PARTE 2: LA OTRA ESPOSA

—¡Emma, no firmes nada!

Daniel golpeó nuevamente el cristal.

La doctora Morgan me miró.

—¿Qué cree que vas a firmar?

No tenía idea.

Entonces Olivia agarró el brazo de Daniel.

Él se volvió hacia ella con una expresión que nunca le había visto.

Miedo.

No amor.

Miedo.

La policía llegó pocos minutos después.

Daniel dejó de golpear.

Yo permanecí dentro.

Olivia también pidió hablar con los agentes.

Pero sin Daniel presente.

Aquello me sorprendió.

Cuando finalmente nos sentamos frente a frente, vi que estaba embarazada de aproximadamente seis meses.

—¿Cuánto tiempo llevas casada con él? —preguntó.

—Cinco años.

Olivia perdió el color.

—Me dijo que estaba divorciado.

Cerré los ojos.

Daniel había construido dos vidas.

Pero Olivia añadió:

—Hay algo peor.

Sacó unos documentos.

Daniel había convencido a ambas de firmar autorizaciones médicas casi idénticas.

Las mías supuestamente permitían coordinar mi atención prenatal.

Las de Olivia también.

Sin embargo, una cláusula autorizaba el acceso a ciertos datos genéticos y muestras clínicas.

—¿Por qué necesitaría eso? —pregunté.

La doctora Morgan tomó los documentos.

—Antes de concluir nada, hay que verificar exactamente qué autorizaban y si fueron utilizadas.

Tenía razón.

Así que comenzamos por los registros.

La primera anomalía apareció esa tarde.

Daniel había consultado partes de mi expediente desde su cuenta profesional más veces de las necesarias para mi tratamiento.

También había accedido al de Olivia.

Pero una fecha destacó.

Siete meses atrás.

La semana en que quedé embarazada.

Daniel había solicitado una prueba genética adicional sin explicármelo.

Sentí frío.

—¿Qué estaba buscando?

Morgan no quiso especular.

Solicitó el informe original.

Mientras esperábamos, Olivia empezó a llorar.

—Daniel me dijo que tú habías perdido un embarazo años atrás y que después te obsesionaste con tener hijos.

La miré.

—Nunca perdí ningún embarazo.

Ella levantó la cabeza.

Otra mentira.

Entonces mi teléfono recibió un mensaje de Daniel.

Emma, Olivia está confundida. No confíes en ella. Nuestro bebé depende de que vuelvas conmigo.

Nuestro bebé.

Algo en aquellas palabras me inquietó.

No decía “tú”.

Decía el bebé.

Llegaron los resultados.

La doctora Morgan leyó dos veces.

Después llamó al laboratorio para confirmar la procedencia.

—Emma, esta prueba no buscaba enfermedades.

—Entonces ¿qué buscaba?

—Compatibilidad genética.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Con quién?

Morgan giró el documento.

Había un código de paciente.

No un nombre.

Olivia miró el código y se quedó inmóvil.

—Yo conozco ese número.

Sacó una fotografía de su teléfono.

Era uno de sus propios informes prenatales.

El mismo código aparecía allí.

Nadie habló.

La doctora revisó ambos documentos.

—Necesitamos confirmación independiente antes de interpretar esto.

Dos días después llegó.

Las muestras de nuestros embarazos habían sido comparadas dentro del mismo estudio privado.

Daniel había autorizado ambas solicitudes.

Pero eso todavía no explicaba por qué.

Hasta que Olivia recordó algo.

—Su hermano.

—¿Qué hermano?

—Daniel tiene un hermano llamado Matthew.

Negué lentamente.

Durante cinco años Daniel me había dicho que era hijo único.

Olivia abrió una fotografía.

Daniel aparecía junto a un hombre casi idéntico.

Matthew Bennett.

Según registros que posteriormente encontró mi abogada, Matthew había muerto hacía tres años.

Y había dejado un fideicomiso considerable.

La cláusula principal era extraña.

Parte del patrimonio debía pasar al primer descendiente biológico de la familia Bennett que cumpliera determinados requisitos establecidos en el fideicomiso.

Me quedé mirando mi vientre.

—¿Daniel estaba comprobando si nuestros bebés podían reclamar ese dinero?

Mi abogada negó.

—Todavía no sabemos eso.

Entonces encontró una modificación del fideicomiso.

Había sido presentada ocho meses atrás.

Un mes antes de mi embarazo.

El documento declaraba que Daniel actuaría temporalmente como administrador si nacía un beneficiario menor de edad.

Su firma parecía auténtica.

La segunda firma me hizo dejar de respirar.

Olivia Grant.

Ella retrocedió.

—Yo nunca firmé eso.

Daniel no solo había mentido sobre dos relaciones.

Alguien había estado utilizando nuestros embarazos dentro de un plan financiero.

Y quizá ni siquiera él era el único responsable.

Esa noche la doctora Morgan me llamó.

—Encontramos por qué Daniel estaba desesperado cuando llegó a la clínica.

—¿Por qué?

—No vino para impedir que descubrieras a Olivia.

Me quedé en silencio.

—Vino porque esta mañana solicité una auditoría de accesos.

—¿Y?

—Alguien modificó uno de tus resultados prenatales hace cuatro meses.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Daniel?

—La cuenta utilizada era suya.

—Entonces fue él.

—No necesariamente.

Morgan respiró hondo.

—Porque las cámaras del hospital muestran que Daniel estaba operando cuando se hizo el cambio.

—¿Quién utilizó su cuenta?

—Eso estamos intentando averiguar.

Después añadió:

—Pero encontramos desde qué computadora se hizo.

Esperé.

—La del despacho de Matthew Bennett.

Se me cortó la respiración.

—Matthew murió hace tres años.

—Eso dice el certificado de defunción.

La doctora hizo una pausa.

—Emma, alguien sigue entrando en su oficina.

Y la última persona captada por la cámara fue Olivia.

Miré hacia la mujer que había jurado ser otra víctima de Daniel.

De repente, ya no sabía cuál de los dos me estaba mintiendo.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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