PARTE 2: LA MUJER ADECUADA PARA CASARSE

Adrian llegó a casa cuarenta minutos después que yo.

Para entonces, mi maleta ya estaba abierta sobre la cama.

—¿Qué estás haciendo?

Doblé otro vestido.

—Empacando.

—Elena, fue una cena incómoda, nada más.

Lo miré.

—No fue la cena.

—Entonces ¿qué?

—Fue descubrir qué lugar ocupo en tu vida.

Se frotó el rostro.

—Claire no significa nada.

Casi sonreí.

—Curioso.

—¿Qué?

—Hace una hora era la mujer que te hacía sentir algo.

Ahora no significaba nada.

Adrian guardó silencio.

Yo cerré la maleta.

—Me quedaré unos días en mi apartamento.

—¿Qué apartamento?

Aquella pregunta confirmó cuánto había dejado de conocerme.

Dos años antes había comprado un pequeño apartamento cerca de mi oficina como inversión.

Adrian nunca preguntó qué había hecho con él.

—Buenas noches.

Intentó detenerme.

—Elena, no conviertas una frase estúpida en el final de nuestro matrimonio.

Lo miré directamente.

—La frase no terminó nada.

Solo me permitió ver algo que llevaba años terminado.

Me fui.

A la mañana siguiente llamé a una abogada.

No pedí venganza.

Pedí información.

Propiedades.

Cuentas.

Participaciones.

Documentos.

Quería saber exactamente qué pertenecía a quién antes de tomar cualquier decisión.

Tres días después Adrian empezó a llamarme constantemente.

No respondí.

Claire sí me escribió.

No quiero que pienses que regresé para quitártelo.

Contesté una sola vez.

No puedes quitarme algo que ya decidí no conservar.

Después la bloqueé.

Pero esa tarde mi abogada me llamó.

—Elena, encontré algo extraño relacionado con Blake Innovations.

La empresa de Adrian.

—¿Qué cosa?

—Tu nombre aparece en los documentos fundacionales.

Fruncí el ceño.

—Ayudé con el capital inicial.

—No hablo solamente de dinero.

Me envió los documentos.

Ocho años antes, cuando Adrian apenas tenía una idea y una computadora prestada, yo había desarrollado para él un modelo de análisis de clientes.

Nunca lo consideré importante.

Era simplemente algo que hacía después del trabajo para ayudarlo.

Pero allí estaba.

Registrado como parte de la propiedad intelectual inicial.

ELENA MORRIS — COAUTORA.

Sentí que algo se movía dentro de mí.

—¿Qué significa?

—Que debemos revisar qué ocurrió con esos derechos.

La respuesta llegó al día siguiente.

Habían sido transferidos cinco años atrás.

Supuestamente con mi autorización.

Miré la firma.

—Yo no firmé esto.

Mi abogada permaneció en silencio.

—¿A quién fueron transferidos?

Giró el documento.

BLAKE FAMILY HOLDINGS.

La sociedad de la familia de Adrian.

Sentí frío.

Aquello ya no tenía nada que ver con Claire.

—¿Adrian hizo esto?

—Todavía no podemos afirmarlo.

Necesitábamos pruebas.

Así que no lo llamé.

Contratamos un perito documental y solicitamos registros.

Entonces apareció algo todavía más extraño.

La transferencia había sido preparada por Daniel Blake.

El padre de Adrian.

El mismo hombre que durante años me llamaba “la esposa perfecta para su hijo”.

Dos días después Adrian apareció en mi oficina.

Parecía agotado.

—Mi padre me llamó.

Lo miré.

—Entonces ya sabes.

—Sé que estás investigando Blake Family Holdings.

—Estoy investigando mi firma.

Su expresión cambió.

—¿Qué firma?

Le mostré el documento.

Adrian lo leyó dos veces.

—Elena, yo nunca había visto esto.

Lo observé.

Por primera vez desde aquella cena, parecía genuinamente confundido.

—Entonces pregúntale a tu padre.

Lo hizo delante de mí.

Daniel tardó seis segundos en responder.

—Eso fue hace años. Elena aceptó.

—Ella dice que no.

Silencio.

—Adrian, no compliques tu matrimonio por papeles antiguos.

Mi esposo levantó lentamente la mirada hacia mí.

—¿Cuánto valen esos “papeles antiguos”?

Su padre colgó.

Aquello fue suficiente para que Adrian dejara de defenderlo.

Esa noche revisamos archivos empresariales por separado.

A medianoche recibí un mensaje de mi abogada.

El modelo que yo había ayudado a crear seguía formando parte de una tecnología que la empresa licenciaba actualmente.

Su valor potencial era enorme.

Pero había algo más.

La semana anterior, Blake Innovations había iniciado negociaciones confidenciales para vender una división tecnológica.

Precio estimado:

Ciento ochenta millones de dólares.

Y la transferencia cuestionada de mis derechos era fundamental para demostrar que la empresa podía venderla sin reclamaciones externas.

Adrian se quedó blanco.

—La venta se cierra el próximo mes.

—Entonces alguien necesita que yo siga sin hacer preguntas.

Pensé inmediatamente en Daniel.

Pero Adrian negó lentamente.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

Abrió su computadora.

El consejo había recibido esa mañana una declaración afirmando que yo conocía la transferencia y renunciaba definitivamente a cualquier reclamación.

El documento estaba fechado hacía tres días.

Tres días.

La noche de la cena con Claire.

—Yo estaba contigo cuando supuestamente firmaste esto —dijo Adrian.

Mi sangre se enfrió.

La firma era falsa.

Pero el documento había sido presentado desde una dirección corporativa.

Adrian rastreó el acceso interno.

Entonces dejó de moverse.

—¿Qué pasa?

Giró la pantalla.

La cuenta utilizada pertenecía a alguien que no trabajaba para Blake Innovations desde hacía nueve años.

CLAIRE BENNETT.

Me quedé inmóvil.

—¿Claire trabajó para tu empresa?

Adrian cerró los ojos.

—Antes de irse del país.

Nunca me lo había contado.

—¿Haciendo qué?

Su respuesta cambió completamente la historia que yo creía conocer.

—Ella desarrolló conmigo la primera versión del proyecto.

Sentí que el aire se volvía pesado.

—¿Entonces mi modelo reemplazó el suyo?

Adrian no respondió inmediatamente.

No necesitaba hacerlo.

La mujer que había regresado presentándose como un antiguo amor no solo tenía una historia sentimental con mi marido.

También tenía una historia con la tecnología que ahora valía millones.

Pero todavía faltaba lo peor.

Mi abogada llamó cinco minutos después.

—Elena, encontramos quién reactivó las credenciales de Claire.

—¿Daniel Blake?

—No.

—Entonces ¿quién?

Escuché papeles.

—Adrian.

Giré lentamente hacia mi esposo.

Él palideció.

—Eso es imposible.

La abogada continuó:

—La autorización lleva su firma digital y fue emitida hace seis semanas.

Seis semanas antes de aquella cena.

Mucho antes de que Claire supuestamente “regresara inesperadamente” al país.

Miré a Adrian.

—Me dijiste que no sabías que había vuelto.

—No lo sabía.

—Entonces explícame esto.

No pudo.

Y mientras observaba el terror genuino en su rostro, comprendí algo todavía más inquietante.

Quizá Adrian me había humillado porque nunca supo amarme.

Pero alguien llevaba semanas utilizando su identidad y la de Claire para preparar algo mucho más grande.

Y aquella cena donde me hicieron sentir como la esposa conveniente quizá nunca había sido simplemente una reunión de antiguos amigos.

Quizá alguien necesitaba que yo abandonara a Adrian exactamente antes de que se cerrara una venta de ciento ochenta millones.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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