PARTE 2: EL SECRETO DE MANUELA

A ocho mil metros de altura, yo seguía mirando el último mensaje de Manuela.

Algo en sus palabras me inquietaba.

No parecía una amenaza vacía.

Parecía una despedida.

Mientras tanto, en Monteclaro, doña Cayetana levantó una copa frente a sus invitados.

—Esta noche nuestra familia finalmente tiene un heredero.

Rodrigo sonrió.

Vanessa sostuvo al bebé mientras los fotógrafos se acercaban.

Entonces Manuela apareció.

No llevaba uniforme.

Vestía completamente de negro.

—Antes del anillo —dijo—, deberían abrir esto.

El salón quedó en silencio.

Cayetana palideció al reconocer el sobre.

—Sal de aquí.

—He servido a esta familia treinta y cuatro años.

Manuela colocó los documentos sobre la mesa.

—Ya serví suficiente.

Rodrigo intentó arrebatárselos.

El abogado de la familia, presente entre los invitados, lo detuvo.

Dentro había copias de libros contables antiguos, cartas notariales y una cláusula del testamento del abuelo Monteclaro.

La supuesta tradición del heredero varón nunca había existido legalmente.

Había sido una mentira repetida por Cayetana durante décadas.

Peor aún, las tierras principales tampoco pertenecían completamente a la familia.

Dieciséis años atrás, cuando mi familia aportó seis millones para evitar la quiebra, parte del acuerdo convirtió aquella inversión en acciones y derechos sobre varias parcelas.

Cayetana lo sabía.

Rodrigo aparentemente no.

—Elena posee el cuarenta y cinco por ciento —murmuró el abogado—, pero su familia conserva además determinados derechos vinculados a estas propiedades.

La sonrisa de Vanessa desapareció.

Entonces Manuela sacó otro documento.

—Y eso no es lo peor.

Era el informe original de la prueba de ADN del bebé.

Rodrigo dio un paso adelante.

—Ya tenemos una prueba.

—Tienen una copia —respondió Manuela.

La prueba presentada a Cayetana indicaba compatibilidad de paternidad.

Pero el laboratorio había emitido posteriormente una notificación de irregularidad porque la muestra atribuida a Rodrigo no podía verificarse correctamente.

Aquello no demostraba que el niño no fuera suyo.

Significaba algo mucho más simple y peligroso.

La prueba con la que Cayetana había proclamado un heredero necesitaba confirmación independiente.

Vanessa comenzó a temblar.

—Rodrigo, yo no sabía…

Cayetana la miró con furia.

—¿De quién es ese niño?

—¡Es de Rodrigo!

Entonces Manuela dejó una fotografía sobre la mesa.

Vanessa aparecía entrando en una clínica meses atrás.

A su lado caminaba un hombre que Rodrigo reconoció inmediatamente.

Su primo, Álvaro Monteclaro.

El mismo hombre que durante años había dirigido las finanzas de las bodegas.

Rodrigo perdió el color.

Pero Manuela todavía no había terminado.

—Doña Elena debería saber otra cosa.

Sacó varios estados financieros.

Durante cinco años, alguien había transferido dividendos correspondientes a mis acciones hacia sociedades controladas indirectamente por la familia Monteclaro.

Millones.

Mi firma aparecía autorizando algunas operaciones.

Yo jamás había visto aquellos documentos.

Aterrizamos dos horas después.

Cuando encendí el teléfono tenía cuarenta y siete llamadas perdidas.

La primera que respondí fue la de mi abogado.

—Elena, no firmes nada que te envíen desde Monteclaro.

—¿Qué ocurrió?

—Manuela entregó documentos que necesitamos autenticar.

Me explicó lo sucedido.

Miré a mis cuatro hijas dormidas en los asientos del aeropuerto.

—¿Rodrigo sabía lo de mis dividendos?

—Todavía no podemos afirmarlo.

Aquello importaba.

No quería sustituir quince años de mentiras con una acusación que todavía no podía demostrar.

Entonces mi abogado añadió:

—Pero encontramos algo relacionado con tus hijas.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué?

—El estatuto corporativo antiguo.

—¿Qué tiene?

—Cayetana lleva años diciendo que Monteclaro debe pasar a un varón.

Hizo una pausa.

—Los documentos dicen exactamente lo contrario.

Me quedé inmóvil.

El fundador había establecido una cláusula sucesoria especial.

Si una accionista directa descendiente de la familia inversora original tenía descendencia, determinadas acciones protegidas podían transmitirse a sus hijos sin distinción de sexo.

Mis padres habían entrado legalmente en aquella estructura mediante la inversión que salvó la empresa.

Eso significaba que Carlota, Mariana, Valeria y Lucía nunca habían sido irrelevantes para Monteclaro.

Podían tener derechos económicos que nadie les había explicado.

—¿Cayetana lo sabía?

—Su firma aparece en una modificación relacionada con esa cláusula.

Sentí frío.

—¿Qué modificación?

—Una presentada hace quince años.

El año en que nació Carlota.

Me enviaron una copia.

La modificación intentaba limitar determinados derechos sucesorios de mis futuros hijos.

Debajo aparecía mi firma.

No era mía.

Pero había otra firma como testigo.

La reconocí inmediatamente.

Rodrigo Monteclaro.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era él.

No contesté.

Llegó un mensaje.

ELENA, NO SABÍA QUE ESA FIRMA ERA FALSA. MI MADRE ME DIJO QUE TÚ YA HABÍAS FIRMADO.

Segundos después apareció otro.

Esta vez de Manuela.

Solo contenía una fotografía.

Cayetana estaba sentada en su despacho quince años atrás.

Frente a ella había un documento.

A su derecha estaba Rodrigo.

A su izquierda, mi propio padre.

Debajo, Manuela había escrito:

Elena, tu esposo no fue el único que sabía que intentaban cambiar la herencia de tus hijas.

Miré nuevamente la fotografía.

Mi padre había muerto siete años atrás.

Y de repente comprendí que la traición de Monteclaro podía haber comenzado mucho antes de Vanessa.

Tal vez incluso antes de mi matrimonio.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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