Larkin Steves se detuvo a pocos centímetros de mí.
Sus ojos recorrieron mi vestido negro, mi cabello recién cortado y los labios rojos que jamás había llevado a la oficina.
—¿Penelope?
Sonreí.
—Buenas noches, señor Steves.
Detrás de él, Thomas soltó una carcajada nerviosa.
—¡Imposible! ¿Nuestra aburrida secretaria?
Varias personas comenzaron a observarnos.
Larkin no sonrió.
—¿Quién te acompañó hasta aquí?
—Nadie. Sé abrir puertas.
Thomas levantó su copa.
—Bueno, al menos esta noche tendremos algo interesante que mirar.
Entonces una voz grave resonó detrás de nosotros.
—Thomas, te aconsejo que cierres la boca.
El salón quedó en silencio.
Me giré.
Un hombre de cabello plateado, traje impecable y mirada intimidante caminaba hacia nosotros.
Era Vincent Moretti.
El hombre más poderoso de aquella reunión.
Larkin enderezó inmediatamente la espalda.
—Señor Moretti.
Pero Vincent no lo miró.
Sus ojos estaban fijos en mí.
—Han pasado cinco años, señorita Woods.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
Mi secreto acababa de encontrarme.
Thomas frunció el ceño.
—¿La conoce?
Vincent sonrió lentamente.
—Conocí a su padre.
Larkin me miró.
—Penelope, ¿qué significa esto?
Antes de responder, Vincent extendió su mano.
—¿Me concede este baile?
Acepté.
Mientras caminábamos hacia la pista, escuché los murmullos.
—¿Quién es ella?
—¿Por qué Moretti la trata así?
—¿No es la secretaria de Steves?
Vincent apoyó una mano en mi cintura.
—Te escondiste muy bien, pequeña.
—Era necesario.
—Tu padre estaría orgulloso.
Tragué saliva.
Mi padre, Arthur Woods, había sido uno de los contadores más brillantes de Nueva York.
Cinco años atrás descubrió una red de fraude que involucraba a varias familias poderosas.
Poco después desapareció.
Yo había pasado años buscando respuestas.
Y finalmente había conseguido empleo precisamente donde necesitaba estar.
En la oficina de Larkin Steves.
Vincent inclinó la cabeza.
—¿Encontraste lo que buscabas?
—Casi todo.
Su sonrisa desapareció.
—Entonces sabes quién traicionó a Arthur.
Asentí lentamente.
—Sí.
Cuando terminó la música, regresé hacia Larkin.
Thomas parecía furioso.
—¡Exijo saber quién eres realmente!
Lo miré sin pestañear.
—Soy la mujer que revisó tus cuentas durante tres años.
Su rostro palideció.
—¿Y qué?
Saqué una pequeña memoria USB de mi bolso.
—Y descubrí los cuarenta millones que desviaste utilizando empresas fantasma.
Larkin giró bruscamente hacia su primo.
—¿Qué?
Thomas retrocedió.
—¡Está mintiendo!
—No —respondí—. Tengo cada transferencia.
Vincent hizo una señal a sus hombres.
Thomas intentó marcharse, pero dos guardias bloquearon discretamente la salida.
Larkin me tomó del brazo.
—Penelope, ¿por qué no me dijiste nada?
Lo miré directamente.
—Porque todavía no sabía si podía confiar en usted.
Su expresión cambió.
—¿Y ahora?
Antes de responder, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«No entregues la memoria. Moretti fue quien ordenó desaparecer a tu padre».
Sentí que la sangre se me helaba.
Debajo había una fotografía.
Mi padre.
Vivo.
Sentado frente a una ventana, sosteniendo un periódico de aquella misma mañana.
Levanté lentamente la mirada.
Vincent Moretti estaba observándome desde el otro extremo del salón.
Sonreía.
Entonces llegó un segundo mensaje.
«Penelope, soy papá. No confíes en nadie. Especialmente en Larkin Steves».
Mis dedos comenzaron a temblar.
Porque durante tres años había creído estar investigando la desaparición de mi padre.
Pero aquella noche descubrí que mi padre llevaba todo ese tiempo investigándome a mí.