PARTE 2: LA MUJER QUE JULIAN NO PUDO MANTENER LEJOS

Julian dejó al bebé en brazos de Sophie y caminó hacia mí.

—Claire, puedo explicarlo.

—No hace falta.

Mi tranquilidad pareció desconcertarlo más que cualquier grito.

—Has vuelto antes de tiempo.

—Eso veo.

Sus ojos bajaron hacia mi maleta.

—Deberías haberme avisado.

Casi sonreí.

—¿Para darte tiempo de esconder al bebé?

Los invitados apartaron la mirada.

Sophie apretó a Noah contra su pecho.

—Claire, por favor —dijo—. Yo nunca quise hacerte daño.

La observé.

—Entonces tenemos algo en común.

Julian frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que tampoco he venido a hacerte daño.

Saqué mi teléfono.

—He venido a terminar contigo.

Su expresión cambió.

—Estás alterada.

—He trabajado mientras caían explosiones a dos calles de mi hospital, Julian.

Guardé el teléfono.

—Créeme. Esto no es estar alterada.

Entonces apareció Marcus desde el interior de la mansión.

Al verme, se detuvo en seco.

—Señorita Claire.

—Qué coincidencia.

Lo miré directamente.

—Precisamente acabo de escuchar a Julian pedirte que manipules mis documentos para impedirme volver.

Marcus palideció.

Julian bajó la voz.

—Eso no era literal.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Porque ya envié la grabación a mi abogado.

El jardín quedó en silencio.

Había activado el teléfono cuando escuché mi nombre detrás de los arbustos.

Julian dio un paso hacia mí.

—Bórrala.

—No.

Fue la primera vez que vi verdadera preocupación en sus ojos.

Y entonces comprendí por qué.

Mi contrato internacional no dependía de Julian.

Pero la fundación que financiaba parte de nuestra misión médica sí tenía vínculos con Moore Global.

Intentar interferir en mi salida no era simplemente una crueldad personal.

Podía convertirse en algo mucho más incómodo para él.

—Claire —dijo—, no destruyas tres años por un error.

Miré a Noah.

—Ese niño tiene un mes.

Después miré a Sophie.

—Un embarazo dura bastante más que un error.

Sophie comenzó a llorar.

—Julian me dijo que vosotros habíais terminado.

—¿Cuándo?

—Hace casi un año.

Julian giró hacia ella.

—Sophie.

—No.

Ella retrocedió.

—Me dijiste que Claire se había marchado porque había elegido su carrera sobre ti.

Saqué mi teléfono.

Mostré el último mensaje de Julian.

Había llegado hacía nueve días.

“Cuando regreses, empezamos a organizar nuestra boda.”

Sophie dejó de llorar.

Simplemente se quedó blanca.

—¿Boda?

Julian me lanzó una mirada furiosa.

—Esto es entre nosotros.

—Ya no existe un “nosotros”.

Tomé mi maleta.

Entonces una mujer mayor apareció entre los invitados.

La madre de Julian.

Margaret Moore.

Esperaba desprecio.

En cambio, caminó hasta la mesa de regalos.

Había encontrado el reloj.

Leyó la inscripción.

Luego miró a su hijo.

—¿Ella te envió dinero durante estos tres años?

Me detuve.

Julian no respondió.

Margaret repitió la pregunta.

—¿Claire te envió dinero?

—Eso no importa.

Mi estómago se tensó.

—¿Qué dinero?

Margaret cerró los ojos.

—Entonces no lo sabes.

Se volvió hacia mí.

—Julian nos dijo que tú habías autorizado utilizar tus ingresos de la misión para cubrir parte de las obligaciones de la fundación.

Sentí un frío repentino.

—Nunca autoricé nada.

Marcus bajó la cabeza.

Julian lo vio.

—No digas una palabra.

Demasiado tarde.

—Fueron transferencias automáticas —murmuró Marcus—. Desde la cuenta conjunta.

—¿Cuánto?

Nadie contestó.

—Marcus.

—Casi cuatrocientos mil dólares en tres años.

El jardín desapareció a mi alrededor.

Durante tres años yo había recibido un salario elevado por mis contratos médicos en zonas de riesgo.

Gastaba poco.

Creía que el resto permanecía invertido en la estructura financiera que Julian había administrado para nosotros.

—¿Dónde está ese dinero?

Sophie miró a Julian.

Y aquella mirada respondió antes que él.

La casa.

Los gastos médicos privados.

La celebración.

Incluso la empresa que Julian había registrado a nombre de Sophie.

Todo había sido financiado parcialmente con dinero mío.

—Voy a llamar a mi abogado —dije.

Julian me agarró del brazo.

Instintivamente me solté.

—No vuelvas a tocarme.

Algo en mi voz hizo que obedeciera.

Entonces Sophie habló.

—Hay algo peor.

Julian se volvió.

—Cállate.

—Me dijiste que Claire sabía.

—Sophie.

—¡Me dijiste que ella había aceptado!

El bebé comenzó a llorar.

Sophie temblaba.

—¿Aceptado qué?

Ella me miró.

—El tratamiento.

—¿Qué tratamiento?

Julian perdió todo el color.

Sophie abrazó más fuerte a Noah.

—La fecundación in vitro.

No comprendí.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—Sí tiene.

Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Julian dijo que tú habías dado permiso para utilizar los embriones.

El mundo se detuvo.

—¿Qué embriones?

Sophie miró a Julian.

Él ya no parecía un hombre sorprendido por el regreso de su prometida.

Parecía alguien que acababa de ver abrirse una tumba.

—Antes de marcharte —dijo Sophie—, tú y Julian congelasteis embriones.

Mi garganta se cerró.

Era cierto.

Dos años antes de mi misión, durante un tratamiento por una enfermedad autoinmune que podía afectar mi fertilidad, habíamos preservado material reproductivo.

Julian me había dicho después que los embriones no habían sido viables.

Miré al bebé.

Después a él.

—No.

Julian retrocedió.

—Claire, escúchame.

—Noah.

Pronuncié el nombre lentamente.

El nombre que yo había elegido para mi futuro hijo.

Sophie comenzó a negar con la cabeza.

—Yo creía que eran de Julian y míos.

—¿Creías?

Su voz se quebró.

—Hasta que nació.

Sacó el teléfono.

Había un informe genético.

Una prueba realizada porque Noah había presentado una complicación neonatal.

Leí el nombre de Julian.

Compatibilidad paterna.

Luego llegué al apartado materno.

Las piernas casi me fallaron.

Sophie no era la madre genética.

La muestra almacenada utilizada para crear el embrión pertenecía a otra mujer.

Claire Bennett.

Yo.

Levanté la vista hacia el bebé.

Mi Noah.

El hijo que había imaginado años atrás.

El hijo cuyo nombre había elegido.

El bebé que otra mujer sostenía mientras Julian me mantenía a miles de kilómetros.

Pero Sophie todavía no había terminado.

—Claire, hay dos embriones que sobrevivieron.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Dos?

Asintió.

—Noah fue el primero.

—¿Dónde está el segundo?

Sophie miró hacia la mansión.

Julian cerró los ojos.

Y entonces, desde el piso superior, se escuchó el llanto de otro bebé.

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