija.

Cuando la enfermera la colocó en sus brazos, lloró.

Nunca lo había visto llorar sobrio.

—Hola —susurró—. Soy papá.

Después me miró.

Había arrepentimiento en sus ojos.

Pero yo ya había aprendido que arrepentirse de perder algo no es lo mismo que haber sabido cuidarlo cuando lo tenías.

El divorcio quedó finalizado poco después.

Nathan cumplió con sus responsabilidades.

Con el tiempo aprendimos a hablar sin convertir cada conversación en una autopsia de nuestro matrimonio.

Evelyn desapareció de nuestras vidas.

Yo regresé al trabajo, crié a Sophie y recuperé poco a poco todas las partes de mí misma que había dejado abandonadas mientras intentaba convertirme en la esposa que Nathan pudiera amar.

Años después, él me preguntó una vez:

—Si aquella mañana hubiera reaccionado diferente cuando intentaste contarme lo del embarazo, ¿te habrías quedado?

Pensé durante unos segundos.

—Probablemente.

Nathan cerró los ojos.

Esa respuesta le dolió más que un no.

Porque significaba que nuestra familia sí había tenido una oportunidad.

Él simplemente la había dejado salir por la puerta mientras corría detrás de un recuerdo.

Y yo aprendí algo todavía más importante.

El día que Nathan eligió a su primer amor, pensé que me estaba reemplazando.

En realidad, me estaba liberando.

Porque dejé de ser la señora Cole que esperaba ser elegida.

Volví a ser Isabella.

Y esta vez tenía a alguien mucho más importante a quien enseñar que jamás debía aceptar ser la segunda opción de nadie:

nuestra hija.

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