PARTE 2: EL PRECIO DE SU CRUELDAD

Julian Blackwood permaneció inmóvil frente a la cama vacía.

La enfermera acababa de decirle que Laura había muerto.

Pero él seguía negándolo.

—Eso es imposible. Ayer todavía estaba viva.

La enfermera lo miró con frialdad.

—Su esposa llamó catorce veces solicitando ayuda económica. Nadie respondió.

Julian apretó el teléfono.

—¿Dónde está Emma?

—Se marchó después de organizar el traslado del cuerpo.

—¡Es mi esposa! ¡Tengo derecho a saber dónde está!

La enfermera dejó una carpeta sobre el mostrador.

—Entonces quizá debería haber contestado cuando ella lo necesitaba.

Julian abrió la carpeta.

Dentro había copias de las solicitudes de pago rechazadas.

Todas llevaban la misma anotación:

«Transferencia suspendida por autorización del señor Blackwood».

Su propia firma aparecía debajo.

Por primera vez, Julian sintió verdadero miedo.

Sacó el teléfono y llamó a Olivia.

—Ven inmediatamente al hospital.

—Julian, cariño, estoy en el salón de belleza…

—¡AHORA!

Veinte minutos después, Olivia apareció con un bolso de diseñador.

—¿Qué sucede?

Julian le mostró el certificado de defunción.

—Laura murió.

Olivia parpadeó.

—Oh… Qué lamentable.

Aquella indiferencia lo hizo retroceder.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—Julian, no puedes culparme. Tú mismo dijiste que Emma necesitaba aprender a controlar sus gastos.

Él recordó sus propias palabras.

Esperar unos días tampoco era tan grave.

Ahora aquellos días tenían un precio irreversible.

Una vida humana.

Entonces sonó su teléfono.

Era el director financiero.

—Señor Blackwood, tenemos una emergencia.

—¿Qué ocurre?

—Los principales inversionistas están solicitando una reunión extraordinaria. Han recibido documentos sobre el tratamiento médico de su cuñada.

Julian cerró los ojos.

—¿Qué documentos?

—Correos electrónicos, autorizaciones bancarias y grabaciones de llamadas. También hay una denuncia presentada ante las autoridades.

Olivia palideció.

—Julian…

Pero el director continuó:

—La prensa ya está publicando la historia. Nuestras acciones están cayendo.

Julian miró a Olivia.

—¿Cuántas solicitudes de Emma rechazaste?

Ella tragó saliva.

—No recuerdo…

—¡CUÁNTAS!

—Catorce.

El silencio fue absoluto.

—¿Y me informaste?

Olivia comenzó a llorar.

—Pensé que estaba exagerando. Siempre decía que su hermana estaba muriendo…

Julian la observó como si acabara de conocerla.

—Vete.

—Pero, Julian…

—No quiero volver a verte.

Olivia salió llorando.

Sin embargo, Julian todavía no comprendía que aquella tragedia apenas comenzaba.

Mientras tanto, a miles de kilómetros, yo estaba sentada frente a una pequeña casa junto al mar.

Era el lugar donde Laura y yo habíamos pasado nuestra infancia.

Había traído sus cenizas conmigo.

Sobre la mesa descansaba una fotografía de nosotras dos.

Laura tenía diecisiete años.

Yo apenas doce.

Me abrazaba frente a nuestra antigua escuela, sonriendo como si el mundo nunca pudiera hacernos daño.

—Ya estamos en casa, hermana —susurré.

El viento movió suavemente las cortinas.

Por primera vez en años, nadie controlaba cuánto dinero gastaba.

Nadie revisaba mis llamadas.

Nadie me obligaba a pedir permiso.

Pero la libertad había llegado demasiado tarde para compartirla con Laura.

Mi teléfono nuevo vibró.

Era mi abogada, Victoria Hayes.

—Emma, la demanda de divorcio ya fue admitida.

—Gracias.

—También hemos recibido una propuesta de Julian.

Cerré los ojos.

—No quiero su dinero.

—Ofrece cinco millones de dólares si retiras las pruebas enviadas a los inversionistas.

Solté una risa amarga.

—Mi hermana necesitaba trescientos mil para vivir. Ahora ofrece cinco millones para salvar su reputación.

Victoria guardó silencio.

—Rechaza la oferta —respondí—. Y continúa con el procedimiento.

—Hay algo más, Emma.

Su voz se volvió seria.

—Julian está intentando localizarte mediante contactos privados.

Miré el mar.

—Que busque.

Tres días después, Julian recibió los documentos médicos de mi última visita al hospital.

Su abogado los había conseguido por una vía cuya legalidad tendría que investigarse.

Había dos informes.

El primero confirmaba mi embarazo de siete semanas.

El segundo registraba la interrupción del embarazo.

Julian leyó ambos documentos.

Después volvió a leerlos.

Sus manos comenzaron a temblar.

—No…

El abogado bajó la mirada.

—Señor Blackwood, su esposa ya no está embarazada.

Julian dejó caer los papeles.

Durante semanas había utilizado a nuestro hijo como una amenaza.

Ahora comprendía que había perdido incluso la posibilidad de conocerlo.

Se desplomó en el sofá.

Y lloró.

Pero ninguna lágrima podía devolver a Laura.

Ni deshacer lo que me había obligado a soportar.

Aquella noche me envió un correo.

«Emma, sé que no merezco tu perdón. Solo quiero verte una vez».

Lo eliminé.

Al día siguiente llegó otro.

«Pagaré cualquier cantidad. Recuperaré todo lo que perdiste».

También lo eliminé.

Hasta que Victoria me llamó nuevamente.

—Emma, encontramos algo extraño.

—¿Qué cosa?

—Estamos revisando las transferencias realizadas desde Blackwood Industries durante los últimos seis meses.

Su voz tembló ligeramente.

—El dinero destinado a la operación de Laura nunca permaneció bloqueado.

Me incorporé.

—¿Qué quieres decir?

—Los trescientos mil dólares fueron transferidos a otra cuenta el mismo día que Olivia rechazó la solicitud.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿A quién?

Victoria respiró profundamente.

—A una fundación médica vinculada con Olivia Stone.

Me quedé helada.

—¿Robó el dinero de mi hermana?

—Eso parece. Pero hay algo mucho peor.

Escuché cómo Victoria pasaba varias páginas.

—Emma, encontramos el nombre del paciente que recibió el órgano originalmente destinado a Laura.

Apreté el teléfono.

—¿Quién fue?

Hubo un largo silencio.

Finalmente, Victoria respondió:

—El padre de Olivia Stone.

No pude respirar.

Mi hermana había perdido su última oportunidad.

Y el órgano compatible había terminado salvando al padre de la mujer que controlaba nuestro dinero.

—Emma… —susurró Victoria—. Tenemos pruebas de que alguien alteró deliberadamente la prioridad de la lista de trasplantes.

Miré la fotografía de Laura.

Mis lágrimas cayeron sobre el cristal.

Entonces Victoria pronunció las palabras que cambiaron todo.

—Y la autorización para modificar aquella asignación lleva la firma digital de Julian Blackwood.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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