Un murmullo recorrió el patio.
Entonces los sedanes negros se detuvieron frente a la entrada. Alexander bajó del primero con un traje oscuro y el mismo reloj de esfera verde que yo le había regalado.
Al verme, se quedó inmóvil.
Vivian corrió hacia él.
—Llegaste. Todos te están esperando.
Alexander no respondió. Sus ojos seguían fijos en mí.
—¿Grace? —dijo finalmente.
—Hola, esposo.
La palabra cayó sobre el patio como un vaso roto.
Vivian dejó de sonreír.
—¿Qué acabas de decir?
Alexander avanzó hacia mí.
—No sabía que vendrías.
—Me escribiste que me extrañabas.
—Quería explicártelo en persona.
—¿Mientras te casabas con ella?
Monica soltó una risita nerviosa.
Vivian le lanzó una mirada y luego se volvió hacia Alexander.
—Dijiste que no tenías esposa.
Él guardó silencio.
—¿Estamos casados? —preguntó ella, mirándome.
Saqué de mi bolso una copia del certificado que llevaba conmigo desde el día en que nos registramos. No porque esperara necesitarlo, sino porque mi trabajo me había enseñado a guardar cada documento importante.
—Desde hace tres años.
Alexander bajó la vista al papel.
—Grace, no hagas esto aquí.
—Tú elegiste el lugar.
El maestro de ceremonias se acercó, incómodo.
—Señor Reed, ¿podemos comenzar?
—No —dijo Alexander.
El patio entero quedó en silencio.
Vivian le tomó el brazo.
—¿Qué significa esto? Me dijiste que ya estaba todo arreglado.
Alexander miró el anillo en su mano.
—Lo siento.
Ella retrocedió como si acabara de abofetearla.
—¿Me trajiste hasta aquí para humillarme delante de todos?
—No era mi intención.
—¿Y cuál era tu intención, Alexander? —pregunté—. ¿Mantenerme como esposa en privado y convertirla a ella en esposa delante de la ciudad?
Un hombre de traje que acompañaba a Alexander se acercó y le habló en voz baja. Él escuchó, luego palideció.
—¿Qué pasó? —preguntó Vivian.
El hombre miró el certificado que yo sostenía.
—El registro civil acaba de confirmar que el matrimonio de Grace sigue vigente.
La sonrisa de Vivian desapareció.
Entonces Alexander me miró con desesperación.
—Grace, antes de que firmes nada, tienes que saber por qué oculté nuestro matrimonio.
En ese instante, el teléfono de mi director vibró en mi bolso.
El mensaje decía: «No confíes en Alexander. La ceremonia forma parte de la operación».
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