PARTE 2: LAS CUARENTA Y TRES BARRAS

En la manta había una tarjeta negra.

MORETTI MARITIME — ACCESO EJECUTIVO.

Solo doce personas tenían una.

Me acerqué lentamente.

—¿Dónde conseguiste eso?

La niña retrocedió.

—No me haga daño.

Aquellas palabras me detuvieron.

Me agaché para quedar a su altura.

—No voy a hacerte daño.

—Él dijo que usted diría eso.

Frank salió del auto.

—¿Quién?

La niña miró hacia el otro lado de la calle.

—El señor que nos dejó aquí.

Seguí su mirada.

Nadie.

—¿Cómo te llamas?

—Sophie.

Señalé al bebé.

—¿Y él?

—Eli.

El niño volvió a toser.

Su frente estaba ardiendo.

Olvidé la tarjeta.

—Frank, hospital.

Sophie abrazó el cochecito.

—¡No!

—Tu hermano necesita un médico.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No tenemos dinero.

—Yo sí.

Veinte minutos después, Eli estaba siendo atendido.

Fiebre alta e infección respiratoria.

Tratable.

Sophie seguía sujetando su caja de dulces.

—Puedes dejarla —dije.

Negó con la cabeza.

—Tenemos que venderlas.

Saqué cuarenta y tres dólares.

—Entonces las compro todas.

No tomó el dinero.

—Mi mamá decía que nunca aceptáramos dinero sin dar algo.

Aquella frase me resultó extrañamente familiar.

—¿Dónde está tu madre?

Sophie bajó la mirada.

—Desapareció.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo se llama?

—Anna Russo.

Frank dejó de respirar.

Yo también.

Anna Russo había trabajado para mí durante once años.

Contabilidad interna.

Acceso a pagos confidenciales.

Desapareció seis meses atrás después de que una auditoría detectara 4,8 millones de dólares faltantes.

Todos creímos que había robado el dinero.

Incluido yo.

—¿Anna es tu madre?

Sophie asintió.

Después sacó algo de su bolsillo.

Una llave USB.

—Mamá dijo que si alguna vez veía su coche negro, debía esperar hasta que usted bajara.

—¿Mi coche?

—Ella sabía cuál era.

Frank y yo nos miramos.

Entonces comprendí.

Sophie no había dicho “ese es él” porque me reconociera personalmente.

Había reconocido el vehículo.

—¿Quién los llevó hasta aquella esquina?

—Un hombre.

—¿Nombre?

Sophie señaló la tarjeta ejecutiva.

—La llevaba aquí.

Sobre el reverso alguien había escrito dos iniciales.

F.M.

Mi estómago se endureció.

Frank Moretti.

Mi primo.

Mi conductor.

El hombre que estaba detrás de mí.

Me giré lentamente.

Frank palideció.

—Nicolás, esa tarjeta no es mía.

No lo acusé.

Todavía.

La USB contenía cientos de documentos.

Facturas.

Transferencias.

Correos.

Anna no parecía haber robado 4,8 millones.

Parecía haber descubierto dónde habían ido.

Una red de empresas fantasma llevaba años facturando servicios inexistentes a Moretti Maritime.

Y alguien había utilizado mis credenciales para aprobarlos.

—Esto puede falsificarse —dijo Frank.

—Lo sé.

Por eso llamé a mi abogado y ordené una auditoría independiente.

Tres días después llegó el primer resultado.

Al menos algunas transferencias eran auténticas.

El dinero terminaba en Bellweather Holdings.

Nunca había oído ese nombre.

Pero conocía al beneficiario.

Gabriel Moretti.

Mi hermano menor.

El mismo hombre que supuestamente había muerto nueve años atrás.

Me quedé mirando la pantalla.

—Esto es imposible.

Mi abogado negó lentamente.

—No hemos demostrado que Gabriel esté vivo. Solo que alguien mantiene estructuras financieras vinculadas a su identidad.

Entonces apareció otro archivo.

Una grabación de Anna.

Su rostro llenó la pantalla.

Parecía aterrorizada.

—Nicolás, si estás viendo esto, significa que Sophie consiguió encontrarte.

Hizo una pausa.

—Yo no robé tu dinero.

Miró hacia una puerta fuera de cámara.

—Descubrí que alguien dentro de tu organización estaba utilizando cuentas antiguas de Gabriel.

Mi garganta se cerró.

—Intenté decírtelo, pero interceptaron mis mensajes.

Después Anna pronunció algo peor.

—No confíes en la persona que te lleva cada mañana al trabajo.

Miré a Frank.

Él retrocedió.

—Jefe, escúchame.

La grabación continuó.

—Pero tampoco confíes demasiado rápido en esta advertencia.

Me quedé inmóvil.

Anna levantó una tarjeta negra idéntica a la encontrada con Eli.

—Porque las credenciales de Frank fueron clonadas hace ocho meses.

Frank dejó escapar el aire.

Entonces Anna acercó un documento a la cámara.

—La persona que autorizó la clonación tenía acceso superior al suyo.

Mi abogado amplió la imagen.

En la parte inferior aparecía una firma digital.

La mía.

—Yo nunca autoricé eso.

—Lo sé —dijo Frank.

La grabación terminó con una última frase.

—Nicolás, alguien lleva años actuando dentro de tu imperio como si fuera tú.

La pantalla quedó negra.

Entonces Sophie, sentada junto a su hermano dormido, habló.

—Señor Moretti…

Me giré.

—¿Qué ocurre?

—El hombre que nos dejó en la calle me dijo otra cosa.

—¿Qué?

Metió la mano debajo de las cuarenta y tres barras de chocolate.

Sacó una fotografía vieja.

Dos hombres aparecían juntos.

Uno era yo.

El otro era Gabriel.

Pero detrás habían escrito una fecha.

Hace tres semanas.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Quién te dio esta fotografía?

Sophie señaló la puerta del hospital.

—Él.

Me giré.

Un hombre acababa de aparecer al final del pasillo.

Cabello gris.

Una cicatriz junto al ojo izquierdo.

El mismo rostro que había visto desaparecer dentro de un ataúd nueve años atrás.

Mi hermano.

Gabriel.

Y antes de que pudiera moverme, levantó un teléfono y dijo:

—Nicolás, si quieres encontrar viva a la madre de esos niños, ven solo.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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