PARTE 2: AHORA PAGARÁN EL PRECIO

Pensé que todo había terminado cuando bajé del escenario.

Me equivocaba.

—¡Isabella!

Marcus corrió detrás de mí.

—¡Espera! ¡Mi madre me obligó!

Me giré.

—Tu firma estaba en el documento desde ayer.

Se quedó sin palabras.

Mi padre se acercó y me ofreció el brazo.

Pero antes de salir, un hombre con traje gris entró apresuradamente en el salón.

Era el director financiero de la empresa Zhou.

Se acercó a mi exsuegra y susurró algo.

La mujer palideció.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Marcus.

El hombre tragó saliva.

—El banco suspendió nuestra línea de crédito.

—¿Por qué?

—Porque la inversión de la familia Gu figuraba como garantía para la reestructuración.

Todas las miradas se volvieron hacia mí.

Yo no había retirado dinero que les perteneciera.

Simplemente había cancelado una inversión que todavía no se había ejecutado.

Marcus entendió primero.

—Isabella… sin esa inversión podemos quebrar.

—Entonces quizá deberías haber leído tus propias cuentas antes de preocuparte por mis propiedades.

Su madre corrió hacia mí.

—Podemos romper aquel acuerdo.

Sacó desesperadamente el documento que minutos antes había exhibido como un trofeo.

—Mira.

Lo rasgó delante de todos.

—¡Ya no existe!

Mi abogado, sentado en la segunda fila, se levantó.

—La copia digital y la grabación completa de la ceremonia sí existen.

La mujer quedó inmóvil.

Marcus cambió de estrategia.

—Isabella, cometí un error.

—Podemos casarnos otro día. Sin acuerdos. Sin condiciones.

Lo miré.

—¿Todavía no lo entiendes?

Me quité el anillo.

Lo puse en su mano.

—No cancelé la boda por ese contrato.

—La cancelé porque descubrí quién eres cuando pensabas que yo no tenía nada.

Salí del salón con mis padres.

Tres días después, mi abogado me llamó.

—Los Zhou tienen un problema mayor.

—¿Cuál?

—Revisamos las deudas que intentaban trasladarte.

Abrió un expediente.

—Una parte no pertenece a la empresa familiar.

—Entonces ¿a quién?

—A Marcus.

Sentí que algo no encajaba.

—¿Cuánto?

—Casi cuarenta millones.

—¿En qué los gastó?

Mi abogado permaneció unos segundos en silencio.

—Eso es lo interesante.

Colocó frente a mí varias transferencias.

Todas iban hacia la misma sociedad.

Y reconocí inmediatamente el nombre de su propietaria.

Era una de las mujeres que había estado sentada en primera fila durante nuestra boda.

La misma que había llorado cuando anuncié que cancelaba el matrimonio.

—¿Quién es ella? —pregunté.

Mi abogado cerró la carpeta.

—La mujer con la que Marcus pensaba desaparecer después de conseguir tu dote.

Entonces comprendí que aquella boda nunca había sido una boda.

Había sido una estafa.

Y yo acababa de salir de ella antes de convertirme en su víctima.

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