Parte 2: La Carpeta Roja Se Abrió

La jueza no tocó la carpeta de inmediato.

Primero levantó la vista hacia Alejandro.

Después observó al bebé dormido en mis brazos.

Por último, apoyó lentamente la palma sobre la cubierta roja.

—Explíqueme por qué acaba de decir que su hijo es la prueba.

Respiré hondo.

No podía permitirme temblar.

—Porque todo lo que van a encontrar aquí ocurrió antes de que él naciera… y demuestra que mi esposo llevaba meses preparando el momento de arrebatármelo.

El silencio volvió a instalarse en la sala.

Ricardo dio un paso al frente.

—Su Señoría, la parte demandada pretende convertir esta audiencia en un espectáculo emocional…

—Todavía no he visto ningún espectáculo, licenciado —lo interrumpió la jueza sin levantar la voz—. Solo una carpeta que usted parece muy interesado en que no abra.

El comentario cayó como una piedra.

Alejandro tragó saliva.

Era la primera vez en toda la mañana que dejaba de sonreír.

La jueza abrió el primer separador amarillo.

Dentro había decenas de impresiones.

Correos electrónicos.

Mensajes.

Capturas de pantalla.

Todos fechados durante mi embarazo.

Leyó el primero en silencio.

Luego otro.

Y otro más.

Sus cejas comenzaron a fruncirse.

—Señor Navarro… —dijo finalmente—. Aquí aparece un intercambio de mensajes entre usted y una señora Daniela Torres, con fecha de cinco meses antes del nacimiento del menor.

Daniela se removió incómoda en su asiento.

—¿Reconoce esta conversación?

Alejandro respondió demasiado rápido.

—No sé de qué documentos está hablando.

—Curioso.

La jueza giró la hoja hacia él.

—Porque este mensaje dice textualmente: “Cuando nazca el bebé, Camila ya no podrá hacer nada. Ricardo tiene listo el plan para declararla inestable”.

Toda la sala quedó inmóvil.

Ricardo perdió el color del rostro.

—Objeción, Su Señoría. Desconocemos la autenticidad de esas conversaciones.

—La conoceremos enseguida.

Saqué una pequeña memoria USB del bolsillo interior de la carpeta.

—Las conversaciones fueron extraídas por un perito informático certificado. El informe completo está en el separador azul.

La jueza tomó el siguiente documento.

Había sellos.

Firmas.

Certificaciones.

Nada parecía improvisado.

Ricardo ya no hablaba con la misma seguridad.

Pasó un pañuelo por su frente mientras hojeaba nervioso sus propios papeles.

Patricia cruzó los brazos.

—Seguro que todo eso está manipulado.

La jueza levantó otra hoja.

—Aquí aparece una transferencia bancaria realizada por el señor Navarro a una empresa de investigación privada.

Miró el documento unos segundos más.

—¿Para qué contrató detectives que siguieran a su esposa durante el embarazo?

Alejandro abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Yo lo observaba sin apartar la mirada.

Durante años había esperado verlo quedarse sin respuestas.

Y ese momento acababa de llegar.

—No era para vigilarme —dije con calma—. Era para fabricar un expediente que me presentara como una madre incapaz.

La jueza pasó al siguiente separador.

Negro.

El más grueso de todos.

Encontró fotografías.

Informes médicos.

Constancias de ingresos hospitalarios.

Fechas.

Radiografías.

—¿Estas lesiones corresponden a distintas fechas? —preguntó.

—Sí, Su Señoría.

—¿Y usted afirmó en cada ocasión que habían sido accidentes domésticos?

Asentí lentamente.

—Porque cada vez que intentaba contar la verdad, él me convencía de que nadie me creería.

La sala permanecía completamente en silencio.

Incluso Daniela había dejado de mirar a Alejandro.

Entonces apareció el documento que cambió por completo el ambiente.

La jueza lo sostuvo unos segundos sin decir nada.

Era una copia de un contrato.

Firmado.

Fechado dos semanas antes de que yo diera a luz.

—Señor Navarro… ¿por qué existe un acuerdo de contratación de una niñera permanente cuyo inicio era el mismo día del nacimiento del menor… si en ese momento su esposa todavía vivía con usted?

Nadie respondió.

La jueza siguió leyendo.

Su expresión pasó de la sorpresa a una incredulidad absoluta.

—Y además… la residencia donde trabajaría esa niñera figura como domicilio del señor Navarro y de la señora Daniela Torres.

Daniela cerró los ojos.

Patricia dejó caer el bolso al suelo.

Ricardo bajó lentamente la cabeza.

Alejandro parecía incapaz de respirar.

La jueza cerró despacio la carpeta.

No hizo falta ningún grito.

Ningún discurso.

Solo levantó la vista y pronunció unas palabras que hicieron desaparecer toda la arrogancia con la que habían entrado aquella mañana.

—Creo que esta audiencia acaba de tomar un rumbo muy distinto.

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