Daniel me miró como si acabara de conocerme.
—Clara, ¿qué demonios hiciste?
Antes de que pudiera responder, su teléfono volvió a sonar.
Esta vez era su director financiero.
—Señor Fu, tenemos un problema. La sociedad Zhou Capital ha suspendido todas las líneas de financiación que respaldaban nuestras operaciones.
Daniel palideció.
—¡Eso es imposible!
—También han revocado las autorizaciones sobre las cuentas administradas por el fideicomiso familiar.
Viviana dejó de sonreír.
Yo simplemente pregunté:
—¿Todavía quieres que me arrodille?
Durante cinco años había ocultado mi verdadera identidad.
Daniel creía que yo era una mujer común, sin familia influyente y completamente dependiente de su dinero.
Nunca supo que mi abuelo había fundado Zhou Capital.
Tampoco sabía que la participación mayoritaria del fideicomiso familiar estaba destinada a mí.
Cuando nos casamos, decidí vivir modestamente.
Quería un matrimonio basado en el amor.
No en una fortuna.
Mi tío administraba mis inversiones mientras yo permanecía alejada de los negocios.
Hasta aquella noche.
Daniel intentó recuperar la compostura.
—Aunque tu familia tenga dinero, Fu Enterprises es mía.
Sonreí tristemente.
—¿Estás seguro?
Su teléfono vibró.
Un mensaje de su abogado corporativo.
Lo leyó.
Después volvió a leerlo.
—No puede ser…
Me acerqué lentamente.
—Hace cuatro años, cuando tu empresa estaba al borde de la quiebra, alguien invirtió doscientos millones de dólares.
Daniel levantó la cabeza.
—Fue un fondo privado.
—Zhou Capital.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Tú…?
—Yo autoricé aquella inversión.
Viviana retrocedió.
—Daniel, dijiste que eras el único dueño.
Él no respondió.
Porque acababa de comprender que buena parte de la compañía estaba respaldada por contratos que nunca se había molestado en revisar.
—Clara, podemos hablar en casa.
Miré hacia la puerta de cuidados intensivos.
—Mi madre está luchando por recuperarse. Tú acabas de amenazar con dejarla sin tratamiento.
Daniel bajó la mirada.
—Estaba enfadado.
—Y yo finalmente estoy despierta.
En ese momento apareció el director del hospital.
—Señora Zhou, acabamos de recibir la confirmación de una garantía de pago independiente para el tratamiento de su madre.
Respiré profundamente.
—Gracias.
Mi tío había cumplido su palabra.
El tratamiento de mamá ya no dependía de Daniel.
Por primera vez aquella noche pude sentir alivio.
Quince minutos después, dos vehículos negros se detuvieron frente al hospital.
Mi tío Zhou entró acompañado de una abogada.
Hacía cinco años que no lo veía.
Su cabello estaba más blanco.
Pero cuando me encontró, abrió los brazos.
—Clara, por fin llamaste.
Me abrazó.
Y entonces lloré.
No por Daniel.
Sino porque llevaba demasiado tiempo intentando ser fuerte completamente sola.
La abogada se presentó como Victoria Shen.
—Señor Fu, hemos suspendido las autorizaciones que su compañía tenía sobre determinados fondos de Zhou Capital. También iniciaremos una revisión de las operaciones realizadas con esos recursos.
Daniel apretó los puños.
—¡No pueden destruir mi empresa por una discusión matrimonial!
Victoria respondió tranquilamente:
—No estamos tomando medidas contra sus bienes personales sin autorización. Estamos protegiendo activos sobre los que nuestros clientes tienen derechos contractuales.
Mi tío añadió:
—Y mañana revisaremos cada transferencia.
Daniel dejó de hablar.
Pero entonces Viviana cometió un error.
—Daniel, vámonos. No necesitamos su dinero.
Mi tío la miró.
—¿Viviana Lin?
Ella se quedó inmóvil.
—¿Nos conocemos?
—Su nombre aparece en una investigación interna relacionada con pagos de consultoría.
El silencio fue absoluto.
Daniel se volvió hacia ella.
—¿Qué pagos?
Viviana comenzó a temblar.
A la mañana siguiente recibí un informe preliminar.
Durante ocho meses, Fu Enterprises había transferido cantidades importantes a una empresa llamada Lin Advisory.
Su administradora era Viviana.
La misma mujer que llevaba meses diciéndome que Daniel la ayudaba porque estaba atravesando dificultades económicas.
—¿Cuánto dinero recibió? —pregunté.
Victoria abrió la carpeta.
—Casi dieciocho millones de dólares.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Los contratos describen servicios de asesoría. Todavía estamos comprobando si fueron prestados realmente.
Aquella tarde Daniel apareció frente a la habitación de mi madre.
Estaba despeinado.
Sin guardaespaldas.
Sin Viviana.
—Clara, necesito hablar contigo.
Lo observé en silencio.
—Cometí errores —dijo—. Pero seguimos casados.
Saqué una carpeta de mi bolso.
—Precisamente por eso quiero que leas esto.
Eran los documentos que mi abogada había preparado.
Solicitud de divorcio.
Daniel abrió los ojos.
—¿Vas a abandonarme ahora que tengo problemas?
Solté una risa amarga.
—Daniel, tú me abandonaste mucho antes de perder el acceso al dinero.
Antes de marcharse, me sujetó suavemente del brazo.
—Clara, hay algo que no sabes sobre Viviana.
Me aparté.
—Entonces dilo.
Su expresión cambió.
—Ella conocía a tu madre antes de que yo la conociera.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Qué?
Daniel miró hacia la habitación de cuidados intensivos.
—Encontré fotografías antiguas. Viviana trabajó para una empresa vinculada a tu familia.
No supe qué responder.
Esa noche llamé a mi tío.
—Necesito que investigues la relación entre Viviana y mi madre.
Hubo un silencio.
Demasiado largo.
—Clara —dijo finalmente—, hay algo que debí contarte hace años.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué cosa?
—Tu madre descubrió irregularidades en el antiguo fideicomiso familiar. Antes de enfermar, me pidió que revisara ciertos documentos.
Apreté el teléfono.
—¿Y Viviana?
Mi tío respiró profundamente.
—Su padre fue uno de los administradores investigados.
A la mañana siguiente, Victoria llegó con una noticia inesperada.
—Clara, encontramos una solicitud de transferencia presentada hace tres semanas.
—¿De cuánto?
—Cincuenta millones de dólares.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Quién la autorizó?
Victoria colocó el documento frente a mí.
La firma parecía ser la de mi madre.
Pero mi madre llevaba semanas hospitalizada.
—Eso es imposible —susurré.
Victoria asintió.
—Estamos solicitando una verificación formal. Hay indicios de que la firma podría no ser auténtica.
Entonces mi tío entró apresuradamente.
—Clara, tienes que escuchar esto.
Me entregó una memoria USB.
—La encontramos entre los archivos que tu madre dejó bajo custodia de su abogado.
Conectamos el dispositivo.
Apareció una grabación realizada dos meses antes.
Mi madre estaba sentada frente a una cámara.
Parecía cansada.
Pero su voz era firme.
—Clara, si estás viendo esto, significa que finalmente descubriste quién controla realmente el dinero de la familia.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Mi madre continuó:
—Hay una razón por la que nunca confié en Daniel Fu.
Me quedé helada.
—Hace cinco años, antes de tu boda, recibí documentos que demostraban que alguien le había pagado para acercarse a ti.
La habitación quedó en silencio.
Mi tío bajó la mirada.
En la pantalla, mi madre sostuvo una fotografía.
Aparecían Daniel y Viviana.
Juntos.
La fecha era de seis meses antes de mi boda.
—No puede ser… —susurré.
Entonces escuché la última frase de mi madre.
—Clara, tu matrimonio no comenzó con una casualidad. Fue parte de un acuerdo que alguien preparó para obtener acceso al fideicomiso Zhou.
La grabación terminó.
Miré a mi tío.
—¿Quién les pagó?
Él abrió lentamente una segunda carpeta.
Dentro había un contrato antiguo.
En la última página aparecía el nombre de quien había autorizado el primer pago a Daniel.
Reconocí inmediatamente aquella firma.
Era la de mi tío Zhou.
Levanté la mirada.
—Tío… ¿qué significa esto?
Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre poderoso parecía verdaderamente asustado.
—Clara, puedo explicarlo.
Retrocedí.
—¿Tú organizaste mi matrimonio?
Mi tío cerró los ojos.
Y entonces respondió:
—Sí. Pero Daniel no era el hombre que debía casarse contigo.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
