PARTE 2: El hombre que llevaba ocho años enterrado

Conocía aquel rostro.

No de fotografías recientes.

No de una reunión de negocios.

De un funeral.

Richard Hale.

El padre biológico de Jessi.

El hombre que oficialmente había muerto ocho años atrás.

Recordaba perfectamente su ataúd cerrado, a Wendy llorando frente a decenas de personas y a Jessi apretándome la mano mientras enterrábamos al padre al que llevaba años intentando perdonar.

Pero Richard estaba allí.

Vivo.

Más delgado.

Con el cabello casi completamente gris.

Pero era él.

Wendy empujó suavemente a Fiona hacia la puerta.

Richard se agachó para hablarle.

Mi hija retrocedió.

Eso fue suficiente.

Salí del coche.

—¡Fiona!

Los tres se giraron.

Fiona corrió hacia mí.

Wendy perdió el color.

Pero Richard hizo algo peor.

Sonrió.

—Sabía que acabarías siguiéndola.

Me coloqué delante de Fiona.

—Aléjate de mi hija.

—Papá —susurró Fiona—, ese es el hombre.

—Lo sé, cariño.

Wendy dio un paso hacia nosotros.

—Puedo explicarlo.

—Empieza explicando por qué tu marido muerto está respirando.

Richard soltó una risa seca.

—Nunca fue mi marido legalmente cuando desaparecí.

Miré a Wendy.

—¿Jessi sabe esto?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—¿Por qué interrogáis a Fiona?

Richard dejó de sonreír.

—Porque necesitábamos saber cuánto habías descubierto.

—¿Descubierto sobre qué?

Wendy intervino.

—No aquí.

—Mi hija ha estado entrando aquí escondida durante meses. Hablaremos exactamente aquí.

Richard miró a Fiona.

—El problema nunca fue la niña.

—No vuelvas a hablar de ella como si fuera un objeto.

Saqué el teléfono.

Wendy se tensó.

—¿A quién llamas?

—Primero a seguridad. Después a Jessi.

—¡No!

El grito de Wendy hizo que Fiona se aferrara a mi abrigo.

Me detuve.

—¿Por qué no quieres que llame a tu hija?

Wendy cerró los ojos.

Richard respondió por ella.

—Porque Jessi cree que su padre murió en un accidente.

—Eso ya lo sé.

—No. Tú sabes la historia que construimos.

Sentí que algo se hundía dentro de mí.

Richard explicó que ocho años antes había trabajado como asesor financiero para varias empresas privadas.

Una investigación interna estaba a punto de alcanzarlo.

Desaparecer había sido más sencillo que enfrentarse a las consecuencias.

Wendy lo ayudó.

El supuesto accidente.

La identificación.

El funeral.

Todo había sido cuidadosamente preparado.

—¿Y ahora qué tiene que ver eso conmigo?

Richard me sostuvo la mirada.

—Tu adquisición en Chicago.

Por primera vez aquella mañana sentí verdadero miedo.

—¿Qué sabes de ella?

—Mucho más que tú.

La empresa que pensaba comprar tenía entre sus antiguas filiales una compañía utilizada años atrás por Richard.

La revisión financiera previa a la adquisición había comenzado a descubrir movimientos que conectaban aquella empresa con cuentas antiguas.

Con él.

Si yo cerraba el acuerdo y la auditoría continuaba, alguien acabaría encontrando a Richard.

—Por eso querías saber cuándo viajaba —dije.

Miré a Wendy.

—Utilizaste a una niña de siete años para vigilarme.

—Intentaba proteger a Jessi.

—Amenazaste a Fiona diciéndole que su madre podía sufrir.

Wendy bajó la mirada.

—Fue un error.

—No. Un error ocurre una vez.

Tomé a Fiona de la mano.

—Nos vamos.

Richard no intentó detenerme.

Eso me preocupó.

—Haz lo que quieras —dijo—. Pero antes de llamar a nadie, pregunta a tu esposa por qué aceptó un turno extraordinario precisamente hoy.

Me detuve.

—¿Qué estás insinuando?

—Que Jessi sabe más de lo que crees.

No le respondí.

Llevé a Fiona directamente al coche.

Desde allí llamé al hospital.

Pedí que me comunicaran con el departamento de Jessi.

La recepcionista revisó el sistema.

—Lo siento, señor. La doctora Hale no está de servicio hoy.

Sentí un vacío en el estómago.

—Salió de casa diciendo que trabajaba.

—Según nuestro registro, pidió el día libre hace tres semanas.

Miré por el retrovisor.

Wendy y Richard seguían frente al edificio.

Entonces Fiona habló desde el asiento trasero.

—Papá…

—¿Sí?

—Hay algo que no te dije.

Me giré.

Sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña llave plateada.

—La última vez que estuvimos aquí, el hombre salió de la habitación. La abuela estaba llorando y yo escuché lo que decían.

—¿Qué dijeron?

Fiona tragó saliva.

—Hablaban de mamá.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué dijeron de ella?

—El hombre dijo que mamá tenía que decidir antes de que tú fueras a Chicago.

—¿Decidir qué?

Fiona negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero después la abuela abrió un armario con esta llave.

La observé.

Había una etiqueta diminuta.

ARCHIVO 3.

Volví a mirar el edificio.

Richard ya no estaba en la puerta.

Wendy tampoco.

Mi teléfono vibró.

Era Jessi.

Solo había escrito:

“Sé que cancelaste Chicago. Por favor, no vuelvas a casa hasta que hablemos.”

Debajo llegó una fotografía.

Jessi estaba dentro de mi despacho.

Y sobre el escritorio tenía abierto el expediente confidencial de la adquisición.

El mismo expediente que yo nunca le había enseñado a nadie.

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