PARTE 2 — LA ÚLTIMA FIRMA

Nathan Bennett dejó escapar una carcajada cuando le dije que quería la casa.

—Claire, ¿todavía no entiendes? La propiedad está a mi nombre. Legalmente, no tienes nada.

Mi abogada, la señora Whitman, abrió tranquilamente su maletín.

—Señor Bennett, le recomiendo leer estos documentos antes de continuar.

Nathan tomó la carpeta con impaciencia.

Pero cuando llegó a la tercera página, su sonrisa desapareció.

—¿Qué significa esto?

—Significa —respondió mi abogada— que los pagos realizados durante el matrimonio, las reformas y el incremento patrimonial deben considerarse en la liquidación. Y su esposa tiene pruebas suficientes para impugnar cualquier acuerdo injusto.

Nathan apretó los papeles.

—¡Mis padres pagaron la entrada!

—Y usted utilizó dinero matrimonial para pagar el resto —contestó Whitman.

Entonces coloqué otro documento sobre la mesa.

—Tengo una propuesta, Nathan.

Él me miró con desconfianza.

—¿Cuál?

—Me transfieres la propiedad como parte del acuerdo de divorcio. Yo renuncio a reclamar otros activos de tu empresa y determinadas cuentas compartidas.

Nathan guardó silencio.

Mi abogada añadió:

—Además, asumirá usted ciertas obligaciones financieras que hemos detallado aquí.

Nathan revisó las cifras.

Creía que estaba ganando.

Su empresa había aumentado considerablemente de valor y pensaba que yo desconocía sus inversiones.

Después de veinte minutos, firmó.

Lo hizo sonriendo.

—Disfruta tu casa, Claire. No podrás mantenerla mucho tiempo.

Yo también firmé.

—No te preocupes. No pienso vivir allí.

Una hora después, Nathan recibió la llamada del agente inmobiliario.

—Señor Bennett, la propiedad acaba de entrar en proceso de venta. La señora Morgan ha aceptado una oferta de tres millones seiscientos mil.

Nathan me llamó inmediatamente.

—¡¿QUÉ HICISTE?!

—Exactamente lo que acordamos.

—¡Esa era nuestra casa!

Miré por la ventana.

—No, Nathan. Era la casa donde planeabas instalar a tu amante.

Escuché su respiración agitada.

—¡Olivia está embarazada! ¡Necesitamos un lugar donde vivir!

—Entonces tendrás que comprar uno.

Colgué.

Pero aquello apenas comenzaba.

Dos días después, Olivia apareció en mi oficina.

Su vestido blanco resaltaba su embarazo.

—Claire, tenemos que hablar.

—No tenemos nada que hablar.

Ella colocó una fotografía sobre mi escritorio.

Era una ecografía.

—Este niño no tiene la culpa de nada.

La observé tranquilamente.

—Estoy de acuerdo.

Olivia sonrió, creyendo que había conseguido conmoverme.

—Entonces deberías devolvernos la casa.

Negué con la cabeza.

—El niño no tiene la culpa. Pero tampoco tiene derecho a mi patrimonio.

Su expresión cambió.

—Nathan dice que lo manipulaste.

—Nathan también me dijo que nunca me engañaría.

Olivia se levantó furiosa.

Antes de marcharse, soltó una frase que me dejó helada.

—Deberías agradecer que te dejamos vivir tranquila estos cuatro años.

La miré fijamente.

—¿Qué acabas de decir?

Olivia comprendió demasiado tarde su error.

Salió sin responder.

Aquella noche llamé a Julia.

—Necesito que me ayudes a investigar algo.

—¿Qué cosa?

—Creo que Nathan y Olivia nunca dejaron de estar juntos.

Tres días después, Julia llegó a mi apartamento con una carpeta.

Dentro había fotografías, registros comerciales y una copia de un antiguo contrato.

Nathan y Olivia habían creado una sociedad inmobiliaria seis meses antes de mi boda.

Pero lo peor estaba en la última página.

La empresa había recibido transferencias procedentes de una cuenta que Nathan me había presentado como nuestra cuenta hipotecaria.

Sentí que las manos me temblaban.

Durante cuatro años había trabajado para pagar nuestra casa.

Y parte del dinero había terminado financiando los negocios de su amante.

Mi teléfono sonó.

Era la señora Whitman.

—Claire, necesitamos reunirnos inmediatamente.

—¿Qué sucede?

Su voz sonaba diferente.

—Acabo de descubrir por qué Nathan aceptó transferirte la casa tan fácilmente.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque intentó utilizarla como garantía de un préstamo millonario antes del divorcio.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Y ahora?

Mi abogada respiró profundamente.

—La garantía no llegó a constituirse válidamente. Pero encontramos algo mucho más grave.

—Dígame.

—Claire, Nathan no estaba intentando quedarse con tu casa.

Hubo un silencio.

—Estaba intentando hacerte responsable de una deuda que podría destruirte financieramente.

Miré los documentos extendidos sobre mi mesa.

Entonces comprendí que vender la casa no había sido mi venganza.

Había sido lo que me salvó de una trampa preparada desde el día de nuestra boda.

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