El camión me dejó frente al edificio médico de la base.
Una capitana del departamento jurídico me esperaba con una carpeta. No me preguntó por Daniel. Solo dijo que la investigación seguía abierta y que ya habían revisado el registro de medicamentos.
—La firma que autorizó la salida no es suya, doctora Carter.
Miré la copia.
Debajo del sello de la farmacia militar aparecía el nombre de Sophie Reed.
—¿Ella tenía acceso?
—No debería. Pero alguien aprobó una credencial temporal para que pudiera entrar.
Pasé la página.
La autorización llevaba la firma del mayor general Foster.
Por un momento, el frío dejó de importarme.
Daniel no solo había ignorado mis llamadas. Había permitido que Sophie entrara en el depósito y luego dejó que me acusaran a mí.
—¿Por qué me soltaron? —pregunté.
—La cadena de custodia no sostiene los cargos. Pero necesitamos su declaración formal.
Firmé cada hoja sin vacilar.
No para proteger a Daniel.
Para dejar constancia de la verdad.
Después entregué mi solicitud de traslado a la frontera y confirmé que quería seguir adelante con el divorcio.
Esa noche, por primera vez en cinco años, dormí sin esperar escuchar los pasos de mi esposo al otro lado de la puerta.
A la mañana siguiente, estaba preparando mi equipaje cuando llamaron.
Daniel esperaba en el pasillo, con el uniforme impecable y el rostro agotado.
—Retira la solicitud de divorcio.
—No.
—Puedo arreglar la investigación.
—Ya no quiero que arregles nada por mí.
Me tendió un documento.
—Sophie solo necesitaba ayuda. No sabía que la credencial sería usada así.
—¿Y tu firma? ¿También fue un accidente?
No respondió.
Se me acercó, pero levanté la mano.
—No vuelvas a tocarme.
Entonces su teléfono vibró. Leyó el mensaje y perdió el color.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Guardó el dispositivo.
—Nada que te concierna.
La capitana jurídica apareció detrás de él con una nueva carpeta.
—Mayor Foster, necesitamos que nos acompañe. Encontramos quién retiró realmente los medicamentos.
Daniel miró la carpeta.
Luego me miró a mí.
En la portada aparecía un nombre que ninguno de los dos esperaba ver.
El de la mujer que acababa de llamarlo desde la ciudad.
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