PARTE 2: CARIÑO, PERO NO TU PROMETIDA

Durante varios segundos no supe qué responder.

Alexander seguía mirándome con absoluta calma, como si acabara de proponer revisar un contrato y no convertir un mensaje accidental en algo mucho más peligroso.

Señalé su teléfono.

—Su madre ya eligió una fecha de compromiso.

—Mi madre puede elegir también el color de las servilletas si quiere. Eso no significa que vaya a casarme.

—Madeline parece pensar otra cosa.

Su expresión se enfrió.

—Madeline es la hija de un socio de mi padre. Nuestras familias llevan años intentando unirnos.

—Entonces quizá debería explicárselo a ella antes de pedirme que lo llame cariño.

Alexander sonrió.

—Así que sí te importa.

—Me importa no meterme en problemas ajenos.

—No existe ningún compromiso.

—Entonces resuélvalo.

Me levanté.

—Gracias por la cena, señor Grant.

—Alexander.

—Buenas noches.

Esta vez no intentó detenerme.

Solo dijo:

—Mañana estará resuelto.

Pensé que estaba exagerando.

Me equivoqué.

A las nueve de la mañana siguiente, toda la empresa recibió un comunicado del despacho del director general.

No mencionaba mi nombre.

Solo anunciaba que Alexander Grant no mantenía compromiso matrimonial alguno y que cualquier rumor relacionado con alianzas personales entre familias carecía de fundamento.

Sophie prácticamente atravesó mi escritorio.

—¿QUÉ hiciste anoche?

—Comí.

—¿Y provocaste una crisis diplomática entre multimillonarios durante el postre?

Antes de responder, las puertas del ascensor se abrieron.

Entró una mujer alta, elegantísima, acompañada de dos asistentes.

La reconocí por la fotografía corporativa.

Madeline Cole.

Caminó directamente hacia el despacho de Alexander.

Diez minutos después, escuchamos voces.

No gritos.

Peor.

Ese tono bajo y helado de dos personas acostumbradas a conseguir lo que quieren.

Finalmente Madeline salió.

Pero antes de marcharse se detuvo frente a mi escritorio.

—¿Emily Miller?

Toda la oficina fingió no escuchar.

—Sí.

Me examinó.

Después sonrió.

—Así que eres tú.

—No sé a qué se refiere.

—Alexander rechazó formalmente nuestro acuerdo familiar esta mañana.

Hizo una pausa.

—Después de años sin molestarse en hacerlo.

Comprendí el problema.

—Señorita Cole, yo no…

—Tranquila. No vine a pelear por un hombre.

Su sonrisa se hizo más fina.

—Solo quería ver qué clase de mujer consiguió que Alexander Grant hiciera en una noche algo que su familia no consiguió en cinco años.

Después se marchó.

Sophie apareció inmediatamente.

—Voy a necesitar palomitas.

Yo quería necesitar otro empleo.

A las once, Alexander me llamó a su despacho.

Entré y cerré la puerta.

—¿Por qué hizo eso?

—Me dijiste que resolviera el problema.

—No pensé que anunciaría su vida privada a cuatro mil empleados.

—Legal pidió una aclaración pública por rumores que podían afectar ciertas negociaciones.

Lo miré con sospecha.

—¿Y Madeline?

—También está aclarado.

—¿Así de fácil?

—No.

Se quitó las gafas.

Parecía cansado por primera vez.

—Pero era necesario.

Luego señaló la silla frente a él.

—Ahora tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—Tú.

—Yo no hice nada.

—Exactamente.

Se inclinó hacia delante.

—Desde ayer huyes cada vez que intento acercarme.

—Porque usted es mi jefe.

—Puedo cambiarte de línea de reporte.

—Eso no mejora esta conversación.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Emily, no voy a presionarte.

Por primera vez dejó de bromear.

—Me gustas.

Simple.

Directo.

Sin juegos.

Mi corazón dio un salto incómodo.

—No necesito una respuesta hoy —continuó—. Pero tampoco voy a fingir que lo de ayer no cambió nada.

Entonces abrió un cajón.

Sacó una bolsa pequeña.

La puso delante de mí.

Dentro había una caja de analgésicos, chocolates y un paquete de parches térmicos.

—Mi hermana dice que ayer olvidé comprar esto.

Lo miré.

—¿Consultó con su hermana?

—Me dijo que soy un idiota.

No pude evitar reírme.

Alexander volvió a ponerse las gafas.

—También dijo que si realmente quiero invitarte a salir debería dejar de actuar como director general durante cinco minutos.

—Buen consejo.

—Entonces intentaré seguirlo.

Respiró.

—Emily, ¿quieres cenar conmigo el viernes?

Esta vez no como jefe.

No como agradecimiento por una chaqueta.

Solo una cena.

Lo pensé.

—Una.

—Una.

—Y deja de llamarme cariño en la oficina.

—De acuerdo.

Me dirigí hacia la puerta.

Entonces escuché:

—Emily.

Me volví.

Alexander estaba sonriendo.

—Fuera de la oficina no prometo nada.

Sentí que las mejillas volvían a arder.

Salí antes de darle la satisfacción de responder.

Sophie me esperaba.

—¿Qué quería?

Me senté.

Abrí mi computadora.

—Hablar de trabajo.

Mi teléfono vibró.

Alexander:

“Viernes, siete en punto.”

Otro mensaje apareció inmediatamente:

“Y no te preocupes, cariño. Esta vez sé perfectamente a quién estoy escribiendo.”

Cerré los ojos.

Sophie vio mi cara.

—No era trabajo, ¿verdad?

Negué lentamente.

Porque todo aquel desastre había empezado con un mensaje enviado a la persona equivocada.

Y ahora el verdadero problema era mucho peor.

Ya no quería corregir el destinatario.

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