PARTE 2: LA CAÍDA

Mi padre no esperó una respuesta.

Alexander Vance caminó hacia los restos de la cuna, se agachó y recogió uno de los barrotes blancos.

Lo sostuvo entre sus manos durante varios segundos.

Después miró a Julian.

—¿Tú hiciste esto?

Mi marido intentó sonreír.

—Señor Vance, me alegra verlo. Hay un pequeño malentendido familiar…

—Te hice una pregunta.

La sonrisa de Julian desapareció.

—Elena y yo discutimos.

—¿Y decidiste romper la cama de una bebé de seis semanas?

Serena intervino inmediatamente.

—Señor Vance, Elena está exagerando. Desde que nació la niña se comporta de manera muy emocional.

Mi padre giró lentamente hacia ella.

Sus ojos se detuvieron en el collar de esmeraldas.

—¿Dónde conseguiste esas joyas?

Serena se llevó una mano al cuello.

—Julian me las regaló.

Alexander cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, su voz era de hielo.

—Ese collar pertenecía a mi esposa.

Serena palideció.

—Yo no sabía…

—Se lo regalé a Elena cuando cumplió veintiún años.

Julian me miró.

Después miró a Alexander.

Y finalmente comprendió.

—Espere… ¿Elena es su hija?

Mi padre se acercó hasta quedar frente a él.

—Mi única hija.

El silencio fue absoluto.

Durante tres años, Julian había creído que yo era una mujer sin familia.

Nunca le mentí.

Le dije que mi madre había muerto y que mi padre era un empresario que viajaba constantemente.

Él nunca preguntó su nombre.

Nunca quiso conocerlo.

Cuando nos casamos, mi padre estaba recuperándose de una cirugía cardíaca en Suiza. Julian se negó a posponer la ceremonia.

—No voy a organizar mi vida alrededor de un anciano que ni siquiera conozco —me dijo entonces.

Yo había confundido su arrogancia con independencia.

Ahora comprendía cuánto me había equivocado.

Alexander se volvió hacia mí.

—Elena, cariño, ¿estás herida?

Negué.

—Yo estoy bien. Maya también.

Mi padre miró mis pies descalzos.

Después observó la maleta abandonada junto a la cuna.

—¿Te estaba echando de casa?

No pude responder.

Julian lo hizo por mí.

—Es mi propiedad. Tengo derecho a decidir quién vive aquí.

Mi padre levantó una ceja.

—¿Tu propiedad?

Uno de sus abogados abrió una carpeta.

—Señor Julian Vale, esta residencia pertenece al fideicomiso Vance-Montgomery desde hace doce años.

Julian frunció el ceño.

—Eso es imposible. Yo pago la hipoteca.

El abogado pasó una página.

—No existe ninguna hipoteca sobre esta propiedad.

Mi marido se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Los pagos que usted realiza corresponden a mantenimiento, servicios y otros gastos domésticos.

Mi padre lo miró con desprecio.

—Has vivido tres años en la casa de mi hija y acabas de intentar echarla.

Serena retrocedió lentamente.

Yo la observé.

—Antes de que te marches, quiero recuperar mi collar.

Ella apretó las esmeraldas.

—Julian dijo que eran suyas.

—Julian también dijo que esta casa era suya.

Mi padre extendió una mano.

—Señorita Collins, le recomiendo que entregue las joyas.

Serena se quitó el collar con dedos temblorosos.

Lo depositó sobre la palma del abogado.

Por primera vez desde aquella mañana, sentí que podía respirar.

Pero Alexander todavía no había terminado.

—Julian, vine porque mañana debías presentar la fusión más importante de Vance Industries.

Mi marido se enderezó.

—Sí, señor. Todo está preparado.

—Me temo que ya no participarás.

Su rostro perdió el color.

—¿Cómo dice?

—Quedas suspendido de tus funciones mientras se investiga tu conducta.

Julian soltó una risa nerviosa.

—¡No puede hacer eso por una discusión matrimonial!

Alexander señaló al segundo abogado.

—Explícaselo.

El hombre abrió otra carpeta.

—La auditoría preliminar encontró gastos personales cargados a cuentas corporativas.

Julian dejó de respirar.

—Eso es falso.

—Doce estancias en un hotel de lujo, compras de joyería, servicios de spa y viajes privados.

Serena miró hacia la salida.

El abogado continuó:

—También encontramos transferencias a una consultora registrada a nombre de la señorita Collins.

Mi padre cruzó los brazos.

—Dos millones ochocientos mil dólares, Julian.

El silencio fue insoportable.

—¿Dónde está ese dinero?

Julian comenzó a sudar.

—Puedo explicarlo.

—Tendrás oportunidad de hacerlo ante los auditores.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Julian cayó de rodillas.

Frente a mí.

—Elena, por favor.

Lo observé sin moverme.

—¿Qué haces?

—Cometí un error. Estaba enfadado.

Miró a Maya.

—Piensa en nuestra hija.

Sentí una rabia tan profunda que tuve que apretar los dientes.

—Hace veinte minutos dijiste que ninguna de las dos pertenecía aquí.

—No lo decía en serio.

—Rompiste su cuna.

—Compraré otra.

Aquella respuesta terminó de destruir lo poco que quedaba de nuestro matrimonio.

—No se trata de la cuna, Julian.

Mi voz salió sorprendentemente tranquila.

—Se trata de que miraste a tu hija recién nacida y decidiste utilizarla para castigarme.

Él comenzó a llorar.

Pero yo ya no sentía nada.

—Quiero el divorcio.

Mi padre ordenó que prepararan una habitación para Maya y para mí en su residencia.

Antes de marcharnos, uno de los abogados me entregó una carpeta.

—Señorita Vance, necesitamos revisar ciertos documentos que su esposo presentó recientemente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué documentos?

—Solicitudes relacionadas con el fideicomiso familiar.

Miré a Julian.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Eso no tiene nada que ver con ella.

Mi padre lo observó.

—Entonces no tendrás inconveniente en que los revisemos.

El abogado abrió la carpeta.

En la primera página aparecía mi firma.

Debajo había una autorización para transferir derechos de administración sobre determinados activos.

Sentí un escalofrío.

—Yo nunca firmé esto.

Julian retrocedió.

—Elena, recuerda que después del parto estabas muy cansada…

Entonces lo recordé.

Dos semanas después del nacimiento de Maya, Julian había llegado con varios papeles.

—Son documentos del seguro médico —me explicó—. Solo necesito unas firmas.

Yo apenas dormía.

Tenía a mi hija en brazos.

Y confiaba en mi marido.

Lo miré fijamente.

—¿Qué me hiciste firmar?

No respondió.

El abogado pasó otra página.

—La solicitud pretendía otorgarle al señor Vale facultades para administrar ciertos bienes pertenecientes a su esposa.

Mi padre apretó la mandíbula.

—¿Qué bienes?

El abogado levantó la mirada.

—El fondo Montgomery.

Alexander se quedó inmóvil.

Yo nunca había escuchado aquel nombre.

—¿Qué es el fondo Montgomery?

Mi padre respiró profundamente.

—El patrimonio que tu madre dejó para ti.

—¿Cuánto dinero?

Hubo un silencio.

—Ciento veinte millones de dólares.

Sentí que el mundo se detenía.

Julian se dejó caer en una silla.

Serena comenzó a llorar.

Pero mi padre seguía mirando los documentos.

—Elena, hay algo que necesito preguntarte.

—¿Qué?

—¿Julian insistió en que Maya naciera en la clínica Saint Catherine?

Asentí.

—Sí. Dijo que era el mejor hospital de Chicago.

Mi padre cerró lentamente la carpeta.

—Esa clínica pertenece a una empresa vinculada con Serena Collins.

Miré a la amante de mi marido.

Su rostro estaba completamente blanco.

—¿Qué significa eso?

Serena negó desesperadamente.

—Yo no tuve nada que ver.

Pero Julian levantó la cabeza.

—¡Cállate, Serena!

Aquello me hizo comprender que estaban escondiendo algo.

Mi padre llamó inmediatamente a su jefe de seguridad.

—Quiero una revisión legal de todos los documentos relacionados con el nacimiento de mi nieta.

Aquella noche, mientras Maya dormía en mis brazos, recibí una llamada de un número desconocido.

—¿Señora Vale?

Era una mujer.

Parecía aterrorizada.

—¿Quién habla?

—Mi nombre es Patricia Morgan. Trabajé como enfermera en Saint Catherine.

Me incorporé.

—¿Qué necesita?

—Sé que está investigando los documentos de su hija.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo estaba allí cuando su esposo regresó al hospital después de que usted recibió el alta.

Apreté el teléfono.

—¿Para qué regresó?

La mujer guardó silencio.

Después susurró:

—Para solicitar una prueba genética.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Una prueba de paternidad?

—Sí.

—¿Por qué?

—No lo sé. Pero hubo algo irregular con las muestras.

Miré a Maya.

Mi hija dormía tranquilamente.

—Explíquese.

La enfermera comenzó a llorar.

—La primera muestra fue rechazada. Después recibimos otra con una identificación diferente.

Sentí náuseas.

—¿Y el resultado?

Hubo un silencio insoportable.

—El informe decía que Julian Vale no era el padre biológico de Maya.

Me quedé paralizada.

—Eso es imposible.

—Señora Vale, por eso la llamo. Revisé los registros y encontré indicios de que alguien sustituyó la muestra.

Apreté el teléfono con fuerza.

—¿Quién?

La respuesta llegó como un golpe.

—Serena Collins autorizó el traslado.

Llamé inmediatamente a mi padre.

Diez minutos después, Alexander entró en mi habitación acompañado por su abogado.

Les conté todo.

Mi padre escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, hizo una sola pregunta.

—¿Dónde está esa enfermera?

—Dice que puede entregarnos los registros originales.

Alexander asintió.

—Entonces vamos a protegerlos y a solicitar una investigación independiente.

Pero antes de que pudiera responder, su teléfono vibró.

Leyó un mensaje.

Y su expresión cambió.

—¿Qué ocurre, papá?

Me miró lentamente.

—Nuestros investigadores encontraron una transferencia realizada desde una cuenta personal de Julian.

—¿A quién?

—Al director médico de Saint Catherine.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuánto?

—Quinientos mil dólares.

Me quedé sin aliento.

Entonces mi padre recibió una segunda llamada.

Contestó.

Escuchó durante varios segundos.

Y palideció.

—Elena —dijo finalmente—, tenemos un problema mucho mayor.

—¿Qué sucede?

Alexander miró a Maya.

Después volvió a mirarme.

—La clínica conserva registros de una segunda recién nacida vinculada con el expediente de tu parto.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Una segunda bebé?

Mi padre asintió lentamente.

—Nació la misma noche. Y alguien ordenó restringir el acceso a su identidad.

Apreté a Maya contra mi pecho.

—Papá, ¿qué estás intentando decirme?

Su voz se quebró.

—Que necesitamos verificar si los registros de nacimiento fueron alterados.

En ese instante, mi teléfono recibió una fotografía enviada por Patricia.

Mostraba dos cunas de hospital.

Dos niñas recién nacidas.

Y dos pulseras de identificación.

En una podía leerse:

MAYA VALE.

En la otra:

MAYA VANCE.

Debajo de la imagen había un mensaje.

«Elena, no confíes en Julian ni en Serena. La noche que nació tu hija, alguien ordenó intercambiar las pulseras. Y tengo el video».

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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