PARTE 2: EL SECRETO DETRÁS DEL MATRIMONIO DE DANTE MORETTI

«Me casé con tu hermana para mantenerte con vida, Elena».

Leí el mensaje tres veces.

Durante once años había imaginado mil explicaciones para la traición de Dante Moretti. Ninguna se parecía a aquella.

—No le creas —murmuró Mia desde el asiento delantero—. Ese hombre tuvo ocho años para decirte la verdad.

Miré a Leo, dormido contra mi pecho.

—Diez minutos —susurré—. Le daré diez minutos.

Una hora después, Dante apareció frente a la casa de mi difunto padre.

Venía solo.

Eso me sorprendió más que cualquier otra cosa. El jefe de la familia Moretti jamás iba a ninguna parte sin guardaespaldas.

Cuando abrí la puerta, sus ojos buscaron inmediatamente al niño que dormía en el sofá.

—¿Es mío? —preguntó con voz ronca.

Crucé los brazos.

—Tienes diez minutos.

Dante cerró los ojos un instante.

—Tu padre no murió de un ataque cardíaco, Elena.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué?

—Lo asesinaron.

—Eso es imposible. Los médicos dijeron…

—Los médicos dijeron lo que Victoria les pagó para que dijeran.

Me quedé inmóvil.

—No vuelvas a mencionar a mi hermana.

Dante sacó un sobre de su abrigo.

Dentro había fotografías, documentos bancarios y una grabación.

Reconocí inmediatamente la voz de Victoria.

«Dante se casará conmigo. Si se niega, Elena será la primera en morir».

Me llevé una mano a la boca.

—Hace once años —continuó Dante—, tu padre descubrió que Victoria estaba trabajando con los enemigos de mi familia. Vendía información sobre nuestras operaciones. Cuando intentó detenerla, ella amenazó con matarte.

—¿Y tú decidiste casarte con ella?

—No inmediatamente.

Su mandíbula se tensó.

—Durante ocho años intenté destruir la red que la protegía. Cada vez que me pedías matrimonio, quería decir que sí. Pero casarte conmigo te habría convertido en el objetivo principal de nuestros enemigos.

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

—Podrías habérmelo contado.

—Tu hermana tenía hombres vigilándote. Incluso dentro de nuestra casa.

Retrocedí.

—¿Dentro de nuestra casa?

Dante asintió.

—Cuando descubrí que Victoria había ordenado asesinar a tu padre, ya tenía suficientes pruebas para enviarla a prisión. Pero ella consiguió algo peor.

—¿Qué?

—Una grabación de ti entrando en mi despacho la noche en que desaparecieron veinte millones de dólares de la organización.

Lo miré horrorizada.

—Yo nunca robé ese dinero.

—Lo sé. Victoria preparó todo. Amenazó con entregarte a las familias rivales como responsable del robo. La única condición para destruir las pruebas era que me casara con ella.

Solté una risa rota.

—Entonces sacrificaste nuestra vida juntos sin preguntarme.

—Sí.

Aquella palabra me dolió más que todas sus explicaciones.

—No tenías derecho, Dante.

—Lo sé.

Por primera vez, el hombre más poderoso de Chicago parecía completamente derrotado.

—Te vi llorar durante nuestra boda —susurró—. Quise correr detrás de ti. Pero Victoria tenía un francotirador esperando fuera de la iglesia.

La sangre se me heló.

—¿Qué?

—Si abandonaba el altar, no saldrías viva de allí.

Antes de que pudiera responder, una vocecita interrumpió nuestro silencio.

—¿Mami?

Leo estaba despierto.

Dante se volvió lentamente.

Mi hijo lo observó con curiosidad.

—Tú eres el señor del aeropuerto.

Dante se arrodilló.

—Sí, pequeño.

Leo inclinó la cabeza.

—Tenemos los mismos ojos.

Vi cómo Dante tragaba saliva.

—Sí. Los tenemos.

—¿Eres mi papá?

El silencio fue insoportable.

Dante me miró, esperando permiso.

Yo apenas podía respirar.

Finalmente asentí.

—Sí, cariño —respondí—. Él es tu papá.

Leo sonrió.

—¿Entonces por qué nunca viniste a buscarme?

Dante se quedó completamente inmóvil.

Después, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque no sabía dónde estabas, campeón.

Leo extendió sus pequeños brazos.

—Puedes abrazarme ahora.

Y Dante Moretti, el hombre que jamás se arrodillaba ante nadie, abrazó a su hijo llorando en silencio.

Por un instante olvidé todo el dolor.

Hasta que mi teléfono vibró.

Un mensaje de Victoria.

«Qué bonita reunión familiar, hermanita».

Debajo apareció una fotografía.

Era Leo, sentado en el sofá, tomada desde el exterior de la casa.

Mi corazón se detuvo.

Entonces llegó otro mensaje.

«Dile a Dante que revise el certificado de nacimiento. Hay algo sobre ese niño que todavía no sabe».

Dante vio mi expresión y se levantó inmediatamente.

—¿Qué sucede?

Le mostré la pantalla.

Su rostro perdió todo el color.

—Elena, ¿quién firmó los documentos de nacimiento de Leo en Suiza?

Fruncí el ceño.

—Yo. Y el médico que atendió el parto.

—¿Cómo se llamaba?

—Doctor Adrian Keller.

Dante retrocedió como si acabara de recibir un disparo.

—Dios mío…

—¿Qué pasa?

Me agarró de los hombros.

—Elena, Adrian Keller murió hace cinco años.

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.

Tres golpes lentos.

Y una voz femenina que conocía demasiado bien habló desde el otro lado.

—Abre, hermanita. Tenemos que hablar sobre el verdadero origen de tu hijo.

Era Victoria.

Y Dante, pálido como nunca lo había visto, susurró algo que me heló la sangre:

—No abras. Esa mujer no es tu hermana.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

Related Posts

PARTE 2: LOS CUATRO HEREDEROS

—¡Niños! ¡Es hora de irnos! Aquella voz me atravesó el pecho. Seis años. Seis malditos años. Y aun así, habría podido reconocerla entre un millón de personas….

PARTE 2: LA PRUEBA FINAL

Bridget miró la pantalla. Después miró al detective Voss. —Antes de continuar, detective, necesito que comprenda algo —dijo con voz firme—. Tessa no es solamente la víctima…

PARTE 2: EL ÚLTIMO ERROR

El primero en atacarme fue un hombre de casi dos metros. Pesaba probablemente treinta kilos más que yo. Sonrió mientras levantaba los puños. —Buenas noches, abuelo. Me…

PARTE 2: EL GRAN SECRETO

—Hay algo que no saben sobre mí —repitió mi hijo. El salón quedó en silencio. Mi esposo, Ricardo, dejó lentamente su copa sobre la mesa. —Adrián, hijo,…

PARTE 2: EL PRECIO DE LA TRAICIÓN

Durante cinco segundos, nadie se movió. Julian miró al presidente de Vance Industries como si acabara de escuchar una broma incomprensible. —¿Su… nieta? Mi padre, Alexander Vance,…

PARTE 2: LA HERENCIA

Eleanor Kingsley colocó la carpeta sobre la mesa del tribunal. —Señor juez, necesito solicitar unos minutos de su atención. El juez Whitman frunció el ceño. —Señora Kingsley,…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *