Eleanor Kingsley colocó la carpeta sobre la mesa del tribunal.
—Señor juez, necesito solicitar unos minutos de su atención.
El juez Whitman frunció el ceño.
—Señora Kingsley, este procedimiento acaba de concluir.
—Lo comprendo. Pero creo que debería examinar estos documentos antes de cerrar definitivamente el expediente.
Ethan soltó una carcajada nerviosa.
—Con todo respeto, señora Kingsley, esto es un asunto privado.
Eleanor giró lentamente hacia él.
—Señor Caldwell, durante los próximos minutos le recomiendo guardar silencio.
Nunca había visto a Ethan obedecer tan rápidamente.
Yo permanecía inmóvil.
Aquella mujer acababa de llamarme su hija.
Y sus ojos eran exactamente iguales a los míos.
—¿Qué significa esto? —susurré.
Eleanor tomó mi mano.
—Significa que llevo veintiocho años buscándote, Hannah.
Mi respiración se detuvo.
—Me dijeron que fui abandonada.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Nunca te abandoné.
Eleanor abrió la primera página.
Era una fotografía antigua.
Una mujer joven sostenía a una recién nacida envuelta en una manta amarilla.
La mujer era Eleanor.
Y la bebé tenía una pequeña marca de nacimiento junto a la oreja izquierda.
Instintivamente me toqué la mía.
—Naciste el 17 de noviembre —dijo Eleanor—. En el Hospital Saint Margaret de St. Louis.
Asentí lentamente.
Era mi fecha de nacimiento.
—Tres días después, una enfermera me informó que habías muerto por complicaciones respiratorias.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Muerto?
—Me entregaron un certificado de defunción. Incluso organizaron un funeral.
Ethan se inclinó hacia su abogado.
—Esto es ridículo.
Eleanor continuó:
—Hace seis meses, una investigación sobre adopciones irregulares encontró registros que demostraban que mi hija había sido entregada a otra familia.
Sacó un segundo documento.
Prueba genética: coincidencia materno-filial del 99,99 %.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Soy realmente su hija?
Eleanor comenzó a llorar.
—Sí, cariño.
Por primera vez desde que había entrado en aquel tribunal, alguien me abrazó sin pedirme nada a cambio.
Y yo lloré.
Lloré por la niña que había crecido creyendo que nadie la quería.
Por mi madre adoptiva, que me había amado con todo lo que tenía.
Y por los veintiocho años que aquella mujer había perdido buscándome.
Ethan se puso de pie bruscamente.
—Hannah, tenemos que hablar.
Me aparté de Eleanor.
—¿Sobre qué?
Su expresión había cambiado por completo.
—Sobre nuestro hijo. Sobre nosotros.
Lo observé en silencio.
Hacía diez minutos había dicho que yo no merecía nada.
Ahora me miraba como si acabara de descubrir una fortuna.
—No hay ningún nosotros, Ethan.
Su madre intervino desde la segunda fila.
—Hannah, querida, todos decimos cosas terribles cuando estamos enfadados.
La miré.
Durante seis años aquella mujer me había llamado oportunista.
Ahora me decía querida.
Eleanor se volvió hacia ella.
—¿Usted es la madre del hombre que acaba de intentar dejar a mi hija embarazada sin recursos?
La mujer palideció.
—Ha sido un malentendido.
—Entonces será mejor que se acostumbre a explicar sus malentendidos ante nuestros abogados.
El juez Whitman examinó brevemente los documentos.
—Señora Kingsley, el parentesco de la señora Brooks no modifica automáticamente las decisiones patrimoniales de este tribunal.
Eleanor asintió.
—Lo sé, señoría. No estoy pidiendo privilegios.
Sacó otra carpeta.
—Pero mis abogados han identificado indicios de que el señor Caldwell ocultó activos y presentó declaraciones financieras inconsistentes.
El abogado de Ethan se puso rígido.
—¡Objeción!
El juez levantó una mano.
—Si existen nuevas pruebas, deberán presentarlas mediante el procedimiento correspondiente.
—Eso haremos —respondió Eleanor.
Después me miró.
—Hannah, no puedo cambiar lo que sufriste. Pero puedo asegurarme de que tengas una representación legal adecuada.
Ethan comenzó a sudar.
Porque por primera vez comprendía que el dinero que había escondido podía dejar de estar protegido por sus mentiras.
Una hora después, estábamos en una sala privada del edificio judicial.
Eleanor había solicitado que me examinara un médico porque mis tobillos estaban demasiado hinchados y llevaba horas bajo una tensión insoportable.
Mientras esperábamos, me entregó una pequeña caja de terciopelo.
Dentro había un medallón de oro.
—Era tuyo —susurró—. Lo compré cuando naciste.
Lo abrí.
En el interior había dos fotografías diminutas.
Una de Eleanor.
Otra de un hombre de cabello oscuro.
—¿Mi padre?
Ella asintió.
—Se llamaba Alexander Kingsley.
—¿Murió?
Sus ojos se entristecieron.
—Hace once años. Nunca dejó de buscarte.
Apreté el medallón contra mi pecho.
—Ojalá hubiera podido conocerlo.
Eleanor me acarició el cabello.
—Él también lo deseaba.
Entonces su teléfono vibró.
Leyó un mensaje.
Y su expresión cambió.
—Hannah, hay algo más que debemos discutir.
—¿Qué sucede?
—Mi equipo investigó a Ethan cuando descubrimos que estabas casada con él.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque quería asegurarme de que estuvieras a salvo.
Eleanor deslizó una fotografía sobre la mesa.
Mostraba a Ethan saliendo de un restaurante junto a una mujer rubia.
Reconocí inmediatamente a la mujer.
—Rebecca.
Era su secretaria.
La misma mujer cuyos mensajes había encontrado meses antes.
Eleanor asintió.
—Rebecca Sullivan. Pero ese no es su verdadero apellido.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Se llama Rebecca Kingsley.
Sentí un escalofrío.
—¿Es pariente suya?
Eleanor cerró los ojos.
—Es hija de mi hermano menor, Jonathan.
Mi respiración se detuvo.
—¿Mi prima?
—Sí.
Durante varios segundos no pude hablar.
Ethan me había engañado con una mujer que pertenecía a mi familia biológica.
—¿Ella sabía quién era yo?
Eleanor guardó silencio.
Aquello fue suficiente.
—Mamá… —dije sin pensar.
La palabra salió naturalmente.
Eleanor levantó la cabeza.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero yo necesitaba respuestas.
—¿Rebecca sabía que era su prima?
—Tenemos razones para creer que sí.
Sentí náuseas.
—¿Desde cuándo?
Eleanor abrió una carpeta.
—Hace dieciocho meses, Jonathan recibió información sobre una posible coincidencia genética contigo.
Miré los documentos.
—¿Y no te lo dijo?
—No.
—¿Por qué?
Eleanor respiró profundamente.
—Porque mi hermano dirige una parte importante del grupo familiar. Si yo moría sin descendientes directos, Jonathan podía heredar el control de varias empresas.
Comprendí inmediatamente.
Mi existencia cambiaba la sucesión.
Y mi aparición podía costarle miles de millones.
—Entonces Rebecca se acercó a Ethan para…
—Todavía estamos investigándolo —me interrumpió Eleanor—. Pero encontramos pagos importantes a una empresa vinculada con él.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Cuánto?
—Doce millones de dólares.
Me quedé helada.
—Ethan no tiene tanto dinero.
—No lo recibió todo de una vez. Fueron transferencias realizadas durante los últimos dieciocho meses.
Recordé las repentinas inversiones de Ethan.
Su nueva casa.
Sus automóviles.
Sus viajes.
Siempre me había dicho que eran fruto de su talento empresarial.
Ahora comenzaba a comprender.
A las cinco de la tarde, mi nuevo abogado llegó con una noticia.
—Señora Kingsley, encontramos algo preocupante.
Eleanor se incorporó.
—¿Qué?
—Ethan contrató recientemente una póliza de seguro de vida sobre Hannah.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Qué clase de póliza?
El abogado abrió el expediente.
—Por cinco millones de dólares.
Me llevé una mano al vientre.
—Nunca firmé nada.
—Precisamente. Estamos revisando la autenticidad de la autorización.
Eleanor apretó los puños.
—¿Quién figura como beneficiario?
El abogado levantó la mirada.
—Ethan Caldwell.
La habitación quedó en silencio.
Entonces añadió:
—Y existe una segunda póliza.
Mi corazón comenzó a latir desesperadamente.
—¿Sobre quién?
El abogado vaciló.
—Sobre el bebé, una vez nacido.
Eleanor se puso de pie.
—Quiero que esto se investigue inmediatamente.
Pero antes de que pudiera decir algo más, mi teléfono sonó.
Era Ethan.
No quería contestar.
Eleanor me miró.
—No tienes obligación de hablar con él.
Sin embargo, respondí y activé el altavoz.
—¿Qué quieres, Ethan?
Su voz sonaba desesperada.
—Hannah, necesito verte. Cometí un error terrible.
—Eso ya lo sé.
—No entiendes. Rebecca me mintió.
Eleanor se acercó.
—¿Sobre qué?
Ethan reconoció su voz.
Hubo un silencio.
Después susurró:
—Señora Kingsley… Jonathan me prometió que Hannah nunca descubriría quién era.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Qué acabas de decir?
Ethan comenzó a llorar.
—Yo no sabía que iban a hacerle daño.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—¿Hacerme daño?
—Hannah, tienes que salir de ese edificio.
Eleanor frunció el ceño.
—¿Por qué?
La respuesta llegó entre sollozos.
—Porque Jonathan no planeaba esperar a que Hannah diera a luz.
Sentí una contracción dolorosa.
Me sujeté el vientre.
—Ethan…
Su voz se convirtió en un grito.
—¡El hombre que enviaron para provocar el accidente ya está dentro del edificio!
En ese instante, la puerta de nuestra sala privada se abrió.
Un hombre vestido con uniforme médico entró empujando una silla de ruedas.
—Señora Brooks —dijo con una sonrisa—, vengo a trasladarla para una revisión.
Eleanor miró su identificación.
Después miró al abogado.
Y su rostro perdió todo el color.
Porque el nombre del supuesto médico coincidía con el de un hombre que aparecía en los registros de pagos de Jonathan.
El desconocido cerró lentamente la puerta detrás de él.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
