PARTE 1: LA RESPIRACIÓN QUE SE DETUVO

Clara sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

La mujer que estaba sobre la cama no era una desconocida.

Era Sofía.

La madrina de su hijo.

La mujer que había cenado en aquella casa decenas de veces.

La amiga a la que había confiado las llaves del apartamento durante años.

Pero no era eso lo que había congelado su sangre.

Sofía estaba completamente inmóvil.

Los ojos cerrados.

La piel demasiado pálida.

Y junto a ella, también inmóvil, estaba Daniel, el esposo de Clara.

Él tampoco reaccionaba.

—¡Daniel!

Ninguno de los dos respondió.

Clara dejó caer la bolsa de verduras.

Los tomates rodaron por el piso.

Corrió hasta la cama.

—¡Daniel!

Le sacudió el hombro.

Nada.

Entonces notó el fuerte olor.

No era perfume.

Era alcohol mezclado con medicamentos.

Sobre el buró había dos copas de vino.

Un frasco de pastillas abierto.

Y varias cajas de somníferos.

El corazón de Clara comenzó a latir con violencia.

Tomó el pulso de Daniel.

Débil.

Muy débil.

Después revisó a Sofía.

También respiraba.

Pero apenas.

Sin pensarlo dos veces marcó emergencias.

—Necesito una ambulancia inmediatamente.

Mientras esperaba, abrió todas las ventanas.

Intentó despertarlos.

Les habló.

Les dio pequeñas palmadas.

Nada.

Cinco minutos después llegaron los paramédicos.

Uno de ellos observó rápidamente la habitación.

—Posible intoxicación por medicamentos.

Otro comenzó a revisar signos vitales.

—Todavía están a tiempo.

Los subieron a dos camillas distintas.

Cuando iban saliendo, uno de los médicos preguntó:

—¿Usted es familiar?

Clara respondió automáticamente.

—Soy la esposa.

La palabra le supo amarga.

Durante el trayecto al hospital nadie habló.

Una hora después, el médico salió de urgencias.

—Ambos están fuera de peligro.

Clara cerró los ojos por unos segundos.

Solo entonces comenzó a sentir rabia.

—¿Qué ocurrió?

El médico negó con la cabeza.

—Encontramos una mezcla importante de alcohol y sedantes.

No sabemos si fue accidental o voluntaria.

Necesitamos esperar a que despierten.

Clara asintió.

Se quedó sola en la sala de espera.

Fue entonces cuando recordó a su hijo.

Sacó el teléfono.

Marcó inmediatamente.

—¿Lucas?

Su hijo respondió al primer tono.

—¡Mamá!

—¿Dónde estás?

—En el campamento de ciencias. ¿Ya regresaste?

Ella respiró aliviada.

Al menos él estaba bien.

—Sí, cariño.

—¿Papá está contigo?

Clara miró la puerta de cuidados intensivos.

Tardó varios segundos en responder.

—No exactamente.

Después de colgar, decidió regresar al apartamento para recoger ropa limpia.

Entró despacio.

Todo seguía igual.

Las verduras en el suelo.

Las copas.

Las pastillas.

Las sábanas desordenadas.

Entonces vio algo debajo de la cama.

Una carpeta gris.

No parecía pertenecer a Daniel.

La abrió distraídamente.

En la primera página aparecía el nombre de Sofía.

Solicitud de préstamo hipotecario.

Las siguientes hojas mostraban estados de cuenta.

Correos electrónicos.

Presupuestos.

Y finalmente una escritura preliminar.

Clara sintió un escalofrío.

La dirección del inmueble era la de su propio apartamento.

Pero lo más extraño era el apartado donde figuraba el comprador.

No aparecía Daniel.

No aparecía Sofía.

Aparecía una empresa desconocida:

Blue Horizon Investments LLC.

Debajo había una nota escrita a mano por Daniel.

“Cuando Clara firme el poder, cerramos la operación antes de que vuelva del viaje.”

Las manos de Clara comenzaron a temblar.

Ella jamás había firmado ningún poder.

Y entonces recordó algo.

Dos meses antes, Daniel le pidió que firmara unos documentos “para renovar el seguro de la vivienda”.

Ella los firmó deprisa desde el aeropuerto, sin leerlos.

Volvió a mirar la carpeta.

En la última hoja había una fecha.

La venta de la casa estaba programada para el día siguiente.

Y su firma…

Ya aparecía en todos los documentos.

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