PARTE 2: AHORA DUERME TÚ

Cuando dejamos a Camila frente al centro de exposiciones, Nicolás bajó del auto para sacar su mochila.

Ella no se marchó inmediatamente.

—Gracias por traerme otra vez, Nico.

Otra vez.

Nicolás miró rápidamente hacia mí.

—Camila, entra. Vas a llegar tarde.

Ella sonrió, se inclinó hacia la ventanilla y añadió:

—Feliz aniversario, señora Zhou.

Sentí un frío extraño.

Ella lo sabía.

Sabía que aquel viaje era por nuestro aniversario y aun así había aceptado acompañarnos.

Cuando Nicolás regresó, arrancó sin mirarme.

—No empieces.

—No iba a hacerlo.

—Conozco esa expresión.

Lo observé durante unos segundos.

—Después de siete años, resulta curioso que creas conocerme.

No respondió.

Llegamos al hotel casi dos horas después.

La habitación que yo había reservado tenía vista al mar, pétalos sobre la cama y una botella preparada para celebrar nuestro aniversario.

Todo me pareció ridículo.

Nicolás dejó la maleta.

—Voy a ducharme.

Su teléfono quedó sobre la mesa.

La pantalla se iluminó.

Camila.

«Ya llegué. Gracias por el llavero. La próxima vez prometo no quedarme dormida tan rápido ❤️».

No necesité tocar el teléfono.

Nicolás salió del baño y vio hacia dónde estaba mirando.

Tomó el aparato inmediatamente.

—No saques conclusiones absurdas.

—No necesito hacerlo.

—Camila depende mucho de mí porque apenas está comenzando su carrera.

Asentí.

—Lo sé.

Mi tranquilidad comenzó a inquietarlo.

—¿Qué te pasa?

—Estoy cansada.

—Pues duerme.

Lo miré.

Aquellas dos palabras casi me hicieron reír.

—¿Ahora sí puedo?

Nicolás comprendió.

—¿Otra vez con eso?

—No. Nunca más con eso.

Tomé una almohada y fui al sofá.

Aquella noche dormí ocho horas.

Fue el mejor regalo de aniversario que Nicolás me había dado en años.


A la mañana siguiente llegó el mensaje de mi abogado.

Los documentos estaban preparados.

También me confirmó algo importante: el departamento donde vivíamos había sido comprado por mí antes del matrimonio y seguía exclusivamente a mi nombre.

La mayoría de los ahorros que Nicolás creía compartidos también podían rastrearse claramente hasta mis bienes anteriores.

Durante años había dejado que él administrara nuestra vida porque confiaba en él.

Ahora empezaba a revisar cada detalle.

Mientras Nicolás desayunaba mirando el teléfono, compré un boleto de tren.

Solo para mí.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Me regreso.

Levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Puedes terminar el viaje.

—Clara, deja el drama.

Cerré mi maleta.

—No estoy haciendo ningún drama.

Saqué el sobre que el hotel me había ayudado a imprimir esa mañana y lo dejé frente a él.

Nicolás lo abrió.

Su rostro cambió.

—¿Divorcio?

—Sí.

Se levantó de golpe.

—¿Por Camila?

—No.

Aquello lo desconcertó.

Me acerqué a la mesa.

—Me divorcio por mí.

Guardó silencio.

—Camila solo consiguió mostrarme algo que llevaba siete años negándome a ver.

—No tengo una relación con ella.

—Tal vez sí. Tal vez no. Ya dejó de importarme.

—Entonces estás destruyendo siete años por una tontería.

Negué.

—Estoy terminando siete años en los que tuve que ganarme cuidados que tú entregabas espontáneamente a otra persona.

Su expresión se endureció.

—Estás exagerando.

—Después de una cirugía me obligaste a bajar del auto porque cerré los ojos cinco minutos.

Nicolás apartó la mirada.

—Eso fue diferente.

—Exactamente.

Tomé mi maleta.

—Conmigo siempre fue diferente.


Regresé sola.

Por primera vez no tuve que mantener despierto a nadie.

Me senté junto a la ventana del tren, puse el teléfono en silencio y dormí casi todo el camino.

Cuando desperté, tenía veintitrés llamadas de Nicolás.

No devolví ninguna.

Dos días después regresó al departamento.

Su llave ya no funcionaba.

Yo había seguido el procedimiento legal correspondiente para separar nuestros espacios y pertenencias, y sus cosas estaban preparadas para ser recogidas.

Nicolás me llamó desde abajo.

—¡Clara! Abre.

Bajé.

Cuando me vio, levantó el teléfono.

—¿Qué significa esto?

—Lo que dice el documento.

—¿Vas a echarme por una becaria?

—Voy a divorciarme de ti por cómo me trataste durante siete años.

—¡Te di una buena vida!

—Me diste reglas.

Su rostro se tensó.

—Camila no significa nada.

Entonces escuchamos una voz detrás de él.

—¿Nico?

Ambos nos volvimos.

Camila estaba junto a la entrada.

Sostenía una pequeña bolsa.

Y llevaba en la mano una llave.

La misma llave electrónica de acceso al edificio que solo tenían residentes autorizados.

Nicolás perdió el color.

Yo miré la tarjeta.

Luego a él.

—¿Tampoco es la primera vez que viene aquí?

Camila comprendió demasiado tarde.

—Señora Zhou, yo…

Levanté una mano.

—No necesito explicaciones tuyas.

Miré a Nicolás.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque acabas de ahorrarme la última duda.


El divorcio no fue tan elegante como él imaginaba.

Nicolás primero intentó disculparse.

Después me culpó.

Luego dijo que Camila lo había confundido.

Finalmente admitió que llevaban meses cruzando límites que él siempre había jurado que no existían.

Ya no importaba.

Firmé.

Vendí mi parte de los recuerdos que no quería conservar.

Cambié de número.

Y comencé una vida en la que dormir dejó de sentirse como una falta.

Meses después hice mi primer viaje largo sola.

Contraté un auto con conductor.

Me senté atrás.

El conductor encendió la radio suavemente y preguntó:

—¿La música está bien?

—Perfecta.

Apoyé la cabeza contra la ventana.

Por costumbre, luché contra el sueño.

Entonces recordé aquella carretera.

El cojín.

La manta.

La voz de Nicolás diciéndole a otra mujer:

«Duerme tranquila».

Cerré los ojos.

Esta vez nadie me despertó.

Y mientras el automóvil avanzaba, comprendí algo que había tardado siete años en aprender:

el amor no debería obligarte a permanecer despierta para demostrar que mereces quedarte.

A veces, marcharte significa finalmente poder descansar.

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