El hombre sentado dentro de la camioneta negra bajó lentamente sus gafas.
Reconocí aquellos ojos grises.
—¿Madeline Carter?
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Alexander Whitmore?
No lo había visto en doce años.
Alexander era el mejor amigo de Ryan en la universidad. También había sido el hombre que me llevó al altar cuando mi padre enfermó y no pudo acompañarme.
Pero después de nuestra boda, desapareció de nuestras vidas.
Ahora llevaba un traje oscuro y tenía una pequeña cicatriz junto a la ceja.
—Sube, Madeline —dijo suavemente—. No deberías estar sola aquí.
Retrocedí.
—¿Cómo sabes que estoy aquí?
Alexander miró mi maleta.
—Porque llevo tres semanas intentando encontrarte.
Sentí un escalofrío.
—¿Para qué?
Su expresión se volvió seria.
—Porque hay algo sobre tu matrimonio que necesitas saber.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono comenzó a sonar.
Ryan.
Lo rechacé.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
«Olvidaste devolver la tarjeta de acceso. Tráela mañana. Y no intentes reclamar nada de la casa».
Alexander vio la pantalla.
Su mandíbula se tensó.
—Así que finalmente lo hizo.
Lo miré.
—¿Sabías que iba a echarme?
—Sabía que estaba planeando divorciarse. No imaginé que sería tan cruel.
Abrió la puerta.
—Por favor. Déjame llevarte a un lugar seguro.
Estaba demasiado agotada para discutir.
Subí.
Veinte minutos después, llegamos a una enorme mansión rodeada de jardines.
Alexander me condujo hasta una sala iluminada por una chimenea.
Una mujer mayor apareció con una bandeja de té.
—Prepare una habitación para la señora Carter —ordenó él—. Y llame al doctor Bennett.
Me incorporé inmediatamente.
—No necesito un médico.
Alexander me observó.
—Estás pálida y casi te desmayaste en la carretera.
Instintivamente llevé una mano a mi vientre.
Él siguió el movimiento.
—Madeline… ¿estás embarazada?
Las lágrimas volvieron a mis ojos.
Asentí.
Durante varios segundos, Alexander no dijo nada.
Después se arrodilló frente a mí.
—¿Ryan lo sabe?
Negué.
—Me echó antes de que pudiera decírselo.
Alexander cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, había una rabia silenciosa en su mirada.
—Entonces no merece saberlo todavía.
A la mañana siguiente, Alexander me esperaba en su despacho.
Sobre la mesa había una carpeta azul.
—Necesito mostrarte algo.
Me senté.
La primera página contenía los resultados de un análisis médico.
Reconocí inmediatamente el nombre de Ryan.
—¿Por qué tienes sus documentos?
Alexander respiró profundamente.
—Hace doce años, Ryan y yo nos sometimos a exámenes médicos para un programa de investigación universitaria.
Fruncí el ceño.
—¿Y?
—Los resultados de Ryan revelaron un problema grave de fertilidad.
Mi corazón comenzó a latir violentamente.
—Eso es imposible.
Alexander deslizó el documento hacia mí.
Diagnóstico: azoospermia no obstructiva.
Lo miré sin comprender.
—¿Qué significa?
—Que en aquel momento no se encontraron espermatozoides en su muestra. Le recomendaron estudios adicionales.
Sentí que la habitación giraba.
Once años.
Once años soportando tratamientos, inyecciones, humillaciones y cinco pérdidas.
Once años escuchando a Ryan decir que mi cuerpo estaba defectuoso.
—¿Él lo sabía?
Alexander asintió.
—Recibió personalmente los resultados.
Me cubrí la boca.
—Entonces… ¿por qué me culpó?
—Porque su familia jamás habría aceptado que el problema pudiera estar en él.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Pero entonces recordé algo.
—Alexander, si Ryan tenía ese problema… ¿cómo estoy embarazada?
Él sostuvo mi mirada.
—Un diagnóstico de hace doce años no demuestra que Ryan sea estéril hoy. Necesitamos pruebas actuales.
Me quedé inmóvil.
—¿Y la amante?
Alexander abrió una segunda carpeta.
—Precisamente por eso quería encontrarte.
Dentro había fotografías de Ryan entrando en una clínica privada con aquella mujer.
Debajo aparecía su nombre.
Vanessa Collins.
—Vanessa trabajaba en una de mis empresas —explicó Alexander—. La despedimos hace seis meses por falsificar documentos financieros.
—¿Qué tiene que ver eso con Ryan?
Alexander colocó una fotografía sobre la mesa.
Mostraba a Vanessa abrazando a otro hombre.
La fecha era de hacía apenas cuatro meses.
—Este es Marcus Hale. Su pareja durante los últimos tres años.
Sentí un escalofrío.
—¿Estás diciendo que el bebé no es de Ryan?
—Estoy diciendo que Ryan debería comprobarlo antes de destruir su matrimonio por una promesa.
Aquella tarde, Ryan me llamó desde un número desconocido.
Contesté.
—Madeline, necesito que regreses.
Su voz sonaba diferente.
Nerviosa.
—¿Por qué?
—Mi abogado dice que no podemos completar el divorcio sin revisar ciertos documentos.
Sonreí amargamente.
—Entonces habla con mi abogada.
—¿Tu abogada?
—Sí, Ryan. Ya no voy a resolver tus problemas.
Escuché a su madre gritar al fondo.
—¡Dile que devuelva las joyas familiares!
Cerré los ojos.
—Puedes quedarte con todas.
Ryan guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Dónde estás?
—En un lugar donde nadie me culpa por no darle un heredero.
Colgué.
Tres días después, Alexander organizó una reunión con una abogada especializada en divorcios.
Mientras revisábamos mis documentos matrimoniales, ella encontró algo extraño.
—Señora Carter, ¿recuerda haber firmado un consentimiento para utilizar embriones almacenados?
Fruncí el ceño.
—¿Qué embriones?
La abogada levantó la mirada.
—Según estos registros, usted y Ryan iniciaron un procedimiento de fecundación in vitro hace seis años.
Negué inmediatamente.
—Nunca hicimos eso.
Alexander se acercó.
—Déjame ver.
Su expresión cambió al leer la segunda página.
—Madeline, aquí aparece una clínica llamada Evergreen Fertility Center.
Sentí que el corazón se me detenía.
Conocía ese nombre.
Era la clínica donde había recibido tratamiento después de mi tercer aborto espontáneo.
—Pero jamás autoricé almacenar embriones.
La abogada continuó leyendo.
—Hay dos embriones registrados. Uno figura como transferido hace cuatro meses.
Me quedé helada.
—¿Transferido a quién?
Alexander tomó el documento.
Su rostro perdió todo el color.
—Vanessa Collins.
El silencio fue absoluto.
Me llevé ambas manos al vientre.
—¿Qué significa eso?
La abogada habló lentamente.
—Si estos documentos son auténticos, alguien pudo haber utilizado material reproductivo suyo sin su consentimiento.
Sentí náuseas.
—No…
Alexander me sostuvo antes de que cayera.
—Madeline, vamos a investigar esto.
Pero entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Vanessa.
«Sé que estás con Alexander Whitmore».
Debajo apareció una fotografía.
Era yo entrando en la mansión.
Después llegó otro mensaje.
«Deja de investigar mi embarazo o Ryan descubrirá lo que ocurrió con tus cinco bebés».
El mundo se detuvo.
Mis dedos comenzaron a temblar.
—Alexander…
Él leyó el mensaje.
Su expresión se endureció.
—¿Qué quiere decir con tus cinco bebés?
Antes de que pudiera responder, sonó el teléfono de Alexander.
Era el doctor Bennett.
—Señor Whitmore, acabamos de recibir los resultados preliminares de las muestras médicas que nos entregó la señora Carter.
Alexander activó el altavoz.
—¿Qué encontraron?
El médico guardó silencio durante unos segundos.
—Necesitamos confirmar algunos datos, pero hay indicios de que al menos dos de sus pérdidas anteriores pudieron estar relacionadas con una sustancia administrada sin su conocimiento.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Está diciendo que alguien provocó mis abortos?
—Todavía no podemos afirmarlo con certeza —respondió el médico—. Pero hay algo más que deben saber.
Alexander apretó mi mano.
—Díganos.
—Hemos localizado los registros originales de Evergreen. Y, según esos archivos, uno de los embarazos que la señora Carter creía haber perdido llegó mucho más lejos de lo que le informaron.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué?
La voz del médico se volvió grave.
—Madeline, necesitamos investigar la posibilidad de que uno de sus hijos haya nacido vivo.
Y entonces recordé algo que Ryan me había dicho después de mi cuarta pérdida.
«No preguntes por el bebé. Es mejor que nunca sepas lo que ocurrió».
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
