El video terminó.
Durante varios segundos, nadie dijo una palabra.
Camila estaba completamente pálida.
Mi hermano Alexander dejó la tablet sobre la mesa.
—¿Todavía vas a decir que Nina se cayó?
Camila abrió la boca.
—Alexander, yo…
—Contesta.
—¡Solo fue una bofetada! ¡No sabía que era tu hermana de verdad!
Aquellas palabras terminaron de destruir cualquier posibilidad de perdón.
Alexander se levantó lentamente.
—Aunque hubiera sido una niña desconocida, tampoco tenías derecho a tocarla.
Después llamó al médico de la familia.
—Venga inmediatamente. Mi hermana está herida.
Yo seguía escondida detrás del sofá.
Alexander se arrodilló frente a mí.
—Nina, cariño, mírame.
Levanté los ojos llenos de lágrimas.
—Hermano… ¿estás enojado conmigo?
Su expresión se quebró.
—No, princesa. Nunca contigo.
Extendió los brazos.
Me acerqué llorando.
Él me abrazó con tanto cuidado que apenas sentí su contacto.
—Perdóname por haberte dejado sola.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—No quiero que la hermana Camila vuelva.
Alexander me besó el cabello.
—No volverá.
Diez minutos después llegaron mis padres.
Mi madre vio mi mejilla hinchada y comenzó a llorar.
Mi padre miró a Camila.
—¿Tú hiciste esto?
Ella intentó sonreír.
—Señor Moore, fue un malentendido.
Mi padre señaló la tablet.
—Ya vimos la grabación.
Camila dejó de hablar.
Entonces apareció mi abuelo.
Tenía ochenta y dos años y caminaba con bastón.
Cuando vio mi rostro, su mano comenzó a temblar.
—¿Quién lastimó a mi pequeña Nina?
Nadie respondió.
Alexander señaló a Camila.
Mi abuelo la observó durante varios segundos.
—Señor Carter, llame a las autoridades.
Camila comenzó a llorar.
—¡Por favor! ¡No pueden arruinarme la vida por una niña!
Mi madre la miró con una frialdad desconocida.
—Nuestra hija tiene tres años. Tú eres una adulta.
—¡Fue un impulso!
—Entonces tendrás que responder por tus actos.
Camila se volvió desesperadamente hacia Alexander.
—Amor, dime algo. ¡Íbamos a casarnos!
Mi hermano se quitó el reloj que ella le había regalado y lo dejó sobre la mesa.
—Ya no existe ningún compromiso.
Mientras el médico me examinaba, los adultos hablaban en otra habitación.
Yo solo escuchaba algunas palabras.
Policía.
Grabación.
Denuncia.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
El señor Carter entró apresuradamente.
—Señor Moore, encontramos algo en las cámaras exteriores.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—La señorita Stone no vino sola.
Alexander levantó la cabeza.
—¿Quién la acompañaba?
El mayordomo mostró otra grabación.
En ella, Camila aparecía hablando con una mujer junto a la entrada principal.
La mujer llevaba gafas oscuras y un abrigo gris.
Cuando se volvió hacia la cámara, mi abuelo dejó caer su bastón.
—Imposible… —susurró.
Mi padre miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Papá, la conoces?
El abuelo tardó en responder.
—Se llama Victoria Hale.
Mi madre palideció.
—¿La antigua administradora del patrimonio familiar?
El abuelo asintió.
—La despedimos hace cuatro años.
Alexander miró a Camila.
—¿Por qué estabas reunida con ella?
Camila retrocedió.
—No sé de quién hablan.
Pero el señor Carter mostró una segunda fotografía.
Victoria entregándole un sobre.
Aquella noche, mientras yo dormía abrazada a mi oso de peluche, mi familia descubrió algo inquietante.
Camila había solicitado información sobre el fondo fiduciario que mi padre creó cuando nací.
También había preguntado cuánto dinero recibiría yo al cumplir dieciocho años.
Alexander revisó los mensajes que ella le había enviado durante los últimos meses.
Uno decía:
«¿De verdad tu hermana heredará más que todos tus primos juntos?»
Otro:
«No es justo que una niña tenga tanto poder sobre tu familia».
Mi hermano sintió un escalofrío.
Camila no estaba celosa únicamente del cariño que me tenían.
También estaba obsesionada con mi herencia.
A la mañana siguiente, mi abuelo reunió a la familia.
—Victoria Hale conoce demasiados detalles de nuestras inversiones —dijo—. Si está relacionada con Camila, debemos averiguar por qué.
Mi padre llamó al abogado familiar.
Alexander permanecía junto a mi cama.
Yo desperté y le tiré suavemente de la manga.
—Hermano…
—¿Sí, princesa?
—¿Ya se fue la mujer mala?
Me acarició el cabello.
—Sí.
Sonreí.
Pero entonces recordé algo.
—Hermano, ella dijo que pronto yo tendría que irme.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Qué más dijo?
Pensé durante unos segundos.
—Dijo que una señora iba a venir por mí.
Mi hermano llamó inmediatamente a nuestro padre.
Cuando repetí aquellas palabras, el rostro del abuelo perdió todo el color.
—Nina —preguntó suavemente—, ¿esa señora tenía un abrigo gris?
Asentí.
—Sí, abuelito.
Nadie volvió a hablar.
Esa tarde, la policía interrogó a Camila sobre su relación con Victoria.
Al principio negó conocerla.
Pero después de que le mostraron las grabaciones, admitió que se habían reunido.
—Victoria me prometió dinero —confesó—. Dijo que Alexander terminaría conmigo si seguía demasiado pendiente de Nina.
El investigador preguntó:
—¿Le pidió que lastimara a la niña?
Camila bajó la cabeza.
—Me dijo que debía asustarla para que dejara de buscar a Alexander.
La investigación continuó.
Pero lo que más preocupó a mi familia fue otra declaración.
Victoria había prometido que pronto yo dejaría de vivir en la mansión Moore.
Dos días después, mi abuelo recibió una carta.
No tenía remitente.
Dentro había una fotografía tomada en el hospital el día de mi nacimiento.
Mi madre aparecía sosteniéndome.
Mi padre estaba a su lado.
Y detrás de ellos, casi escondida junto a la puerta, estaba Victoria Hale.
En el reverso alguien había escrito:
«NUEVE GENERACIONES ESPERANDO UNA NIÑA. ¿NUNCA SE PREGUNTARON POR QUÉ?»
Mi abuelo se quedó inmóvil.
Mi padre tomó la fotografía.
—Papá, ¿qué significa esto?
El anciano cerró los ojos.
—Hay algo que nunca les conté sobre nuestra familia.
Alexander apretó mi mano.
—¿Qué cosa, abuelo?
Mi abuelo respiró profundamente.
—Hace muchos años, una mujer de nuestra familia dejó una disposición testamentaria que nadie pudo cumplir.
—¿Qué disposición?
—Estableció que una parte importante del patrimonio pasaría a la primera descendiente mujer que naciera de nuestra línea familiar.
Mi padre miró la fotografía.
—¿Nina?
El abuelo asintió.
—Por eso su nacimiento cambió tantas cosas.
Entonces sonó el teléfono del abogado familiar.
Su expresión se volvió grave.
—Señor Moore, acabamos de recibir una solicitud judicial relacionada con la tutela de Nina.
Mi madre se levantó de golpe.
—¿Qué?
El abogado continuó:
—Una mujer afirma tener documentación que cuestiona determinados registros familiares.
Alexander apretó los puños.
—¿Quién presentó la solicitud?
El abogado miró al abuelo.
—Victoria Hale.
Mi abuelo se llevó una mano al pecho.
Y entonces pronunció una frase que nadie esperaba:
—Victoria no está haciendo esto por dinero solamente.
Mi padre lo miró.
—¿Entonces por qué?
El abuelo bajó la cabeza.
—Porque hace veinticinco años le prometí algo que nunca debí prometerle.
En ese momento, yo entré en la habitación arrastrando mi osito.
—Abuelito, ¿por qué estás triste?
Él me abrazó con lágrimas en los ojos.
—Porque hay una historia sobre nuestra familia que deberías conocer algún día, pequeña.
Y mientras todos intentaban comprender sus palabras, el abogado recibió un segundo documento.
Era una carta escrita por Victoria.
Solo contenía una frase:
«SI LA FAMILIA MOORE QUIERE CONSERVAR A NINA, PRIMERO TENDRÁ QUE EXPLICAR QUÉ OCURRIÓ CON LA NIÑA QUE NACIÓ VEINTICINCO AÑOS ANTES».
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
