PARTE 2: LA GRAN CAÍDA

Marcus miró a Julian como si acabara de ver un fantasma.

—¿Tú… te casaste con Evelyn?

Julian sonrió tranquilamente.

—Hace tres años.

Chloe apretó el brazo de Marcus.

—Eso es imposible. ¿Cómo pudo alguien como ella conocer a Julian Rhodes?

Mi esposo levantó una ceja.

—¿Alguien como ella?

Su voz era tranquila, pero reconocí aquel tono.

Era el mismo que utilizaba cuando alguien cometía un error imperdonable durante una negociación.

—Evelyn es una de las abogadas de cumplimiento más respetadas de Boston —continuó—. Y, por cierto, fue ella quien me ayudó a salvar mi empresa de una adquisición fraudulenta.

Marcus abrió la boca.

Pero no salió ninguna palabra.

Emma tiró suavemente de mi vestido.

—Mami, ¿por qué ese señor está tan rojo?

Contuve una sonrisa.

—Porque probablemente tiene calor, cariño.

Julian soltó una pequeña carcajada.

Marcus no encontró nada divertido.

—Julian, creo que deberíamos hablar de negocios.

—Estamos en una boda, Marcus.

—Es importante.

Julian me miró.

—¿Te importa?

Negué.

—En absoluto.

Pero antes de que pudieran alejarse, Chloe intervino.

—Espera. ¿Emma tiene cuatro años?

Sentí cómo su mirada recorría el rostro de mi hija.

Después miró a Marcus.

Y comprendí inmediatamente lo que estaba pensando.

—Evelyn… —dijo lentamente—. ¿Cuánto tiempo después del divorcio nació?

La sonrisa desapareció de mi rostro.

—Eso no es asunto tuyo.

Marcus dio un paso adelante.

—Respóndeme.

Julian se colocó discretamente entre nosotros.

—Te sugiero que cambies de tono.

Pero Marcus seguía mirando a Emma.

Sus ojos oscuros.

Sus rizos.

Su pequeña nariz.

—¿Es mi hija?

La pregunta cayó sobre nosotros como un trueno.

Emma escondió la cara contra mi hombro.

La abracé con fuerza.

—No vuelvas a hablar de mi hija de esa manera.

Marcus palideció.

—Evelyn, si me ocultaste una hija durante cinco años…

Julian lo interrumpió.

—Emma nació cuatro años después de que comenzaran sus problemas matrimoniales, Marcus. No confundas tus sospechas con hechos.

Marcus frunció el ceño.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No tengo ninguna obligación de responderla —dije.

Y me alejé con Emma.

Veinte minutos después, Julian me encontró en el jardín.

Emma estaba jugando cerca de nosotros con su niñera.

—Marcus está perdiendo la cabeza —comentó.

Suspiré.

—Siempre fue así cuando algo escapaba de su control.

Julian me tomó la mano.

—¿Quieres que nos vayamos?

Negué.

—Es la boda de mi prima. No voy a permitir que Marcus vuelva a arruinarme un día importante.

Mi esposo sonrió.

—Esa es la mujer con la que me casé.

Entonces su teléfono vibró.

Leyó un mensaje.

Su expresión cambió.

—Evelyn, hay algo que debes saber.

—¿Qué sucede?

—El equipo de adquisiciones acaba de terminar la revisión financiera de Mercer Technologies.

Mi corazón se aceleró.

—¿Encontraron irregularidades?

Julian asintió.

—Muchas más de las que esperábamos.

Durante cinco años había guardado silencio sobre los registros financieros que encontré antes de divorciarme.

No porque hubiera perdonado a Marcus.

Sino porque necesitaba asegurarme de que cualquier acusación estuviera respaldada por pruebas legítimas.

Había entregado aquel disco cifrado a mis abogados.

Y ellos habían conservado la información mientras las autoridades examinaban las operaciones sospechosas.

—¿Qué encontraron? —pregunté.

Julian me mostró un informe.

Transferencias a empresas fantasma.

Contratos inflados.

Facturas duplicadas.

Y un nombre que aparecía repetidamente.

Chloe Vance.

Me quedé inmóvil.

—¿Chloe administraba las cuentas?

—Según estos documentos, recibió más de cuatro millones de dólares mediante una consultora que no prestó los servicios facturados.

Sentí una extraña calma.

Marcus había vaciado nuestra cuenta conjunta para comenzar una nueva vida con ella.

Ahora aquella misma mujer podía convertirse en la razón de su ruina.

A las diez de la noche, Marcus nos interceptó cerca del salón principal.

Estaba sudando.

—Julian, necesito hablar contigo inmediatamente.

Mi esposo consultó su reloj.

—Mañana tendremos una reunión formal.

—¡No puedo esperar hasta mañana!

Varios invitados giraron la cabeza.

Marcus bajó la voz.

—Mis abogados dicen que Rhodes Capital está suspendiendo la adquisición.

Julian asintió.

—Correcto.

—¡Eso destruirá mi empresa!

—La revisión encontró inconsistencias financieras importantes.

Marcus me miró.

Y entonces comprendió.

—Fuiste tú.

No respondí.

—¡Tú le entregaste mis documentos!

Lo observé tranquilamente.

—Marcus, las irregularidades no desaparecen porque alguien deje de mirarlas.

Su rostro se retorció de rabia.

—¡Quieres vengarte porque te dejé!

—No —respondí—. Mi vida mejoró cuando te marchaste.

Chloe apareció corriendo.

—Marcus, tenemos un problema.

Le mostró su teléfono.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Qué hiciste? —le preguntó.

Chloe comenzó a llorar.

—Te juro que puedo explicarlo.

Julian recibió otro mensaje.

Lo leyó y después me miró.

—Las autoridades han solicitado documentación adicional sobre las transferencias.

Marcus retrocedió.

—No pueden hacerme esto.

—Nadie te obligó a falsificar cuentas —respondió Julian.

Cuando regresamos a casa, Emma ya dormía.

La acosté cuidadosamente y le besé la frente.

Julian me esperaba en nuestro dormitorio.

—Hoy estuviste muy tranquila —dijo.

Me senté junto a él.

—Durante años imaginé qué le diría a Marcus si volvía a verlo.

—¿Y?

Sonreí.

—Descubrí que ya no tenía nada que decirle.

Julian me abrazó.

Pero entonces sonó mi teléfono.

Era un número desconocido.

Respondí.

—¿Señora Evelyn Rhodes?

—Sí.

—Soy la doctora Margaret Ellis, del Centro Médico Saint Catherine.

Me incorporé inmediatamente.

—¿Ocurre algo?

—Necesito hablar con usted sobre los registros médicos de su hija Emma.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué sucede con Emma?

La doctora respiró profundamente.

—Estamos realizando una revisión de antiguos expedientes de reproducción asistida. Encontramos una discrepancia relacionada con el donante registrado en su tratamiento.

Miré a Julian.

Su expresión cambió al escuchar aquellas palabras.

—¿Qué discrepancia? —pregunté.

—Señora Rhodes, alguien modificó los datos del expediente después del procedimiento.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Quién?

Hubo un silencio.

—Todavía estamos verificándolo. Pero encontramos una solicitud de acceso firmada por Marcus Mercer.

Me quedé helada.

Marcus.

Mi exmarido.

El hombre que acababa de preguntarme si Emma era su hija.

—Eso es imposible —susurré—. Marcus no sabía nada de mi tratamiento.

La doctora respondió con una voz cada vez más grave.

—Hay algo más. Necesitamos que usted y su esposo vengan mañana al hospital.

—¿Por qué?

—Porque los resultados genéticos conservados en el expediente no coinciden con la identidad del donante que ustedes eligieron.

Julian tomó mi mano.

—¿Está diciendo que hubo un error?

La doctora dudó.

—No sabemos si fue un error o una alteración deliberada.

Entonces pronunció las palabras que hicieron que mi mundo se tambaleara.

—Y existe la posibilidad de que Marcus Mercer sea el padre biológico de Emma.

Miré hacia el pasillo donde dormía mi hija.

Después miré a Julian.

Su rostro estaba completamente pálido.

Pero lo que dijo a continuación me sorprendió todavía más.

—Evelyn, hay algo que nunca te conté sobre Marcus.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué cosa?

Julian cerró los ojos.

—La noche antes de nuestra boda, Marcus vino a verme. Y me ofreció dos millones de dólares para que nunca te dijera la verdad sobre Emma.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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